Frente a las agridulces rupturas de otros grupos, Marilia (Cuenca, 1974) presume de seguir siendo «la de Ella Baila Sola». Un dúo, a la sazón con su amiga del colegio San Agustín, Marta Botía, que se catapultó en fenómeno con solo tres discos a finales de los 90. Así lo reconoce cuando charlamos, casi a punto de sentarse a la mesa con sus padres en Nochebuena, tras haber actuado en una velada solidaria en Starlite Madrid. Hace unos días, homenajeó a la gran Celia Cruz en Casa de América. Dos citas con las que la cantante y compositora sigue celebrando su vocación de niña y honrando sus éxitos, antes y después de Ella Baila Sola, de cuya separación hace más de dos décadas: «Estamos aquí para aprender a bailar la vida. Un baile con la incertidumbre. A veces pasan cosas que no entiendes, pero hay que tener fe en el camino». El suyo pasa ahora por otra gira con nuevo disco, la filantropía como motor y una pasión más desconocida: la que tiene siente por el trabajo del paleontólogo Juan Luis Arsuaga y los yacimientos de Atapuerca, en la provincia de Burgos.

Marilia, ¿qué le enseñó el éxito cuando estaba en Ella baila sola y qué ha aprendido después?

He aprendido que seré Marilia de Ella Baila Sola siempre y Marta también. Porque hay algo que hicimos y la gente sigue escuchando. De esa época aprendí que cuando las cosas van bien surfear es muy divertido, me dejó regalos y también cosas que no me gustan de la industria. Que vende canciones como el que vende corchos. Tú tienes 20 años y no conoces el mundo, aunque ese aprendizaje es oro. Fue un regalo compartirlo con tanta gente. A día de hoy, cuando alguien me reconoce, me sigue sorprendiendo. Sigo pensando que hay público para las canciones que cuentan cosas.

La Oreja de Van Gogh o Andy y Lucas son separaciones musicales más recientes y algo tempestuosas. ¿Por qué la suya fue un bálsamo?

La separación fue en 2001 pero no es real porque, como te he dicho, siempre voy a ser Marilia, de Ella Baila Sola. Sigo tocando esas canciones y honrándolas. Es cierto que en esa época hicimos tres discos y con veintipocos años habíamos llegado al final de un ciclo creativo. Pero nuestras canciones siguen vivas. Una ruptura conmigo misma no la quiero hacer y estoy súper agradecida a esa etapa.

Hubo un tiempo en que las compañías creían que las mujeres no llenaban conciertos. Hoy, Aitana o Rosalía arrasan. ¿Hemos cambiado nosotras o la industria?

Esto es fruto del avance de todos. Aitana y Rosalía son personas con mucho talento, aunque queda mucho camino por recorrer para que se normalice más. Ellas ha seguido una senda que habían abierto Mari Trini, Cecilia o Vainica Doble. Pero hay muchas voces femeninas que no se están escuchando.

Tras su último disco, «Bailar conmigo», ha estado de gira por España y también en Chile, ¿qué horizonte espera en 2026?

Esta gira promete, habrá viaje a Latinoamérica y también a África. El 26 de marzo estaré en la sala Galileo, con amigos e iré desvelando más fechas.

La cantante Marilia en la Fiesta de la Resurrección en la Plaza de Cibeles. La cantante Marilia en la Fiesta de la Resurrección en la Plaza de Cibeles. Jesús G. FeriaLa Razón

Estos días, Leiva protagoniza un documental en Movistar Plus+ donde relata los problemas que tiene desde hace años con sus cuerdas vocales. ¿Qué haría usted si no pudiera cantar?

No tengo un plan B , pero tenía que ser algo creativo. No sé que dolencia será la que tiene Leiva pero sí que los retos vienen para conocerse a uno mismo, para poner en valor lo que hace y hay una parte muy de luchador, parece todo muy sencillo pero la corriente no siempre va a favor.

¿Sigue buscando amores donde «baila un gusano en la tripa», como en su célebre tema «Lo echamos a suertes», o prefiere amores tranquilos?

Ay, siento que esa emoción se va moviendo de lugar. Con 20 años valoras unas cosas y ahora otras pero esa emoción está más honda y lo aprecias más. Siempre está el gusano en la tripa, en el amor o en los conciertos. Pero lo vivimos de manera más serena. Son canciones bien producidas y grabadas y me alegro que me conozcan por esas historias. Se nos caen los años al cantarlas.

Háblenos de su conexión con Atapuerca…

Soy una enamorada de Atapuerca. Estuve una época matriculada en Historia y uno de los temas que más me interesaba era la Prehistoria. Por entonces quería ir a buscar fósiles. He hecho muchas visitas, he escuchado mucho al paleontólogo Juan Luis Arsuaga y me he enamorado de la pasión con la que vive buscar las respuestas, lleno de humildad y curiosidad. Compuse «Una cueva en el invierno», se la envié a Juan Luis y este disco se estrenó en el Museo de la Evolución de Burgos. En Madrid, lo presenté en el Museo Nacional de Antropología. Hablar con Arsuaga es una maravilla. De él he aprendido que somos más humanos de lo que podemos pensar. Mira, hay un cráneo fósil al que bautizaron como Miguelón, que tenía una dolencia y sobrevivió porque otros le ayudaron. Significa que existe humanidad desde hace más de lo que pensamos y me emocionó descubrirlo.

Hablando de emociones, ¿qué costumbre navideña cumple y de cuál reniega?

Tenemos una tradición alemana, porque mi familia tiene parte alemana y otra portuguesa, y es que el 24 de diciembre viene el árbol y los regalos que nos los deja el Niño Jesús. La que no cumplo es ser materialista, creo que la Navidad es para abrir el corazón, no para comprar.