La amenaza no es inmediata ni catastrófica para la humanidad, pero sí lo bastante seria como para mantener a la comunidad científica en alerta. La red de defensa planetaria ha identificado un escenario poco habitual: un asteroide que no apunta a la Tierra, pero que podría colisionar con la Luna dentro de siete años.

Qué se sabe del asteroide 2024 YR4 Asteroide© NASA Hubble Space Telescope – Unsplash

El objeto, bautizado como 2024 YR4, tiene un tamaño estimado de unos 60 metros, comparable al de un edificio grande. Según los cálculos actuales de la NASA, existe una probabilidad del 4,3 % de que impacte contra la Luna el 22 de diciembre de 2032.

En una primera fase, los modelos orbitales mostraron una mínima posibilidad de impacto con la Tierra, lo que activó los protocolos de la Red Internacional de Alerta de Asteroides. Observaciones posteriores descartaron por completo ese riesgo, pero revelaron que la trayectoria podría cruzarse con la de nuestro satélite natural.

Paul Chodas, director del Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra, subrayó que se trata de una cifra dinámica: las probabilidades pueden reducirse a cero o aumentar a medida que se obtengan nuevos datos.

Por qué aún hay tanta incertidumbre

El problema no es solo la órbita, sino el conocimiento incompleto del propio asteroide. Su masa, densidad y estructura interna siguen siendo estimaciones. En 2026 habrá una oportunidad clave para refinar los cálculos gracias al Telescopio Espacial James Webb, cuyas observaciones podrían elevar la probabilidad de impacto incluso hasta un 30 %… o descartarlo definitivamente.

Por su tamaño, 2024 YR4 entra en una categoría similar al asteroide responsable del evento de Tunguska en 1908, que devastó miles de kilómetros cuadrados de bosque en Siberia. La diferencia es fundamental: este objeto no supone un peligro directo para la población terrestre.

Qué ocurriría si el impacto se produce Luna© NASA – Unsplash

Un choque contra la Luna sería un acontecimiento excepcional en la era moderna. Los astrónomos estiman que liberaría una energía equivalente a seis millones de toneladas de TNT y abriría un cráter de alrededor de un kilómetro de diámetro.

Hay además un dato llamativo: existe un 86 % de probabilidad de que el impacto se produzca en la cara visible de la Luna. De ser así, el destello podría observarse desde la Tierra con telescopios, especialmente desde lugares como Hawái o la costa oeste de Estados Unidos, dependiendo de las condiciones.

Para los expertos, la principal preocupación no es el daño en la superficie lunar, sino la nube de escombros que se generaría tras el impacto. Parte de ese material podría salir despedido al espacio cercano a la Tierra.

Según ingenieros de la NASA, existe alrededor de un 1 % de probabilidad de que fragmentos alcancen órbitas donde operan satélites o futuras misiones tripuladas, lo que podría suponer un riesgo real para infraestructuras espaciales clave.

Planes sobre la mesa, aunque aún lejanos

Aunque la probabilidad de impacto sigue siendo baja, el escenario es lo bastante serio como para que las agencias espaciales empiecen a estudiar opciones. Entre ellas se baraja la posibilidad de desviar o fragmentar el asteroide mediante un impactor cinético o incluso un dispositivo nuclear, siempre con meses de antelación.

El problema es que una intervención así exige conocer con gran precisión la naturaleza del objeto, algo que hoy todavía no se tiene. Hasta entonces, la estrategia es clara: observar, recalcular y no perderlo de vista.

No todos los días un asteroide amenaza con chocar contra la Luna. Y aunque no ponga en peligro la vida en la Tierra, este seguimiento demuestra hasta qué punto la defensa planetaria se ha convertido en una disciplina clave de la exploración espacial moderna.

[Fuente: La Razón]