Apenas tenía 3 años cuando José Luis Mora Espinosa empezó a pintar. No fue una decisión artística ni una vocación temprana, sino una recomendación médica. “Nací con una enfermedad congénita (artrogriposis múltiple) que me impide mover las manos y los pies. Y la pintura fue la propuesta de un hospital de Segovia como parte de mi rehabilitación”, cuenta.
Entonces lo hacía con la cabeza, desde la frente. “De aquellos años no guardo muchos recuerdos nítidos, pero sí las pruebas: cuadros que aún conservo, de Mickey, coches…”, enumera con ternura. Con nueve años se trasladó a vivir de Madrid a Colmenarejo y su vida artística dio un giro decisivo. Allí conoció la asociación de Pintores con la Boca y con el Pie; quienes le ayudaron a reinventarse. “Nunca había pintado sujetando el pincel con los labios, pero aquello supuso una auténtica revolución. Poder ver lo que estás haciendo cambia la perspectiva de principio a fin”, declara satisfecho.
Y es que la precisión aumentó de forma notable. “Con la frente, el ojo va antes que el pincel, es más difícil”, asume. Sin dejar de practicar, hoy, a sus 34 años, José Luis Mora expone en el Café Fika de Pamplona una muestra que ha preparado en tiempo récord: en apenas mes y medio. Por ello agradece sobre manera el apoyo de personas como Débora, Unai y Txema, cuyo impulso ha hecho posible que su trabajo llegue a la capital navarra. “Sin ellos, esto no habría sido posible”, subraya.
La muestra, que puede visitarse hasta el 31 de enero, reúne obras muy diferentes entre sí. No hay una línea única ni una temática cerrada. “Cada cuadro es distinto, no tienen nada que ver unos con otros”, dice. Entre todos ellos destacan los paisajes, un género con el que se siente especialmente cómodo. “Se me dan bien, me cuesta menos”, reconoce. Pero no todo es rapidez o facilidad. El cuadro Saturno devorando a sus hijos le llevó más de un año de trabajo. “Lo pintaba yendo al Museo del Prado, y la sala es realmente oscura”, expresa, consciente del esfuerzo técnico y emocional que implicó.
DE IDA Y VUELTA
Las obras expuestas están a la venta y también acepta encargos, aunque admite que desprenderse de algunos cuadros no siempre es fácil. “A veces me da pena venderlos por el trabajo que llevan detrás, por la historia que tienen”, confiesa. Su producción es tan variada como espontánea. “Pinto de todo, muy random”, ríe. Además, mantiene contacto con la Fundación Atenea, por lo que no descarta volver pronto a Pamplona. “Lo mismo termino viviendo aquí”, bromea quien no ha permitido que sus limitaciones físicas frenen su capacidad creativa.