Si paseas por la plaza del Ayuntamiento de Alicante y levantas la vista hacia la torre del reloj, puede que notes un detalle que desconcierta a cualquiera que recuerde mínimamente los números romanos: donde esperarías ver IV para marcar el 4… aparece IIII. Y no, no es una metedura de pata del cantero ni un fallo de restauración: es una decisión con siglos de historia detrás.

Un 4 con «cuatro palitos» (y una pista para entender el resto de la esfera)

En la esfera del reloj, el 4 escrito como IIII encaja con una lógica visual que se repite en muchísimos relojes de torre: los números se «agrupan» por símbolos para que el conjunto quede equilibrado.

  • I, II, III, IIII (primer bloque: solo “I”)
  • V, VI, VII, VIII (segundo bloque: aparece “V”)
  • IX, X, XI, XII (tercer bloque: manda la “X”)

Ese orden hace que la esfera se lea casi como una secuencia rítmica, sin saltos raros.

La explicación histórica: durante siglos, «IIII» fue lo normal

Aunque hoy nos enseñan que 4 es IV (notación «sustractiva»: 5–1), la realidad es que el uso de números romanos nunca fue tan rígido como parece. En inscripciones antiguas y en épocas medievales fue frecuente encontrar el 4 como IIII (notación «aditiva»: 1+1+1+1), y esa costumbre se coló en un lugar muy concreto: las esferas de los relojes.

De hecho, en Europa la forma IIII se usó durante mucho tiempo en contextos vinculados a relojes y se mantuvo por tradición incluso cuando IV se fue imponiendo en otros usos.

La explicación «relojera»: simetría y legibilidad

Hay una razón muy terrenal por la que tantos relojeros han preferido IIII: funciona mejor a la vista.

  • Equilibrio: IIII «pesa» visualmente parecido a VIII (ambos con cuatro caracteres), lo que hace que la esfera se vea más compensada.
  • Lectura rápida: en una esfera, con ángulos y distancias, IV puede resultar menos inmediato que cuatro trazos seguidos.
  • Evitar confusiones: en algunos diseños, IV puede confundirse con VI cuando lo miras desde abajo o con cierta inclinación; IIII reduce ese problema.

En resumen: si el objetivo del reloj es «cantar» la hora a simple vista, IIII es un atajo gráfico bastante eficaz.

¿Y las leyendas? Carlos V, supersticiones… y lo que sí sabemos

Alrededor del «IIII» circulan historias jugosas: desde reyes que imponían su criterio a los artesanos, hasta supersticiones romanas. Son relatos populares que se repiten mucho, pero conviene leerlos como explicaciones culturales más que como una prueba única y definitiva.

Lo más sólido es la idea de fondo: durante mucho tiempo convivieron varias maneras de escribir el 4, y el mundo del reloj (por estética y por costumbre) terminó conservando la forma IIII.

La próxima vez que pases por allí…

Mira la esfera con calma: el «IIII» no es un capricho aislado, sino una pequeña cápsula del tiempo. Una muestra de que hasta algo tan cotidiano como un reloj de torre guarda decisiones antiguas, una mezcla de diseño, tradición y la forma en que, durante siglos, la gente entendió los números.

Y sí: una vez que lo ves, cuesta no empezar a buscar «cuatros» en cada reloj con números romanos que te cruces.

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