Por pura estadística, lo más probable es que usted, como la mayoría de la población, pertenezca a la clase trabajadora de este país. Aunque haya podido prosperar con respecto a la generación anterior, de su familia y entorno en el que se crió ha heredado esa condición social, que aparte del propio estatus económico, lleva aparejada otros elementos profundos en su psique que moldearán sus gustos hasta el final de su vida. Y es muy probable que aunque su estatus actual le permita jugar a golf o dar clases de equitación a diario, no estaría dispuesto ni a ver un segundo de estos deportes por la tele. Algo muy similar le ocurrirá con la ópera, y esto en buena medida le viene marcado por la clase social en la que se nació, por su ‘habitus’.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu publicó en 1979 La distinción, un trabajo en el que teorizó sobre cómo la clase social marca nuestros gustos y formas de vida. En su obra señaló que el ‘habitus’ era esa brújula social interior que guía nuestros comportamientos y actitudes. Una guía interiorizada que influye de una manera inconsciente en nuestras formas de sentir, pensar, vestirnos, votar, practicar un deporte o divertirnos. Ahora Tiphaine Rivière adapta en ‘La distinción’  (Garbuix books), el clásico del sociólogo francés para la generación del siglo XXI.

La dibujante lleva su historia a una clase de instituto con un profesor que les enseña los conceptos de Bourdieu: «El ‘habitus se encuentra en  centro de la reproducción de las estructuras sociales. Garantiza la presencia activa de cada individuo, de la historia de las dinámicas de dominación y del orden social», señala el profesor de la ficción parafraseando al sociólogo francés. No es un determinismo absoluto por el que, como reza el provocativo titular de este artículo, el obrero no pueda aplaudir un birdie o emocionarse con un aria. Pero es algo profundamente marcado que incluso muchos proletarios que acceden a estos gustos lo hagan siguiendo el aroma de la distinción.

El análisis de esta forma de perpetuar las clases sociales lleva a los jóvenes protagonistas del cómic a investigar en sus propias familia. «Tengo que conseguir que mis alumnos entiendan que gente con los mismos ingresos no consume igual si no tiene el mismo habitus», reflexiona el profesor mientras encarga a sus pupilos a indagar en sus casas. Uno de los chavales de clase trabajadora acaba desquiciando a sus padres preguntándoles qué harían si tuvieran mucho dinero. En cada respuesta vemos cómo en ese hipotético y cómodo futuro, los padres seguirían privándose de muchos servicios, entendidos como lujos, como asistentes en el hogar: “¿Para qué voy a contratar a alguien si lo puedo hacer yo?”, replica la madre. La conclusión del hijo es tan rotunda como la bofetada que recibe por expresarla: “Vale, entonces no haríais nada. Sois pobres pero si fuerais ricos seguiriaís siendo pobres mentalmente”.

Perpetuar las clases y jerarquizar el gusto

Las páginas avanzan explicando el modelo de perpetuación de las clases, que de forma consciente o inconsciente, impermeabiliza a unas de otras. “Entonces, ¿creéis que si alguien de clase trabajadora se hace rico, forma parte automáticamente de la clase dominante?”, pregunta el profesor que rápidamente señala que según Bourdieu no: “La clase social en la que nacemos da forma a nuestras preferencias pero también a nuestra manera de pensar, nuestros deseos, nuestra relación con el trabajo, nuestras ambiciones, nuestros valores políticos todo lo que forma parte de nuestra identidad, incluyendo la alimentación, las amistades y adónde vamos de vacaciones. De forma consciente o inconsciente, las clases dominantes colaboran para establecer un sistema que hace que pasar de una clase a otra sea dificilísimo”.

Los alumnos también descubren los rasgos de cada clase social: cómo la alta burguesía marca y se aferra a este dominio simbólico y se pueden permitir el lujo de transgredirlo; los pequeñoburgueses, «proletarios con un poquito más de dinero» intentan alejarse del proletariado, porque «se cagan de miedo si les confunden con la clase inferior», según explica una de las alumnas de la ficción. O los proletarios que por sus propias condiciones materiales tienen vetado hasta el individualismo: «Si pudiéramos pagar una canguro, no nos hubiéramos organizado con los vecinos», dice uno de los chavales más humildes, observando cómo tíos o vecinos tienen que cuidar de su hermano pequeño.

El profesor también les enseña que las clases poderosas no solo obstaculizan el acceso a su status sino que marcan qué gustos o aficiones son más o menos legítimas, algo que se perpetúa en la escuela. «Los hijos de las clases dominantes se embeben de su cultura legítima y tienen todas las papeletas para rendir ‘de forma natural’ en su trayectora escolar y universitaria». Aquí también el origen de la «alta» o «baja» cultura y cómo determinadas expresiones artísticas como la ópera, inaccesible económicamente para muchos, se mantienen en el podio del considerado buen gusto. Gafas altas fanáticos de Wagner que siguen torciendo el gesto después de dos décadas de hegemonía del reguetón, de igual forma que lo hicieron sus padres con el rock o el pop unas generaciones atrás.

La distinción comic

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