Junio de 1907. Un joven artista español llamado Pablo Ruiz Picasso escandaliza y revoluciona a sus compañeros pintores en París, a los críticos de arte y a la opinión pública con el retrato de cinco mujeres desnudas en un burdel, titulado Las Señoritas de Aviñon.
La conmoción provocada por el lienzo no sólo tiene que ver con los sujetos -un grupo de prostitutas, consideradas como lo más bajo por la llamada sociedad «civilizada» de la época-, sino también con las formas: duras, agresivas, ajenas a las reglas de la perspectiva y a todas las convenciones pictóricas.
Hoy, los historiadores del arte consideran esta pintura una obra maestra temprana del cubismo. Afirman que el proceso de creación comenzó un año antes, en 1906, pero están equivocados. El proceso comenzó casi 2.500 años atrás, en un lugar que hoy conocemos como Montealegre del Castillo.
En el siglo V antes de Cristo, un escultor anónimo -o quizá varios, aún no lo sabemos- creó cabezas humanas con la piedra caliza local. Estas esculturas terminaron en el estudio de Picasso tras un largo y rocambolesco viaje de miles de años y kilómetros.
Gracias a los bocetos y estudios previos de Picasso, un trabajador metódico y obsesivo -«la inspiración siempre me llega trabajando», solía decir-, es posible identificar los rastros de un diálogo entre artistas separados por milenios, pero unidos por la misma experiencia de la creación.
Se aprecia en las cabezas desproporcionadas, grandes y fuera de escala; en las narices rectas, en los ojos almendrados. No encajan con ninguna de las proporciones del arte clásico, aquí no hay «regla áurea» que valga; deberían ser feas, ridículas, incluso ofensivas, pero, de algún modo, transmiten una belleza perturbadora.
Y, gracias al Museo del Louvre de París y al Museo Arqueológico Nacional de Madrid, estas antiguas cabezas ibéricas pueden admirarse como parte de una gran exposición que permanecerá en la capital de España hasta el próximo 10 de mayo, a 300 kilómetros del lugar donde fueron desenterradas.
En realidad, no están solas, sino en muy buena compañía: la esfinge de Agost (Alicante) y su compañera de El Salobral, cerca de Albacete, y muchos otros seres, reales o mitológicos: toros, carneros, pequeñas ofrendas votivas y cabezas humanas.
Gran parte de las figuras exhibidas en el MAN proceden de nuestra provincia, especialmente de dos yacimientos arqueológicos conocidos: El Llano de la Consolación y El Cerro de los Santos, ambos ubicados en el municipio de Montealegre del Castillo, que es donde comienza este viaje.
el camino. Retrocedamos a 1860. La arqueología es una ciencia joven en España, al igual que la propia provincia de Albacete, que solo llevaba 27 años de existencia. Llegan noticias sobre el hallazgo de misteriosas estructuras y figuras en El Cerro de los Santos y, más tarde, en El Llano de la Consolación.
Los primeros hallazgos se produjeron durante una limpieza de vegetación en una zona abandonada, pero hay que esperar a la década de 1870 para ver las primeras excavaciones sistemáticas. Unos 10 años después, la noticia de una cultura antigua desconocida llega a Francia, y entran en escena Arthur Engel y Pierre Paris.
Conscientes de la importancia y belleza de estos hallazgos, ambos eruditos comenzaron a adquirir todo tipo de figuras. Hoy hablaríamos de un expolio sistemático, pero a finales del siglo XIX no existía legislación para proteger el patrimonio en nuestro país.
Así fue como las cabezas de Montealegre terminaron en el Louvre, aunque no por mucho tiempo. En 1907, un estafador y ladrón de arte, Honoré Joseph Géry Pieret, visita el museo y roba algunas de las cabezas ibéricas. Finalmente, las vende por solo 50 francos a un joven artista español.
Evidentemente, el artista era Picasso, quien ya había descubierto y admirado estas esculturas un año antes. Su papel en estos hechos aún no está claro, pero, en 1911, cuando Pieret confesó el robo, Picasso corrió a devolverlas. Tras un breve interrogatorio, fue declarado libre de sospechas.
Lo que sí admitió años más tarde fue la influencia de esas figuras en su obra. «Miren las orejas», dijo mucho después en una entrevista televisiva, en 1960: «Si miran las orejas de Las Señoritas, reconocerán las de estas esculturas».
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