Los cuernos de don Friolera, en Teatros del Canal

Un montaje rotundo y esencial en el que el imaginativo verbo de don Ramón María del Valle-Inclán brilló en los Teatros del Canal. Por partida doble, porque tras los llenos de principios de año se impuso una reposición en septiembre. La dirección de Ainhoa Amestoy dio en la diana para componer un esperpento con el justo grado requerido. La mirada lacerante de Valle destapa las alcantarillas de una ciudad imaginaria, húmeda y portuaria, donde un bulo y las murmuraciones posteriores desquician a un pobre teniente acorralado. Un extraordinario elenco de actores, con Roberto Enríquez, Nacho Fresneda, Lidia Otón, Ester Bellver, Pablo Rivero Madriñán, Miguel Cubero, José Bustos e Iballa Rodríguez, todos en estado de gracia, dieron la primera lección teatral del año.

La señorita de Trevélez, en el Teatro Fernán Gómez

«Estamos ante un texto fundamental para comprender el teatro del siglo XX español, que anticipa a Doña Rosita la Soltera, de Lorca, y a la vez es una especie de pórtico del esperpento». Son palabras de Juan Carlos Pérez de la Fuente, director de este sainete de Carlos Arniches al que ha otorgado vuelo y hondura. La obra se desarrolla con vivacidad notable, trazada sobre una elegante coreografía escénica, hasta llegar al último acto donde la intensidad torrencial de Daniel Albaladejo detiene el tiempo de manera descarnada, resolviendo esta macabra chanza con la gravedad propia de nuestro teatro clásico. Silvia de Pé encarna a la ingenua dama, más rotunda de lo habitual, aportando al personaje una desesperación que alcanza tintes trágicos. El diseño de escenografía de Ana Garay resultó espléndido, aprovechando las posibilidades que ofrece el singular espacio del Fernán Gómez.

Los dos hidalgos de Verona, por la Compañía Nacional de Teatro Clásico

Después de una celebrada versión de La vida es sueño, en 2023, regresó Declan Donnellan a la Compañía Nacional de Teatro Clásico para dirigir esta obra de juventud de William Shakespeare, a la que imprime dinamismo y equilibrio. Alrededor de una escenografía reducida a la mínima expresión, se desarrollan las andanzas de una pareja de amigos, donde el amor y la amistad pugnan entre deslealtades. El aprovechamiento del texto es magistral por parte del director británico, acentuando la expresividad gestual. Alfredo Noval demuestra de nuevo sus dotes privilegiadas que ya advertimos cuando salió de un agujero como Segismundo. Alberto Gómez Taboada firma como Turio algunas potentes escenas junto a Noval, quizás las de mayor carga dramática de la función, rematadas en un colorista karaoke shakesperiano que anima el cotarro antes de la resolución. No olvidemos citar a Goizalde Núñez y Jorge Basanta, ambos con reconocida vis cómica, para redondear este fresco divertimento.

Orestíada, en el Teatro de La Abadía

Ernesto Caballero persigue «dotar de emoción, belleza y conmoción escénica al pensamiento», empeño que logra con vibrante pulso en esta versión de la Orestíada que firma Karina Garantivá. En el Teatro de la Abadía se levantaron interrogantes planteados en la Antigua Grecia hace milenios, que todavía sobrevuelan nuestras mentes del siglo XXI. La acción se hilvana habilmente, envuelta en la humareda del saqueo y la sangre derramada. Perfiles y sombras surgen bajo una  iluminación integrada en escena mediante focos móviles, dotando de un aire mágico y dinámico a las apariciones, mientras la música de Bastian Iglesias parece oficiar un acto de ilusionismo. Una estética poderosa, deslumbrante y atemporal donde destaca la soberbia recreación de Gabriel Garbisu como Agamenón, el poderoso magnetismo de Marta Poveda, la versatilidad de Alberto Fonseca, la fresca pureza de Nicolás Illoro y el aire sacrificial de Olivia Baglivi. Un espectáculo comprometido y profundo, que rememora aquellos tiempos en que la pulsión feroz se tornó en reflexión ontológica, acometido por la compañía Teatro Urgente.

Orlando, en el Centro Dramático Nacional

Marta Pazos sigue ampliando los tonos de su cromático sentido de la dramaturgia con un compleja adaptación de la inclasificable novela de Virginia Woolf, Orlando. Teñida de verde, bajo una abrumadora concepción visual y escénica, firmó su más ambicioso trabajo hasta el momento. El apartado técnico resultó apabullante, posibilitando un carrusel de sorpresas donde deslumbró el fastuoso vestuario de Agustín Petronio, la mágica iluminación de Nuno Meira y el sustento musical de Hugo Torres. Laia Manzanares despuntó en el papel principal, aportando una seducción natural rematada en bella desnudez. No podemos olvidarnos de Jorge Kent, actor magnífico que ha encadenado varios primeros papeles a lo largo de este año. Paco Ochoa y Nao Albet aportan lucidos momentos para redondear la mejor producción del Centro Dramático Nacional en 2025. Gozosa embriaguez bañada en verde.

