El día de Navidad es excelente para ir al cine, o disfrutar de una buena película desde casa. Si la oferta navideña de las plataformas de streaming te sabe a plato de anoche recalentado, quizás te interese saber que la tv generalista te pone en bandeja un plan esta noche con Robin Hood a las 21:45h (hora española peninsular) en Telecinco.

Se trata de la versión protagonizada por Russell Crowe, bajo dirección de Ridley Scott diez años después de que ambos tocaran los cielos con Gladiator (2000); y cuatro después de que volvieran a trabajar juntos en la romántica Un buen año (2006). 

El actor neozelandés encabeza un reparto en el que no faltan más estrellas, desde Cate Blanchett (en el papel de Marion) a William Hurt, Max von Sydow, Mark Strong, Danny Huston o unos Oscar Isaac y Matthew Macfadyen que por aquel entonces no gozaban de la fama actual.

A continuación rescatamos la crítica de Robin Hood que publicamos en CINEMANÍA en 2010 con ocasión de su estreno en cines: Robin Hood antes de Robin Hood. Ridley Scott sigue su propia fórmula magistral para vendernos épica a precio de cine de autor: ‘Robin de los bosques Begins’

Crítica de ‘Robin Hood’ (2010)

Seamos serios: ni Gladiator era tan buena ni El reino de los cielos fue tan mala; así que por la rendija que dejaron aquel renovado furor alicatado y hortera por el peplum (por arriba) y el injustamente exagerado hastío de la deprimente Edad Media forjada a golpes de espadón new age (por abajo), se cuela de nuevo el propio Ridley Scott, un maestro en tres frentes. 

Uno: sabe mantener entre hordas de incautos el lustre de director de culto con películas dirigidas hace mil años como Alien o Blade Runner. Dos: se reinventa siempre ante la industria de Hollywood. Y tres: readapta una y otra vez su propia reinvención del género épico desde que la prima de Enya y los efectos digitales nos volvieron a enseñar lo que vale un peine en el imperio. En cualquier imperio, pero más en el romano y en el de los grandes estudios. 

Desde entonces –hace ya diez años de sus Oscar por Gladiator– ha seguido serpenteando con su pericia visual cada vez más deudora de sus propios spots publicitarios, y ha ido simplificando el mensaje, no sólo el de sus películas, sino el suyo propio: es mejor trabajar rutinariamente a lo grande, que crear sin presupuesto. Y Hollywood se lo sigue permitiendo todo. Ni a Scorsese le aguantan tanto (que también). Y que a nadie se le ocurra mentar a la bicha: Coppola, el hombre que no supo adaptarse como ellos.

Robin Hood no tenía pasado ni falta que le hacía. Ni siquiera después del revival de los 90, con Kevin Costner perdiendo pelo y embarullando la leyenda con flechas desde todos los ángulos; y un telefilme barato haciéndole sombra (¿quién narices era Patrick Bergin?). 1991 fue el año que enterró a Robin Hood. Si Ridley Scott ha querido desenterrarlo, se ha quedado a medias. 

Porque el filme funciona como entretenimiento adrenalínico, sin pasarse (‘película para padres’, le llamábamos en tiempos), nos trae una renovada versión del mito que tiene cierta miga y te hace pensar que Brian Helgeland por fin se ha ganado que olvidemos que escribió Destino de caballero; y se disfruta del reparto, que deriva en un continuo “ese me suena”, que en realidad remite a muchos secundarios del cine de Ken Loach… “This is England”. Pero, un momento… ¿No es ese William Hurt?

Esto es un Robin Hood antes de Robin Hood, la precuela que (no) estábamos esperando y que sigue esa moda de buscarle la vuelta a los héroes desde Batman Begins. Parece que todos los héroes necesiten una precuela, no vale con entretenernos hasta morir con la espada y las flechas, como antaño Errol Flynn. El sheriff de Nottingham era poco rival, ¿o qué? ¿Por qué no nos aceptamos a nosotros mismos? 

Es ahí donde el filme, que va de los guiños medievales (ese Max Von Sydow directo desde El séptimo sello) a los bélicos (la batalla de Salvar al soldado Ryan, ¿aquí?, es algo excesivo), se espesa, a pesar de que Rusell Crowe le da fuerza al arquero y de que Cate Blanchett sería una deidad del cine incluso revolcándose en una porqueriza. 

Tras pasar dos horas largas de buen cine, seguimos preguntándonos a santo de qué esta vuelta sobre la leyenda. Descubrir exactamente lo que pensábamos encontrar (trigales con melodías celtas incluidos) en una película no está mal, pero, por favor, que alguien le diga a Ridley Scott que quite el piloto automático de la épica.

Carlos Marañón.