El portavoz adjunto de la ONU, Farhan Haq, advirtió el 6 de noviembre ante la prensa: “Nuestros socios informan que desde el alto el fuego, las autoridades israelíes han rechazado 107 solicitudes para la entrada de materiales de socorro”. Añadió que las peticiones procedían de más de 30 ONG locales e internacionales.

Las restricciones siguen vigentes a día de hoy.

Habría que estar de acuerdo con quienes quieran llamar a todo esto una nueva forma de genocidio. Un genocidio en cámara lenta, o tal vez un genocidio por desgaste.

Y, sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo explicar esta imposición calculada, despiadada y cruel por parte de Israel —una crueldad que, según diversas encuestas, es respaldada por la mayoría de su población, mientras el resto guarda silencio— contra los palestinos de Gaza y también contra los palestinos de la Cisjordania ocupada?

La banalidad del mal

¿Qué obtiene Israel con esta crueldad? Hoy sabemos que el Estado sionista ha utilizado los territorios ocupados durante estas últimas seis décadas como un espacio de experimentación, donde ensayó nuevas formas de tormento, cultivó métodos inéditos de persecución y buscó de manera maliciosa nuevos sufrimientos para sus víctimas.

Basta con ser una persona razonable, alfabetizada y familiarizada con una disciplina accesible como la psicología para comprender que la imposición de esa crueldad se utiliza como un medio de dominación, destinado a despojar a las víctimas de su capacidad de acción, su dignidad y su sentido de identidad como pueblo.

Idealmente, esto conducirá —según el cálculo de Israel— a una ruptura deseada de la comunidad de las víctimas, así como a la eliminación de sus estructuras sociales, lo que a su vez permitirá a Israel ejercer un control continuo y absoluto sobre sus vidas.

Este comportamiento, por un lado, puede vincularse a formas de psicopatía. Pero también constituye, en el marco del derecho internacional, un crimen contra la humanidad.Mientras tanto, las tropas israelíes se consolidan dentro de la llamada “Línea Amarilla” —una división establecida en el acuerdo de alto el fuego para separar las zonas ocupadas por el ejército israelí— y controlan actualmente el 53% del territorio de Gaza. Se trata de un área donde la población palestina ha sido prácticamente expulsada, que concentra además la mayor parte de las tierras agrícolas del enclave y su único paso fronterizo con Egipto. Todo indica que Tel Aviv pretende permanecer allí de forma permanente.

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En un discurso reciente ante las tropas, el jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, Eyal Zamir, fue citado diciendo —según una transcripción en inglés difundida por un portavoz militar— que la Línea Amarilla será en adelante “la nueva frontera de Israel” y su “línea de defensa avanzada”, de la que Israel no se retirará. Estos comentarios contradicen claramente el plan de paz de 20 puntos impulsado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que especifica que “Israel no ocupará ni anexará Gaza”.

Quien crea que el Estado sionista va a preocuparse lo más mínimo —o que alguna vez lo haya hecho desde que entró en Palestina hace casi ocho décadas— por los planes de paz y el número de puntos que contienen, peca de autoengaño o no entiende la mentalidad sionista.

Señoras y señores, esto no termina aquí. Esto va para largo.

Aun así, antes de caer en la complacencia, la desesperación o la apatía, contemplemos esta imagen de Gaza.

En medio de su exposición a la violencia asesina y caprichosa de las brutalidades israelíes, así como a la furia de la naturaleza en forma de tormentas, fuertes vientos e inundaciones repentinas —que causaron decenas de muertes y, según se informó, arrasaron tiendas que albergaban a familias desplazadas—, se vio a estudiantes asistiendo a clases en escuelas improvisadas dentro de edificios medio demolidos o en tiendas que habían quedado en pie.

Esta imagen decía mucho tanto sobre el espíritu indomable del pueblo palestino de Gaza como sobre la cruz que el peso acumulado de la historia ha colocado sobre su espalda colectiva.

Ser palestino hoy es, para cada palestino, motivo de orgullo y también una carga.