El Albert Serra (Banyoles, Girona, 50 años) que venía al bilbaíno cineclub FAS a presentar rarezas como ‘Honor de cavalleria’ y ‘El cant dels ocells’ … es el mismo que ganó la Concha de Oro con ‘Tardes de soledad’, elegida mejor película de 2025 por ‘Cahiers du Cinéma’. Aquel perro verde insolente y provocador, que daba un titular en cada respuesta y que acaba de ser recibido por el Papa en audiencia, resulta que lleva tres meses viviendo en Bilbao, donde monta su nuevo largometraje, ‘Out of This World’. Será su regreso a la ficción -probablemente compita en Cannes- tras un documental taurino que ha dado la vuelta al mundo. De todo ello habla el director catalán en el lugar que eligió: el batzoki de Abando, donde todas las noches cena con su equipo.

–¿Qué hace en Bilbao?

–Llegamos el 1 de octubre y vamos a estar seis meses. La película se ha rodado en Letonia, pero aquí hacemos todo el montaje, postproducción de imagen y algo de sonido, aunque la mezcla final se hará en París.

–¡Seis meses!

–Tengo cuatrocientas y pico horas rodadas. Trabajamos cinco montadores en el mismo espacio y vivimos en dos pisos. No se sabe qué va a salir en la película.

–¿Por qué Bilbao?

–Por la razón más simple de la que habrás oído hablar últimamente: los incentivos fiscales. No es necesario rodar aquí para beneficiarte de ellos, dependen del grado de gasto que hagas y de los inversores de tu película.

–Nunca me hubiera imaginado entrevistar a Albert Serra en un batzoki.

–Trabajamos todo el día y tenemos un acuerdo para cenar aquí. No tener que preocuparte implica no cocinar y no tener que buscar un sitio para cenar, así que venimos todas las noches porque está cerca de donde vivimos, en la Plaza Euskadi. Buscábamos comida tradicional, rica y sana. Y poder venir un poco tarde.

El director en el batzoki de Abando, donde cena todas las noches desde hace meses.

El director en el batzoki de Abando, donde cena todas las noches desde hace meses.

Ignacio Pérez

–¿Qué le parece la ciudad?

–Me gusta mucho. A veces veo la nostalgia de otro Bilbao más oscuro, por influencia del cine de Eloy de la Iglesia. Ahora es otra cosa, una ciudad más similar a todas. A mí las ciudades me dan igual, lo que me gusta es la gente. Aquí siempre habéis sido muy hospitalarios, muy buena gente. Nobles y cumplidores. Con todo esto de los incentivos sabes que los acuerdos con empresas serán sólidos y no habrá cosas raras. Y esto en el mundo del cine es meritorio, porque a veces hay personajes extraños, productores. Me siento a gusto entre vascos, siempre ha habido afinidad natural entre la gente de Catalunya y la del País Vasco, a pesar de que nunca viajo por viajar. Siempre he venido aquí porque me han invitado.

–¿Le gustaría rodar aquí?

–Sí, por qué no. No me gusta mucho la lluvia, pero con el cambio climático en verano esto es perfecto. Tengo un amigo cántabro que está encantado de que ahora no llueva ni haga frío, como cuando era pequeño.

–Viaja solo por sus películas.

– Exacto. Llevo unos años muy cansado porque no sé decir que no. Vivo en Barcelona desde que tenía 18 años y también en París desde hace siete u ocho. Alquilé un piso compartido con un coproductor portugués amigo mío, del que soy el padrino de sus hijos. Los hoteles son tan desorbitadamente caros… Con un piso, un ‘pied-à-terre’, como dicen ellos, no te da pereza ir a París y te sirve para conocer gente.

–Y para que en Francia le consideren un director francés.

–Fue una cosa natural, aunque con ‘Tardes de soledad’ he vuelto al redil. Formal y estéticamente surgió así, yo no lo pedí. Siempre me ha interesado mucho la literatura francesa. Estudié Filología Hispánica pero toda mi influencia –en vanguardia, narrativa, poesía y crítica de cine, importantísima–, viene de Francia. Eso sí, nunca se me ocurriría vivir allí de manera permanente, es otro tipo de carácter. Para estar en contacto con la élite intelectual es un sitio único en el mundo, el interés que la cultura genera en la población no tiene comparación.

