«No es lo que buscas, pero tienes que verlo”. Eso es lo que le dijo a Lenny Kravitz su agente inmobiliario a principios de los años 2000. Por aquella época, el artista acariciaba la idea de adquirir una segunda residencia en París; algo pequeño de, a lo sumo, dos habitaciones. Nada que ver con la mansión de la condesa Anne d’Ornano, una delicia de los años 20 situada junto a varias embajadas en una calle frondosa del distrito 16. Con sus hijos ya mayores, la aristócrata se encontraba más a gusto en su finca de Normandía, rodeada de jardines diseñados por el paisajista Louis Benech, que en la majestuosa residencia parisina, y por eso la había puesto a la venta. “Aparqué, me señaló el exterior y pregunté: ‘Vale, ¿a qué planta vamos?’, pensando que era un edificio de apartamentos. ‘Es todo’, contestó. ‘No, no, no, ni hablar’. Insistió en que, por favor, le echara un vistazo, así que entré. Lo vi claro: ‘Esta es mi casa’. En un plano espiritual, lo supe inmediatamente”.