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Más allá de las figuras familiares de Orión, Sirio y Betelgeuse, alzándose con discreción en el noreste, yace una región aparentemente serena del cosmos: la constelación de Perseo. Allí, en el silencio de los abismos estelares, ocurre algo prodigioso. A simple vista invisible, pero colosal en importancia, se encuentra la nebulosa NGC 1333, una incubadora cósmica donde nacen nuevas estrellas con una fuerza que desafía la comprensión.

Apodada la Nebulosa del Embrión, NGC 1333 no es una nebulosa cualquiera: es una nebulosa de reflexión, una inmensa nube de gas y polvo que refleja la intensa luz de estrellas recién formadas. Es una de las regiones de formación estelar más cercanas a nuestro sistema solar y, por tanto, una ventana privilegiada para desentrañar los secretos del nacimiento estelar. 

Dentro de esta cuna cósmica, un joven astro llamado SVS 13 ha revelado un espectáculo de proporciones épicas: más de 400 anillos moleculares en forma de arco, finísimos y simétricos, han sido detectados gracias al poder de observación del telescopio ALMA en Chile. Estas estructuras, que semejan las huellas de un corazón latiendo en el vacío, marcan la confirmación de una teoría que llevaba tres décadas esperando ser validada.

Un agujero negro supermasivo desgarrando una estrella

Cada uno de estos anillos representa el eco de una erupción energética, como si el propio universo respirara a través de sus estrellas. Este descubrimiento, publicado en Nature Astronomy, constituye la primera prueba observacional directa de cómo una estrella en formación no solo absorbe materia de su entorno, sino que también la expulsa con violentas sacudidas periódicas.

 

SVS 13 Guillermo Blázquez-Calero, Mayra Osorio, Guillem Anglada. ESA/Hubble & NASA/Karl Stapelfeldt.

Una imagen tomográfica de ALMA revela cómo el chorro protoestelar supersónico de SVS 13 interactúa con el medio ambiente circundante.

Los anillos se organizan como los círculos de un tronco de árbol, testigos de una historia ancestral escrita en gas y luz. El más reciente de estos anillos coincide exactamente con una explosión de actividad estelar registrada en la década de 1990, ofreciendo una conexión sin precedentes entre una observación del pasado y su evidencia estructural en el presente.

Una visión tridimensional

El fenómeno observado en SVS 13 no es solo una curiosidad cósmica: es una revolución para la astrofísica. Gracias a la visión tridimensional capturada por ALMA, los científicos pudieron seguir el rastro del chorro de materia expulsado por la estrella y comprobar que estas eyecciones se producen con sorprendente regularidad. 

Hasta ahora, los modelos teóricos preveían este tipo de comportamiento, pero jamás se había observado con tal nivel de detalle. La energía liberada en cada erupción es colosal, y se cree que está vinculada a procesos de acreción: cuando grandes cantidades de gas caen sobre la estrella en formación, se produce un desequilibrio que desata estos violentos estallidos.

Implicaciones

Para los astrónomos, este hallazgo supone abrir un nuevo capítulo en la historia del universo joven. Porque la importancia de este descubrimiento va más allá de SVS 13. Al confirmar este patrón cíclico de alimentación y expulsión, se refuerza la idea de que muchos sistemas estelares podrían experimentar etapas semejantes durante su formación

Un agujero negro supermasivo desgarrando una estrella

Este conocimiento no solo afecta nuestra comprensión del desarrollo estelar, sino que también proporciona pistas sobre cómo se forman y evolucionan los planetas que orbitan estas estrellas. Si las erupciones de materia afectan el entorno cercano de la estrella, es probable que influyan directamente en la formación de discos protoplanetarios, es decir, los orígenes de futuros mundos.

Así, el cosmos nos ha entregado una nueva clave, grabada en anillos etéreos de moléculas y viento estelar. Bajo el manto negro del cielo invernal, Perseo ya no será simplemente una constelación olvidada: será recordado como el guardián de una verdad antigua y profunda, aquella que nos recuerda que incluso las estrellas más jóvenes llevan consigo las cicatrices del tiempo.