–Pocas cosas le halagarán tanto como que ‘Cahiers du Cinéma’ haya elegido ‘Tardes de soledad’ como mejor película del año.

–Hace tres años eligió ‘Pacifiction’, en cambio, ‘Historia de mi muerte’ no les gustó nada. Esto te enseña que el mundo cambia y hay que saber relativizar las cosas, lo bueno y lo malo. ‘Historia de mi muerte’ la rechazaron en Cannes y acabó ganando el Leopardo de Oro en Locarno, que nunca había sido para un español.

Albert Serra recibe la Medalla al Mérito en las Bellas Artes en 2024 en presencia de los Reyes, el ministro de Cultura y el presidente de la Junta de Andalucía.

Albert Serra recibe la Medalla al Mérito en las Bellas Artes en 2024 en presencia de los Reyes, el ministro de Cultura y el presidente de la Junta de Andalucía.

EP

–Ha dado charlas en el Club Cocherito de Bilbao. ¿Se siente a gusto en ambientes taurinos?

–No es mi mundo. Aprendí mucho haciendo ‘Tardes de soledad’. Igual que me ha pasado en Bilbao, humanamente me sentí muy bien acogido con la gente que tratamos. Todo era interés, brazos abiertos y haz lo que quieras.

–Quizá el mundo taurino está tan acostumbrado a las críticas que cuando llega alguien con respeto le hacen suyo.

–Algo de eso hay. Parecía que estaban un poco aislados del resto de la sociedad, como si fueran un reducto asociado a un mundo muy específico, del pasado. La tauromaquia fue un espectáculo muy popular para todo tipo de ideologías. Ha sido con la aparición de nuevas sensibilidades en los últimos treinta años cuando ha quedado aparcada.

–Usted se ha convertido en una referencia para el mundo cultural taurino.

–Sí. ‘Tardes de soledad’ retrata con rigor la esencia de la tauromaquia y lo hace de forma sofisticada, estéticamente seductora, hipnótica. Provoca emoción intelectual, preguntas morales.

–En San Sebastián hubo críticos que recibieron el filme como un alegato antitaurino, algo que usted nunca ha pretendido.

–’Tardes de soledad’ es un alegato de su propia calidad artística como película. Hacer un documental implica que tienes respeto por lo que retratas, que quieres hacerle un poco de justicia, sin ideas preconcebidas. Yo había ido a los toros de pequeño y tenía algún amigo en el mundillo, pero llevaba treinta años sin pisar una plaza de toros. Siempre leí a las grandes plumas, como Joaquín Vidal en ‘El País’. Tampoco era una época interesante, con la excepción de José Tomás.

Serra recibe la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián por 'Tardes de soledad'.

Serra recibe la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián por ‘Tardes de soledad’.

Efe

–Y usted encuentra a Roca Rey.

–Hay un misterio detrás, eso es indiscutible, insondable, no sé si en su caso es un misterio profundo o superficial. Nunca sabes si es una buena persona o un cabrón, si tiene miedo o no. Tuvo la audacia de decirnos que sí y una indiferencia olímpica para que le rodáramos. He hablado con él brevemente dos veces en mi vida, hola y adiós.

–¿No mantiene el contacto?

–No. Tampoco tengo relación con los actores con los que he trabajado. Me caen bien todos, pero no vamos a felicitarnos las fiestas. Me gusta mucho la actitud de John Ford y Clint Eastwood, trabajar siempre con la misma gente y respetar a los actores pero manteniendo la distancia. Yo tengo que hacer la mejor película posible, tú darme lo que me prometiste y se acabó.

Tráiler de ‘Tardes de soledad’.

–Es que en el mundo del cine todos somos muy amigos.

–Ya, la falsa amistad. Hay mucho narcisismo, sobre todo en el caso de los actores. Quizá para ser actor haya que tener un punto de exhibicionismo. He tenido la suerte de trabajar con buena gente: Helmut Berger, Jean-Pierre Léaud, Benoît Magimel… Cuando trabajan conmigo ya saben a lo que vienen, yo no les puedo prometer ni que van a salir en la película. Ahora lo he hecho con F. Murray Abraham, el Salieri de ‘Amadeus’. Él es toda la película. ¿Sabes que guarda el Oscar en un bar de Nueva York al que suele ir? Me lo dejó y pesa mucho.

