Vingegaard gana la Vuelta, pero parece más lejos en el Tour

Vingegaard ha ganado la Vuelta, sí, pero lo ha hecho sin ese aura de imbatibilidad que un día nos hizo creer que el ciclismo era un deporte de máquinas y no de hombres.

Tras dos años claudicando ante la tiranía de Tadej Pogačar en el Tour de Francia, el danés llegaba a las carreteras españolas con la obligación de reclamar su territorio, de demostrar que el trono no le quedaba grande.

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Sin embargo, lo que hemos visto a lo largo de estas tres semanas es a un campeón que ha corrido más con el oficio que con las piernas, un líder que ha gestionado su ventaja con una agonía que no recordábamos en él.

Aquí siempre hemos defendido que el respeto se gana en la carretera, y Jonas se lo ha ganado sufriendo, pero la realidad es tozuda: no ha sobrado.

Aquel corredor que en el Granon o en la crono de Combloux parecía un cirujano extirpando las esperanzas de sus rivales, en esta Vuelta ha sido un superviviente.

Ganó en la etapa de la Bola del Mundo para poner el sello definitivo, tirando de ese orgullo herido que solo tienen los grandes, pero lo hizo frente a una oposición que, con todos los respetos para los Almeida o Pidcock de turno, dista mucho del nivel estratosférico que se exige en julio.

La campaña de Vingegaard deja un poso de incertidumbre.

Se ha llevado el rojo a casa, sumando una tercera grande a su palmarés, pero el mensaje enviado hacia Eslovenia es de debilidad.

Si en el Tour la superioridad de Pogačar fue un mazo que lo dejó en un segundo plano casi funcionarial, en la Vuelta su victoria ha tenido algo de inercia y mucho de falta de alternativas reales.

El Visma ya no es ese bloque monolítico que asfixiaba la carrera y Jonas vuelve a parecer humano, vulnerable ante ataques que antes ni le despeinaban.

Queremos creer que sigue habiendo duelo para el futuro, que el danés volverá a ser ese némesis necesario para que el ciclismo no se convierta en un monólogo, pero esta temporada nos dice que el margen de error se ha agotado.

Jonas ha salvado el año con una grande, pero el brillo de su corona es hoy mucho más tenue que hace doce meses.

Imagen: A.S.O./Aurélien Vialatte