Sin Van der Poel el ciclocross sale perdiendo

Hay una máxima no escrita en el ciclismo: el talento es libre, pero el respeto es obligatorio. Mathieu van der Poel parece haber llegado a ese punto de saturación donde la balanza, por primera vez en su carrera, pesa más en el lado de la desidia que en el de la pasión.

Tras años dominando el ciclocross con una suficiencia que a veces asusta, el neerlandés ha dejado caer la bomba: esta temporada podría ser la última.

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No es una decisión basada en el declive físico.

Al contrario.

Mathieu contempla la retirada desde la cima, con la mirada puesta en un objetivo que lo elevaría a una dimensión casi mitológica: ganar su séptimo arcoíris e igualar a Eric De Vlaeminck.

Si lo logra, el mensaje es claro: ya no hay más recorrido.

No quedan montañas que escalar en el invierno, y el riesgo de quemar el motor antes de las clásicas de primavera empieza a no salir a cuenta.

Sin embargo, el factor deportivo no es el único que empuja a Van der Poel hacia la salida.

Hay un componente humano, casi visceral, que empaña sus victorias.

Lo vimos la carrera de Hofstade: un espectador, en un alarde de estupidez soberbia, le lanzó humo de un vapeador directamente a la cara en plena competición.

No es un hecho aislado; es la gota que colma un vaso lleno de insultos, cerveza volando desde las cunetas y una falta de educación que Mathieu ya no está dispuesto a tolerar.

Tiene que haber un final algún día, ha confesado el campeón.

Y tiene razón. Es una paradoja cruel.

El ciclista que más espectáculo ha dado a la disciplina se siente expulsado por aquellos que deberían estar agradecidos de verlo pasar.

Mathieu van der Poel está asqueado de que su oficina -el ciclocross- sea un lugar donde cualquier imbécil se siente con derecho a increparle.

Si a eso le sumamos que el desafío deportivo está prácticamente agotado, la conclusión es lógica: el ciclocross está a punto de perder a su mayor icono porque el entorno se ha vuelto irrespirable.