A fuego, en el Teatro de La Abadía

Eróstrato fue un ciudadano de Éfeso que prendió fuego a un templo dedicado a Artemisa en el año 356 a. C, con el simple propósito de llamar la atención de la forma más aparatosa. A partir de ese hecho histórico y de algunas impresiones teatrales, Pablo Macho Otero compone un brillante monólogo en verso, dirigido por Emma Arquillué y el propio actor,  donde se enlaza aquel fogoso suceso con el afán de reconocimiento que nuestro tiempo cifra en visualizaciones y ‘likes’, apoyado en algunas curiosas coincidencias de fechas. El relato va ganando en dosis de humor, planteando escenas que entran en el terreno del absurdo, pero siempre asentado en una comunicación directa y atrayente, que capta la atención del público sin dejar opción a la evasión. El fluido verso, con leves notas de lenguaje actual y hasta un rap micro en mano, mantiene la función con un pulso envidiable, compensado y entretenido, reuniéndonos al calor de una lumbre poética.

Fuenteovejuna, por la Compañía Nacional de Teatro Clásico

La gran apuesta de la CNTC este año pasaba por poner el drama de Lope de Vega en manos de Rakel Camacho. Surgido entre brumas como una especie de tribu ancestral, el pueblo de Fuenteovejuna se enfrenta al malvado Comendador y sus secuaces, como un organismo vivo y heterogéneo frente a unos forajidos del ‘far west’. Cantos arcaicos, músicas tradicionales, ruidos y percusiones marcan los momentos más intensos de esta gran producción, donde la violencia no se escamotea, hasta culminar en la escena sobrecogedora en que Laurencia (Cristina Marín-Miró) firma un alegato imponente desde su sangrienta desnudez de mujer violada. Los jirones de su vestido, restos de la barbarie, se reciclan como uniforme de batalla para extender una rebelión femenina y punki, envuelta en humaredas rojas y golpes de tambor. Una arriesgada propuesta, descarnada y brutal, con la que Laila Ripoll ha asestado un aldabonazo en las puertas del Teatro de la Comedia.

Leonora, en Contemporánea Condeduque

Poco más se requiere que contar con una gran actriz y un texto de altura, para concitar la intensidad del hecho escénico que atrapa al espectador irremisiblemente. Algo así sucede con Natalia Huarte y Alberto Conejero, actriz y escritor, dos talentos unidos en un proyecto que componen un fresco sobre la vida de Leonora Carrington, artista que atravesó dolorosas vicisitudes. Una mujer rebelde y libre que consiguió zafarse de la tutela de su padre y trazar una vida apasionante que la llevó hasta México tras un periplo liberador con funesta parada en España. Sin recurrir al micrófono, lo cual siempre acrecienta la atención, Natalia Huarte despliega entre las cuatro esquinas de un espacio desnudo, una personalidad transgresora y valiente. Soberbia interpretación, reveladora. Un monólogo sostenido en el talento de una actriz que toma la palabra siempre jugosa y sensible de Conejero para hacerla carne. El silencio se instaló en la sala del Centro Condeduque, y así lo hará allá donde se represente esta muestra de teatro esencial y verdadero.

Personas, lugares y cosas, en el Teatro Español

El Teatro Español ha prestado su imponente caja escénica a uno de nuestros directores más agudos, Pablo Messiez, para dejar correr un texto que nos adentra en la mente y las pulsiones del adicto. Allá se libra una fascinante batalla interior donde la terapia de grupo puebla de personajes un volumen casi vacío. Irene Escolar firma su más entregada interpretación dando vida a una actriz que agota sus posibilidades de escape y reconoce su vulnerabilidad iniciando una profunda introspección. Se ha involucrado como productora artística de esta obra de Duncan Macmillan, un espectáculo de alto vuelo y voltaje para el que se ha preparado concienzudamente, como nos contó en una reciente entrevista. Messiez alcanza de nuevo un resultado sobresaliente, como el conseguido hace unos años en La voluntad de creer, o más recientemente en Calentamiento, excepcional trabajo con Rocío Molina. Un espectáculo de duración notable que requiere intermedio, aunque la pausa se convierta en sesión de música electrónica. Es una de las sensaciones teatrales del año y destapa el universo de las dependencias, que en tantos órdenes puede manifestarse.

Aromas de soledad, en el Teatro Fernán Gómez

Finalizamos este recorrido por lo más destacable del año teatral de 2025 entre gavillas de trigo. Desde allí nos llega, con franqueza y seca verdad, Aromas de soledad, una obra compuesta con sensibilidad por Raúl Losánez a partir de un puñado de poemas de José María Gabriel y Galán (1870-1905), a los que ha incorporado versos de su propia cosecha. Una reflexión poética sobre el campo y sus gentes que nos aproxima a los más humildes labriegos de principios del siglo XX. Las imágenes evocadas llegan como a ráfagas bajo el extraordinario trabajo de Nacho Vera, un trovador moderno cargado de instrumentos. Jesús Noguero pone voz y acordeón a los anhelos del campesinado, mientras Carmen del Valle apunta el entusiasmo de una vida lozana. Esta función poético-musical tuvo lugar en la sala pequeña del Teatro Fernán Gómez, como la íntima reivindicación de un autor injustamente olvidado, y sería deseable que llegara a los rincones de la España vaciada para contribuir a su revitalización.