Muchos niños sueñan con ser tenistas, aunque no todos lo consiguen. Algunos se enfrentan a lesiones que detienen su progreso, otros sufren una presión constante, y algunos se enfrentan a batallas internas como la ansiedad o la depresión.

Pepe Imaz fue uno de esos niños. Desde pequeño soñaba con convertirse en un gran tenista, pero la presión de cumplir con lo que otros esperaban de él lo llevó a un lugar oscuro a los 18 años: «Eso, sostenido, lleva a lo que se llama depresión. Esa depresión se acentuó al punto en el cual ya no quieres vivir. Yo era bulímico e intentaba acabar con mi vida a través de la comida».

Al verse en esa situación, buscó ayuda primero en los libros, y más tarde, en profesionales, aunque lo mantuvo en secreto: «Siempre con el miedo de que supieran lo que me estaba ocurriendo, porque aún me iba a sentir más fracasado. Entonces, todo lo viví en soledad, en silencio».

Fue entonces cuando entendió lo que realmente necesitaba: amor propio. «Yo lo que estoy buscando y necesitando es amor. Quiero ganar para ser amado, para ser respetado (…) Yo era juzgado y lo sigo siendo porque en un deporte de competición que hables del amor, de respetarte y aceptarte, en vez de ponerte un cuchillo y pensar a hierro y a matar; era de raro», confesó en una entrevista para ‘Infobae’.

Este cambio transformó su vida y su manera de jugar al tenis: «Empecé a hablarme con más respeto. Antes enjuiciaba cada golpe… Y después me repetía en cada golpe ‘me amo’ y todos los días escribía mínimo diez cosas que me agradaban de mí».

Tras estos cambios, Pepe mejoró en la pista, pero pronto se dio cuenta de que ganar no era suficiente: «Empecé a jugar amándome a mí y eso hizo que empezara a ganar. Cuando empiezo a ganar, yo ya no me sentía bien, porque cuanto más ganaba, la gente más venía a darme ese falso amor. Y me di cuenta de que yo no estaba preparado para seguir ganando y vivir en ese teatro, porque eso me hacía daño».

A los 23 años decidió colgar la raqueta y dedicarse a la gestión emocional, aunque sin alejarse del tenis. Comenzó a entrenar a diferentes deportistas, combinando técnica y trabajo emocional. Su enfoque llamó la atención de Marko Djokovic, quien buscaba apoyo emocional, y más tarde se interesó Novak Djokovic, con quien trabajó durante diez años.

«Yo no he hecho nada extraordinario con Novak. Yo lo único que he hecho es compartir cosas que a mí me han ayudado y que él tenía interés y deseo de conocer. Fue él quien trabajó con lo que yo he podido compartir con él, lo que él ha podido compartir conmigo y lo que él ha podido también buscar por otros lados. Novak es un ser humano maravilloso, que tiene un deseo de aprender y de crecer extraordinario y una generosidad que se sale de lo normal», declaró.

A día de hoy, Pepe Imaz continúa enseñando a deportistas, entrenadores y padres sobre emociones, autoestima y autoconocimiento, a través de cursos, charlas y su libro. Su mensaje es claro: para crecer en el deporte y en la vida, primero hay que aprender a amarse a uno mismo.