–’Out of this World’, la película que monta en Bilbao, la iba a protagonizar Kristen Stewart y al final la elegida es Riley Keough, la nieta de Elvis Presley.

–No pudo ser, cosas que pasan. De hecho, ella estaba comprometida conmigo en otra película, pero cambié de idea. Empecé a perder confianza en el guion, le faltaba originalidad.

–¿Y de qué va?

–Hay algo nuevo en mi cine: el tono de farsa en un contexto político. Sucede al inicio de la guerra de Ucrania y confronta dos mundos, Estados Unidos y Rusia a través del conflicto económico. Está rodada en inglés y en ruso. La hemos filmado en Letonia porque, aunque no hubiera sanciones, hubiera sido díficil filmarla en Rusia. Solo puedo decir que será muy buena.

–¿No le asustaba rodar en inglés y con estrellas?

–No. Sientes la presión de hacerlo mejor que en la película anterior. Abraham fue el más entusiasta desde el principio.

–Hace unas semanas tuvo una audiencia del Papa León XIV junto a otros cineastas y actores.

–Sí, Monica Bellucci, Cate Blanchett, Spike Lee, Greta Gerwig… Había grandes figuras norteamericanas, muchos directores italianos –Tornatore, Argento, Cavani…–, pero también mucha gente de la industria. Es muy democrático, ninguno tuvimos más de veinte segundos para hablar con el Papa. Me escribieron desde el Vaticano y dije: vale. Te tienes que pagar el viaje. Le hablé de Roca Rey, porque es peruano y él había estado en Perú.

Albert Serra con el Papa León XIV el pasado 15 de noviembre.

Albert Serra con el Papa León XIV el pasado 15 de noviembre.

E. C.

–Toda una experiencia.

–Sí. El discurso que hizo el Papa fue realmente maravilloso. Habló del valor colectivo del cine, de su complejidad, de su capacidad para tratar la violencia sin explotarla…

–Tras los triunfos, ¿se sigue sintiendo un perro verde en el cine español?

–A partir de ‘Tardes de soledad’ me conoce mucha más gente. Me siento solo porque lo que yo hago no lo hace nadie más, pero noto más respeto del público y de la gente de la industria. Han visto que lo mío no era una cosa provocativa, fácil, tonta. Que hay todo un pensamiento detrás. Antes no tenía conexión con el público, que me sigue dando igual, pero ahora se lo toman en serio. A mí me ha favorecido mucho Netflix, porque así la experiencia del cine se hace todavía más valiosa.

–Sigue sin ver series.

–Nunca. El otro día estuve con el director de Netflix España, muy simpático. Ya le dije que yo encantado de trabajar con ellos pero con una condición: ‘final cut’ (montaje final), la gran reivindicación histórica de los cineastas estadounidenses. Me contestó que por contrato es complicado, pero de facto, sí. Los americanos son muy duros negociando, pero una vez que firman son ultraprofesionales y si están contigo aquello va a misa. He ido a dar ‘master classes’ a Harvard, Yale y Stanford y son muy serios. Quieren el monopolio del conocimiento también en el cine de autor.

–¿El Oscar le quita el sueño?

–Creía que teníamos una oportunidad de llegar a la ‘shortlist’ de documentales y no ha sido así. Visto lo visto, mejor, porque hay una cantidad de documentales sentimentales, convencionales… Habríamos perdido tiempo y dinero.

–¿Se ha hecho rico con el cine?

–En el cine de autor ya te digo yo que no. En el comercial seguro que sí, si haces taquilla. Las recaudaciones que lograban antes autores difíciles no tienen nada que ver con las de ahora. Creo que vivimos un repunte, que la gente va a ir a las salas a ver cosas difíciles. Para sufrir, para recibir sensaciones incómodas. No hay que darle al público lo que le gusta.

–La recompensa viene a posteriori.

–Imponerles a priori les jode. Yo lo que quiero es joderles, eso es, hacerles un daño moral y espiritual. En el buen sentido de que mi cine no es un juego, es una experiencia estética seria, como la vida misma, con sus aristas y sus peligros.