Javier Sánchez mira el belén de manera diferente cuando lo están desmontando. No es una metáfora: para él, como para el resto de la Asociación de Belenistas de Ciudad Real, el belén empieza justo cuando se recoge el anterior. «Parece un tópico, pero es así», explica. En los últimos días de enero, en una comida de convivencia, comienzan a circular ideas, escenas, intuiciones que meses después acabarán convertidas en arquitectura efímera.
El calendario no perdona. En primavera la idea central ya está sobre la mesa y, a partir de ahí, el oficio toma el mando. Sánchez tiene 32 años, es arquitecto y belenista. Y, en el grupo, un chico para todo. Este año ha sido, entre otras muchas cosas, el responsable de diseñar y ejecutar la estructura del dosel del Belén Napolitano que se expone en el Ayuntamiento de Ciudad Real. Una pieza clave, invisible para muchos, que sostiene el conjunto y ordena el espacio. Arquitectura aplicada a un arte que se mira de cerca y que se piensa a lo grande.
Antes de que haya corcho, pintura o figuras, hay mucho papel. «Sin duda, lo que más tiempo consume es pensar el diseño», reconoce. Hablamos de belenes monumentales que funcionan en plano, pero que a veces fallan cuando pasan a la maqueta o al diseño en 3D. Ahí es donde se decide casi todo. «Un buen trabajo previo en planos y maquetas hace que tengamos mucho más claro cómo se debe desarrollar el belén», dice. Aunque cuando empieza el montaje, muchas veces lo que manda es «el ojo del belenista».
Javier Sánchez en los montajes de los diferentes belenes de la Asociación de Belenistas de Ciudad Real – Foto: Tomás Fernández de Moya
Ese ojo es el que obliga a corregir, rehacer o incluso empezar de nuevo. No hay una regla fija. Un templo complejo puede resolverse en un día y una vivienda sencilla puede dar semanas de problemas. El proceso es largo y reposado: ideas generales, dibujos esquemáticos, planos, modelos en 3D, maquetas y, finalmente, el volumen en poliestireno extruido. Entonces se comprueba si todo encaja. Y casi nunca lo hace del todo.
La dificultad no suele estar en una sola variable, sino en la mezcla. Proporción, perspectiva y volumen conviven en un equilibrio delicado. La asociación trabaja con escalas muy medidas: figuras de 32 centímetros en primer plano, de 24 en la siguiente franja, de 19 más al fondo. Una progresión casi matemática que admite trampas. «El belenismo no es un arte matemático», afirma Sánchez.
La arquitectura puede forzar perspectivas, jugar con la luz o con el volumen para contar mejor una escena. Ahí es donde su profesión entra con fuerza. Sánchez no puede evitar pensar en términos estructurales. Le obsesiona que las construcciones tengan lógica, que no se sostengan por milagro. «Ese arco o lo están sujetando los ángeles o es una estructura imposible», suele decir, recordando una frase del maestro Antonio Vich. Las licencias están permitidas, pero la estructura no puede fallar.
Javier Sánchez en los montajes de los diferentes belenes de la Asociación de Belenistas de Ciudad Real – Foto: Tomás Fernández de Moya
También lo es la elección de materiales. Para el soporte, prima lo práctico: ligero, fácil de trabajar y resistente, como el poliestireno extruido. Para los acabados, en cambio, defiende la sinceridad constructiva. «Si quieres que una pared parezca enfoscada de cemento, usa cemento. Si quieres madera, usa madera».
Arquitectura en miniatura, pero arquitectura al fin y al cabo. Nada de esto es inocuo en la vida cotidiana. El belén invade el tiempo y el espacio. Sánchez lo asume con naturalidad: sacrifica horas con familia y amigos, convierte su casa en taller durante meses y desaparece cada otoño. «Ellos lo saben y lo conocen», dice.
Sin ese apoyo, reconoce, sería imposible. La recompensa llega en el montaje. Cuando las piezas construidas por separado empiezan a cuadrar, a encajar y a completar el conjunto. Es el momento más satisfactorio y también el más contradictorio. El belén terminado deja una sensación de plenitud y de vacío. «Cuando está montado solo nos queda contemplarlo», explica. La afición se apaga hasta el año siguiente.
La motivación para volver es múltiple. Está la satisfacción personal, el orgullo del trabajo bien hecho, pero también algo más íntimo: compartir el proceso con su padre, reunir a familia y amigos alrededor del belén ya terminado. Y, sobre todo, el grupo. Sánchez llegó a la asociación en 2023, casi por casualidad, a raíz de un belén parroquial impulsado desde su hermandad del Prendimiento. Encontró una familia. Un lugar donde aprender, compartir técnicas y trabajar juntos.
Hay un instante que resume todo ese camino. Ocurre la víspera de la bendición. El belén está terminado y aún es suyo. Al día siguiente dejará de serlo. «A partir de la bendición pasa a ser de la ciudad», dice. En ese gesto sencillo se entiende qué significa este oficio: trabajar meses para entregar algo efímero, pero que, mientras existe, pertenece a todos.
¿Qué es… un BELÉN CERRAD o DIORAMA? #diccionariobelenista
Es la disposición de un nacimiento en la cual todas las escenografías se encuentran ubicadas dentro de un cajón. Este modo de representar el belén nace en la Escuela Catalana de Pesebrismo con belenistas de la talla de Antonio Moliné o Josep Bofill i Herrero. Estos se basaron en la puesta en escena de un teatro, para -con la utilización de distintos marcos y forillos- tratar de engañar al ojo humano, de modo que la natividad y los espacios geográficos adyacentes parecieran reales. Esta técnica se perfeccionó con un estudio detallado de las perspectivas y en Andalucía occidental la llevaron a la excelencia con el crecimiento artístico de las figuras y el extraordinario realismo de las construcciones y paisajes. Todas las vistas suelen acabar en una tela llamada CELAJE, que envuelve la trasera y los laterales del belén y que simula el cielo abierto.