Ya tenéis en la plataforma SkyShowTime la película La Muerte del Unicornio que protagonizan Paul Rudd y Jenna Ortega producida por A24.

La película cuenta como Elliot y su hija adolescente Ridley viajan hacia una cumbre de gestión de crisis organizada por los jefes de Elliot, la familia Leopold, cuando chocan con un unicornio. Los Leopold rápidamente toman control de la situación para explotar la carne, sangre y cuerno del animal, que poseen propiedades curativas sobrenaturales. Pero a medida que profundizan en sus investigaciones, descubren las consecuencias mortales de sus acciones.

Will Poulter, Téa Leoni, David Pasquesi, Anthony Carrigan, Richard E. Grant, Jessica Hynes, Denise Delgado, Kathryn Erbe completan el reparto de la película.

LA MUERTE DEL UNICORNIO: CRÍTICA
Si algo hemos aprendido del cine de las últimas dos décadas, es que no hay mejor catalizador para un drama familiar que la irrupción de un monstruo random. La ya frágil relación entre Elliot Kintner (Paul Rudd) y su hija adolescente, Ridley (Jenna Ortega) se tensa aún más durante un viaje de negocios a la finca del excéntrico millonario Odell Leopold (Richard E. Grant), cuando, por accidente, atropellan a un unicornio. El destino que acompaña a la criatura mítica trenza un tapiz de horrores y revelaciones que pondrá a prueba los límites morales de ambas familias.

La ópera prima de Alex Scharfman, bajo el paraguas de Ari Aster y A24, ofrece un entretenimiento ligero, sin ínfulas narrativas ni audiovisuales, y con una deriva palomitera poco habitual en la respetada factoría de indies “elevados”. Quizás se deba a su trayectoria como productor, pero hay que reconocerle a Scharfman que sabe exprimir al máximo su modesta factura, apoyándose en un guion inteligente que va al grano y no necesita más (ni menos) para cumplir sus ambiciones.

El reparto, escueto pero certero, con nombres propios como lo ya citados —y una mención especial para Will Poulter, impecable en su papel de sociópata mimado—, comparte protagonismo con el auténtico dueño de la función: un unicornio encabronado sediento de sangre y venganza. Para dar vida a la criatura, Weta y Zoic Studios apostaron por la fórmula que mejor ha envejecido en las Monster Movies, un equilibrio preciso entre CGI y animatrónica. Por suerte, no estamos ante esa (lamentablemente habitual) película que esconde a sus monstruos bajo la alfombra, buscando en una sutileza ilógica el aplauso de la crítica profesional —sí, esa que suele odiar el género. Si buscáis monstruos, los tendréis.

Virtudes y defectos a un lado, Scharfman se apunta el tanto de haber rodado la primera película antagonizada por un unicornio (con permiso, claro, de la animada Unicorn Wars de Alberto Vázquez), y sólo por eso ya merece un pase. Olvidaos de “My Little Pony” y de todos esos cuentos ñoños sobre corceles mágicos, el que aquí nos ocupa no es un ser de luz, sino una bestia espantosa que parte cuerpos en dos de un mordisco, empala enemigos con su cuerno y revienta cráneos con sus pezuñas. Si títulos como “Tarnation” (2017) o “La cabaña del bosque” (2011) dejaban entrever el potencial terrorífico de los unicornios, esta película lo ratifica.

Lo realmente fascinante de esta fábula moderna es que, pese a la irreverencia de su premisa, al gore puntual y a su cóctel de humor negro y absurdo, no traiciona el mito. Recontextualiza y embrutece al unicornio, sí, pero sin desmitificarlo. Scharfman se mantiene más fiel a las leyendas medievales que las revisiones edulcoradas a las que nos han malacostumbrado. El guion refleja un meticuloso trabajo de campo, no propone una reinterpretación del mito, sino que recupera su esencia y la devuelve al imaginario popular.

En paralelo, la cinta articula una sátira hacia los muchimillonarios y las corporaciones deshumanizadas, con su dosis de patetismo ilustrado y la esperable ración de justicia poética. La reconciliación entre padre e hija conforma el tercer eje del relato, aportando el contrapeso emocional que equilibra la sátira y la fábula.

Con todo, se echa en falta algo más de garra, o quizá una mayor distancia respecto a las fórmulas convencionales que adopta al plantear y resolver situaciones. Por momentos parece querer dinamitar ciertos esquemas narrativos, pero se queda a medio camino, y la sensación final es la de haber visto la misma película de siempre, pero con unicornios. ¿Mala? En absoluto. Pero ni tan rara ni tan arriesgada como prometía.

Por Jedediah.