La facilidad y elegancia de Tibor del Grosso vienen de serie
El ciclocross, esa disciplina que a menudo parece un bucle infinito entre dos nombres, nos regaló en Heusden-Zolder una de esas escenas que obligan a levantar la ceja, una imagen complementada por el podio de Gavere, tras Van der Poel y Nys, ojo al peso de los apellidos.
En la víspera de Navidad, bajo el cielo plomizo de Flandes, no vimos la enésima cabalgada de Mathieu van der Poel, sino la confirmación de su sombra proyectada hacia el futuro.
Tibor del Grosso, con el maillot de campeón neerlandés y la estructura del Alpecin-Deceuninck a su espalda, no solo ganó; ejecutó un calco emocional de lo que su jefe de filas lleva años haciendo.
Lo de Zolder tuvo un aroma familiar, casi cruel para nuestro querido Wout van Aert.
Ver al belga batido al sprint, en una recta de asfalto que se le hizo eterna, nos teletransportó inevitablemente a aquel octubre de 2020.
Aquel Tour de Flandes donde Van Aert, vestido de amarillo y con la vitola de invencible, claudicó ante un Van der Poel que le obligó a lanzar un sprint agónico para terminar muriendo en la orilla.
En Zolder, el guion fue el mismo, pero el verdugo tenía 22 años y una frescura que asusta.
Del Grosso no es un invitado de piedra.
Es, por derecho propio, el heredero natural en la casa Alpecin.
Mientras Mathieu dosifica sus apariciones y coquetea con la idea de que el barro ya no es su prioridad absoluta, Tibor emerge como el relevo necesario.
No es solo que gane, es cómo lo hace: con esa frialdad neerlandesa, aguantando los hachazos de un Van Aert que buscaba su primer triunfo tras meses de sequía, para luego rematarlo con una punta de velocidad que parece genética en su equipo.
La técnica de este chaval abruma.
Para Van Aert, el golpe es doble.
No solo es la derrota ante un “niño”, sino la constatación de que la jerarquía del Alpecin no depende de un solo hombre.
Del Grosso se postula como el nuevo rival, el que no tiene memoria de las derrotas pasadas y solo entiende de ambición presente.
Si el ciclismo son ciclos, en Zolder volvimos a comprobar el inicio de uno nuevo.
El Alpecin tiene recambio; Van Aert, por desgracia para él, tiene un nuevo dolor de cabeza que, casualmente, viste los mismos colores que su eterno némesis.
La historia, caprichosa, se repite bajo un nuevo nombre, pero misma piel.

