Lo que Bernard Hinault entendía por ciclismo dista mucho del actual
Si el ciclismo actual nos acostumbra a líderes de sonrisa fácil y vatios calculados, la figura de Bernard Hinault emerge desde el pasado como un perfil dantesco, casi mitológico.
El “Tejón” no corría para ganar; corría para someter.
Su figura representa el fin de una estirpe: la del patrón que decidía cuándo se atacaba, quién podía entrar en la escapada y cuándo se echaba el pie a tierra en una huelga bajo la lluvia.
Hinault fue el ciclista que convirtió el Tour de 1985 en una agonía personal tras romperse la nariz en Saint-Étienne, cruzando la meta con el rostro ensangrentado, la mirada perdida pero el orgullo intacto. Esa imagen define su carrera: la resistencia llevada al límite del sadismo.
Era el hombre que, en el Giro de Italia, se colaba entre la rivalidad nacionalista de Saronni y Moser para recordarles que, por encima de sus cuitas italianas, mandaba un bretón que no entendía de protocolos ajenos.
Su relación con Greg LeMond marcó el ocaso de su era.
En el Tour de 1986, bajo la promesa de devolver el favor al americano, Hinault firmó una de las mayores torturas psicológicas que se recuerdan en el deporte.
Atacó cuando no debía, tensó la cuerda hasta casi romperla y mantuvo a su propio compañero en un estado de paranoia constante.
Aquella etapa de Pau, donde Perico Delgado se exhibió, fue el escenario de un Hinault que, incluso sintiéndose inferior físicamente, utilizaba su aura para sembrar el pánico.
Incapaz de ser un segundo de nadie, su retirada a los 32 años fue el último acto de autoridad: se fue porque quiso, no porque le echaran.
Hinault no buscaba el cariño del público, buscaba el respeto del asfalto.
Hoy, al mirar sus más de 70 años y su legado, vemos a un ciclista que entendía la competición como una guerra de guerrillas.
Fue el hombre que bajó de la bici para dar un puñetazo a un manifestante y el mismo que, en la nieve de la Lieja-Bastogne-Lieja de 1980, pedaleó hacia la leyenda mientras sus rivales se refugiaban en los coches.
Dantesco, feroz y, por encima de todo, irrepetible.

