El club de ganadores de 5 Tours es la excelencia entre los ciclistas

Hay mañanas de Navidad, sin ciclistas pululando por el intenso frío, en las que el mundo parece haberse detenido bajo una capa de escarcha silenciosa.

Son días de calles vacías, de un aire que corta la cara y de esa extraña soledad del ciclista que, mientras otros desenvuelven paquetes, decide que su mejor regalo es el roce de la cadena y el vaho saliendo de la boca.

CCMM Valenciana

En ese silencio, si uno presta atención, parece que el asfalto devuelve el eco de los que lo hicieron sagrado.

Navidad no es solo una fecha; es memoria.

Y en el ciclismo, la memoria tiene nombres que pesan como el acero de sus cuadros. Imaginen, por un momento, que en la grupeta de esta mañana nos aguardan ellos.

Sin aspavientos, sin el brillo del carbono moderno, solo con la elegancia de quien no necesita demostrar nada porque ya lo ganó todo.

Ahí estaría Jacques Anquetil, impecable incluso bajo el frío, con el pelo perfectamente peinado bajo la gorra de algodón, recordándonos que la clase es un deber, incluso cuando el termómetro roza el cero.

A su lado, Eddy Merckx, el Caníbal, que no entendería de treguas navideñas; para él, cada rampa es un desafío y cada salida, una oportunidad de devorar kilómetros, contagiándonos esa ambición insaciable que hoy parece diluirse en vatios y potenciómetros.

Un poco más atrás, con la mirada perdida en el horizonte, Bernard Hinault.

El ‘Tejón’ no pediría permiso al invierno. Lo miraríamos a los ojos y veríamos aquella Lieja del 80, bajo la nieve, recordándonos que el ciclismo es, ante todo, una cuestión de orgullo y resistencia ante la adversidad.

Y cerrando el grupo, con esa paz que solo tienen los elegidos, Miguel Induráin, a quien no le molaba nada el frío.

Su figura, inmensa y tranquila, nos daría el relevo necesario cuando las piernas empezaran a flaquear, transmitiendo esa serenidad navarra que convirtió la agonía en una forma de arte.

Hoy el regalo no está bajo el árbol, sino en la herencia que estos gigantes nos dejaron. Es el privilegio de pedalear por las mismas carreteras que ellos dignificaron. En este día tan especial, el ciclismo clásico nos ofrece el mejor de los obsequios: la certeza de que, aunque pasen los años, la épica, el respeto y la elegancia de un buen pedalear son eternos.

¿Se sentará Tadej Pogačar en la misma mesa que Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin?

El esloveno no solo pedalea contra sus rivales, sino contra la historia.

Posee la voracidad de Merckx y la clarividencia de los elegidos, pero el “Club de los Cinco” es un olimpo con una cerradura compleja que no entiende de favoritismos. No se trata solo de fuerza, sino de esa alineación astral de salud, equipo y fortuna que los cuatro grandes dominaron con puño de hierro.

La respuesta empezará a dibujarse en apenas medio año.

El Tour de Francia 2026 —con la salida desde el corazón de Barcelona— será el escenario donde Pogačar busque sellar su pasaporte hacia la eternidad.

Ver el maillot amarillo recortarse contra la silueta de la Ciudad Condal será el primer paso para saber si estamos ante el quinto jinete de un apocalipsis que solo unos pocos elegidos han logrado completar.

El camino a la gloria eterna pasa por nuestras calles. Estaremos allí para contarlo.

Imagen: a.s.o./charly lopez