Anfield vivió una tarde de emociones fuertes. Los prolegómenos del Liverpool-Wolverhampton estuvieron marcados por el homenaje a los hijos de Diogo Jota, fallecido el pasado verano en accidente de circulación junto a su hermano André Silva. La afición ‘red’ y la desplazada desde las West Midlands rindieron un sentido tributo al delantero luso, que vistió ambas camisetas en su trayectoria en Inglaterra. Cálido recuerdo a una figura que dejó huella y se marchó antes de tiempo.

Los hijos de Diogo Jota fueron los protagonistas del Liverpool-Wolverhampton

Los hijos de Diogo Jota fueron los protagonistas del Liverpool-Wolverhampton / EFE

Al fin, Wirtz

Liverpool y Wolverhampton se secaron las lágrimas y brindaron un partido cargado de corazón, con diferentes objetivos pero con las urgencias a flor de piel. Los ‘wolves’, el peor colista de las cinco grandes ligas, salió respondón al césped, pero pronto el conjunto de Arne Slot tomó las riendas y embotelló a los del ‘Black Country’ en su parcela.

Sin embargo, como viene siendo habitual esta temporada, el vigente campeón de la Premier adoleció de falta de puntería. El tiempo de acoso y derribo de Jürgen Klopp ha derivado en un fútbol más conservador y de toque, a imagen y semejanza de la escuela neerlandesa. El gol es la asignatura pendiente de los ‘scousers’ y durante cuarenta minutos no le hicieron cosquillas al portugués José Sá.

Wirtz, agasajado por sus compañeros del Liverpool

Wirtz, agasajado por sus compañeros del Liverpool / AP

Eso sí, cuando cayó el primero de Gravenberch se destapó el tarro. El internacional con la ‘Oranje’ puso el 1-0 y, acto seguido, Anfield se desgañitó para cantar un tanto esperadísimo. 150 millones y veintidós partidos después, Florian Wirtz recibió un pase de Ekitiké, se quedó solo ante Sá y definió con un toque sutil con la diestra. La celebración, cargada de rabia, fue una catarsis para el alemán.

Sufriendo hasta el final

Pero no hay partido tranquilo en Anfield, al menos esta temporada. En lo que se intuía como una segunda parte plácida, Santi Bueno se encargó de meter miedo a la grada local recortando distancias nada más salir de vestuarios. El 2-1 fue un fantasma que pululó por la grada, con casi 62.000 almas conteniendo la respiración hasta que Hooper, colegiado de la contienda, acabó con el sufrimiento.