La V Encuesta Nacional de Polarización Política del CEMOP (2025) confirma una intuición ampliamente extendida: la polarización en España ya no se manifiesta principalmente como discrepancia ideológica, sino como un clima emocional de confrontación permanente. El 70,1% de la ciudadanía considera que el nivel de crispación política es hoy mayor que hace un año, frente a apenas un 2,4% que cree que ha disminuido.
Este dato no describe solo un estado de ánimo colectivo. Describe un marco de interpretación dominante, en otras palabras, un imaginario colectivo en el que la política se percibe como conflicto constante y no como espacio de resolución de problemas a través de políticas públicas.
Polarización afectiva: cuando el adversario deja de ser legítimo
El estudio distingue con claridad entre polarización ideológica y polarización afectiva. Esta última, el sesgo emocional favorable al propio grupo y la animadversión hacia el adversario, es hoy el eje central del problema. Los datos muestran una relación directa entre percepción de crispación y polarización afectiva: quienes perciben mayor enfrentamiento presentan niveles más altos de distancia emocional entre electorados, medidos mediante el índice DIPA (diferencias en el afecto interpartidista).
«Los datos muestran una relación directa entre percepción de crispación y polarización afectiva: quienes perciben mayor enfrentamiento presentan niveles más altos de distancia emocional»
No es solo que se piense que la política va peor; es que ese diagnóstico se traduce en emociones políticas más duras y excluyentes. Aquí emerge ya un elemento clave: la percepción del conflicto no es neutra ni simétrica, sino que se distribuye de forma desigual entre segmentos ideológicos.
El eje ideológico no explica todo, pero sí marca una asimetría clara
La encuesta revela un gradiente ideológico muy nítido en la percepción de crispación. En una escala de uno a diez, el 87,6% de quienes se sitúan en la extrema derecha considera que la polarización ha aumentado, frente al 53,5% en la extrema izquierda. El patrón se reproduce de forma casi idéntica en el recuerdo de voto: el 90,7% de los votantes de Vox y el 82,6% de los del PP creen que hoy hay más crispación, porcentajes muy superiores a los del resto del espectro político.
Estas cifras son centrales porque reflejan una percepción asimétrica del conflicto, mucho más intensa en la derecha y la ultraderecha. No implica, por sí solo, una mayor «responsabilidad objetiva», pero sí indica que el clima de confrontación se vive, se interpreta y se activa con mayor intensidad en esos segmentos. En consecuencia, la polarización no se experimenta de forma homogénea: hay electorados para los que el conflicto es el marco dominante de la política.
Menos adhesión, mismo rechazo: una polarización sin entusiasmo
Uno de los hallazgos más relevantes del informe es que la polarización afectiva agregada desciende ligeramente respecto a 2024, pero este descenso no se debe a una reducción del rechazo al adversario, sino al debilitamiento de la adhesión emocional al propio partido. Es decir: la ciudadanía no odia menos; cree menos. Los sentimientos negativos hacia el «otro» se mantienen estables, mientras se erosionan los vínculos positivos con el «nosotros».
«La polarización afectiva desciende ligeramente respecto a 2024, pero este descenso no se debe a una reducción del rechazo al adversario»
Este patrón es especialmente visible en los grandes partidos, cuyos votantes reducen su adhesión endogrupal, mientras las valoraciones exogrupales apenas se mueven. El resultado es una polarización más cínica que militante, menos identitaria en lo positivo, pero igual de dura en lo negativo.
Liderazgos como epicentro del desgaste político
La encuesta muestra además un desplazamiento significativo del rechazo desde los partidos hacia los líderes. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo superan ambos el 54% de valoraciones de rechazo, cifras superiores a las que generan sus propias siglas. Este fenómeno apunta a una personalización negativa de la polarización. La política se vive cada vez menos como confrontación entre proyectos colectivos y más como antagonismo entre figuras, lo que intensifica la carga emocional y simplifica el conflicto en términos morales.
En este contexto, la derecha radical mantiene el liderazgo más polarizador: Santiago Abascal vuelve a ser, por quinto año consecutivo, el dirigente con mayores niveles de antipatía, concentrando el rechazo más intenso y menos valoraciones intermedias.
Medios: legitimidad democrática, desconfianza y lectura ideológica
El papel de los medios resulta clave para entender esta polarización asimétrica. La ciudadanía considera mayoritariamente que los medios intentan influir políticamente (8,3 sobre 10), mientras que la confianza en ellos como fuente informativa es muy baja (4,1). Pero de nuevo aparece una asimetría ideológica relevante: la confianza en los medios disminuye conforme se avanza hacia la derecha, alcanzando su mínimo en la derecha radical, donde además se cuestiona más su legitimidad democrática.
«Allí donde los medios son vistos como actores hostiles, el conflicto político se intensifica emocionalmente, y la información deja de funcionar como espacio común»
Esta cuestión es común a lo que sucede en países de nuestro entorno, donde el votante de ultraderecha se informa por canales directos no convencionales, como redes sociales o conocidos. Un hecho que conecta percepción de manipulación mediática, desconfianza informativa y polarización afectiva. Allí donde los medios son vistos como actores hostiles, el conflicto político se intensifica emocionalmente, y la información deja de funcionar como espacio común.
El círculo de la crispación: percepción, emoción y refuerzo ideológico
La encuesta permite identificar con nitidez un círculo de retroalimentación política. Determinados segmentos ideológicos (de forma especialmente acusada en la derecha) perciben un nivel de crispación superior al del conjunto de la sociedad, y lo hacen desde una posición que no es meramente reactiva, sino activamente implicada en la dinámica del conflicto. Esa percepción intensificada del enfrentamiento se traduce en mayores niveles de polarización afectiva, ensanchando la distancia emocional entre electorados.
A su vez, la desconfianza hacia los medios de comunicación y las instituciones actúa como catalizador: refuerza marcos interpretativos de confrontación, alimenta la idea de hostilidad permanente y consolida la lectura de la política en clave de amenaza. El resultado es que el conflicto deja de ser episódico para convertirse en la lente dominante desde la que se interpreta la realidad política.
«No estamos ante una polarización simétrica entre extremos ideológicos equivalentes, sino ante una vivencia del conflicto más intensa, persistente»
No estamos, por tanto, ante una polarización simétrica entre extremos ideológicos equivalentes, sino ante una vivencia del conflicto más intensa, persistente y estructurante en determinados electorados, con efectos evidentes sobre el clima público, la calidad del debate y la convivencia democrática.
La clave no es negar el conflicto, sino desactivar su carga emocional
La V Encuesta del CEMOP no sugiere que España esté al borde del final de la crispación, pero sí ofrece una advertencia clara: el principal problema no es el desacuerdo político, sino su traducción emocional permanente en términos de amenaza y antagonismo. Los datos confirman que la polarización emocional y asimétrica no se reduce apelando a consensos abstractos, sino interviniendo sobre los marcos que amplifican la crispación, especialmente en los entornos mediáticos y digitales donde esa percepción se construye y refuerza. Porque cuando una parte significativa de la ciudadanía vive la política como un estado constante de guerra simbólica, el problema ya no es quién gana las elecciones, sino qué tipo de democracia queda después.