Imagínate un thriller que coquetea con el retro de trajes elegantes, maletines y formas exquisitas. El sol tiñendo de calidez la escena, el humo de un tabaco que podrías mascar por su volumen. El poder, la justicia, el dinero y la corrupción.

Un hombre de negocios sube a un avión en el Japón de los 70. Su vuelo se complica —y mucho—, pero, en medio del caos, su determinación y experiencia acaban poniéndolo al frente de la situación.

Es una suerte de Liam Neeson, pero en Corea del Sur. Con un montaje que guiña a Snatch y diálogos que mencionan a Alain Delon. El cine surcoreano sigue acercándose más a occidente, hoy con poca sutileza en el título: Made in Korea.

La nueva serie estrenada en Disney+ utiliza la vieja fórmula del suspense occidental para ofrecernos un drama de prestigio adaptado al ritmo de plataformas. Una historia que no renuncia a su contexto: el conflicto de las Coreas y el desarrollo apresurado de un territorio entre autoritarismo, corrupción y mercados negros.

Un duelo en formato de episodio entre Baek Gi-tae (Hyun Bin) y Jang Geon-yeong (Jung Woo-sung); entre un agente del servicio de inteligencia de Corea del Sur (ACIC) que anhela el poder y un fiscal que quiere frenarle los pies.

Sólo tienes que cambiar nombres, traer a la CIA y los federales, y ya estamos todos preparados para soplar las velas… con un detalle importante: la misma determinación de sus personajes la tiene su cine.

Corea del Sur lleva años exportando audiovisual casi como un nuevo milagro económico, pero cultural. No es sólo Parásitos o El juego del Calamar; ahora es Las guerreras K-pop, la renovación propia de The 8 Show o los k-dramas.

Es la normalización del cine surcoreano. Uno que hasta puede ser más cruel, más estilizado, más irónico y más técnico que muchos equivalentes occidentales… manteniendo una máxima: ser súper accesibles.

El Noir del nuevo mundo

Made in Korea tiene un piloto ex-qui-si-to. Por sílabas, que necesito el énfasis. No explota nuevas narrativas, sino que pisa con decisión ese relato universal de narcotráfico, espionaje y la putrefacción institucional proyectando su contexto como trampolín de su cultura.

Es un ejercicio de ambición industrial: quiere traer al espectador global el tejido histórico y social de Corea, con la KCIA (ACIC, su CIA), la ocupación japonesa y la posterior división comunista-capitalista de la península tras la Segunda Guerra Mundial.

Inicialmente cautiva por los ojos: el diseño de producción de época, con oficinas llenas de humo, con lluvia, neones, pistolas y una fotografía que parece acordarse de ese Hollywood en el que las sombras tenían volumen.

Pero el punto dulce lo pone Hyun Bin. Aura, que dicen ahora en TikTok. Es una delicia verlo caminar, combatir y hablar. Toda la elegancia que puedes esperar de James Bond al servicio de un criminal estilizado con el dominio emocional como herramienta de violencia.

Y ese se convierte también en su primer pero: funciona tan bien la premisa que la repartición de protagonismo le debilita el paso para conformar ese duelo de noir moderno entre policías.

Una vez se diluye el hechizo inicial, llámalo sorpresa o novedad, la serie tiene todas las bondades funcionales que tan hartos estamos de ver entre estrenos en las plataformas.

Hay una pérdida inevitable por desconocimiento preciso del contexto de la Corea de los 70; aquí entono el mea culpa. La serie introduce las bases, pero siento que hay una capa subrepticia de la que disfrutar para la que la falta de conocimiento histórico profundo es una grandísima barrera.

Woo Min-ho, su director, tiene las manos embarradas en el thriller setentero de época: Inside Men, The Drug King, El hombre del presidente… Su cine es una representación evidente de sus filias y Made in Korea no es una excepción.

Pero son sensaciones iniciales: la intención parece ser que el espectador sienta la época y el contexto más que aprenderla. Sólo utiliza referencias documentales en el piloto para avanzar hacia códigos más reconocibles en los siguientes.

De cada acto una consecuencia; así llega esa pérdida de inercia dramática, la de plantear si estamos en una posición idílica para disfrutar de todo lo que puede ofrecer la serie y que bajo ningún concepto es su culpa.

El cine como caballo de Troya

Como la idea es colocar al espectador en un lugar cómodo desde el que ir dejando caer las gotas de cultura e historia, la Made in Korea utiliza todo el arsenal: la música, el montaje y el carisma de sus personajes.

El jazz se convierte en una brújula de tono, con ese punto de espías y ladrones de guante blanco que te puede recordar a Ocean’s Eleven; y el montaje juguetón de criminales que utilizan el humor entre puñaladas a lo Guy Ritchie.

No es un carrusel pop, pero sí que convierte al villano en una figura con la que comulgar por muy torcida que esté su moral, y viceversa para el fiscal que vendría a ser el lado bueno de la ley.

Si te atrae la idea de ver el motor de clásicos como Heat con ese añadido de elegancia contenida y personajes que se mueven como si su filosofía portase el peso del mundo, Made in Korea debe —y repito, debe— ser tu serie.

Tenían tan claro el plan que la segunda temporada ya estaba firmada antes de llegar el estreno. Es ambiciosa sin dejar de ser sencilla, con capas de las que poder aprender, pero también un ejercicio funcional que bebe demasiado del modelo occidental.

Aún así, en este ecosistema de autofagia de contenidos, la serie tiene intención, tradición y una idea muy clara: la de utilizar el entretenimiento como caballo de Troya para que hablemos de ellos.

Valoración

Nota 70

Made in Korea utiliza el estilo y las fórmulas del thriller moderno occidental para colarnos su cultura con una determinación que refuerza su identidad.

Lo mejor

La elegancia en escena, el carisma de Hyun Bin y el uso del montaje y la música para hacer noir coreano accesible sin sacrificar la forma.

Lo peor

Esa necesidad de globalización reduce el conflicto a códigos harto reconocibles.