La actividad física regular reduce el riesgo de infarto, contribuye al control de la tensión arterial, mejora el perfil lipídico, favorece el mantenimiento del peso corporal, disminuye el estrés y repercute positivamente en el bienestar emocional. El ejercicio es, sin duda, una de las intervenciones más eficaces de las que disponemos en medicina. Sin embargo, como ocurre con cualquier tratamiento, su intensidad, tipo y frecuencia deberían ajustarse a las características de cada persona. Este principio cobra especial relevancia en personas con enfermedades cardiovasculares, ya sean adquiridas, hereditarias, o en quienes se encuentran en tratamiento o seguimiento oncológico. En ocasiones, la recomendación que damos de reducir la intensidad del ejercicio físico puede resultar emocionalmente tan compleja como lo es para una persona sedentaria la de iniciar la actividad física desde cero.

Además, es fundamental recordar que no debe realizarse ejercicio físico en presencia de síntomas cardiovasculares como dolor torácico, dificultad respiratoria, mareo, palpitaciones o fatiga desproporcionada. Si estos síntomas aparecen durante el esfuerzo, el ejercicio debe detenerse de inmediato y se debe consultar al médico. La pérdida de conocimiento brusca durante el ejercicio constituye siempre una situación de especial gravedad que requiere valoración médica urgente.

1. Ejercicio físico como prevención y como tratamiento cardiovascular. Rehabilitación cardíaca: una realidad en la cardiología.

La práctica deportiva sin una adecuada valoración puede comportar riesgos. Por ello, los reconocimientos médico-deportivos adquieren un papel esencial, especialmente en personas con factores de riesgo cardiovascular, antecedentes personales o familiares de cardiopatía, o en quienes desean iniciar programas de entrenamiento exigentes. De manera supervisada, el ejercicio físico ha demostrado ser una herramienta terapéutica fundamental, tanto en prevención primaria como en el tratamiento de pacientes con enfermedades cardiovasculares. En la cardiopatía isquémica, desde la angina hasta el infarto, el ejercicio adaptado mejora la evolución clínica y reduce complicaciones. De forma similar, en la insuficiencia cardíaca, el entrenamiento físico controlado mejora la capacidad funcional, disminuye los ingresos hospitalarios y aumenta la calidad de vida. Los programas de rehabilitación cardíaca permiten una prescripción individualizada, segura y progresiva del ejercicio, junto con educación sanitaria y apoyo psicosocial, convirtiendo el movimiento en una verdadera herramienta terapéutica.

2. Enfermedades hereditarias: cuando el ejercicio debe ajustarse con aún mayor precisión.

Existen cardiopatías de origen genético que pueden afectar al músculo cardíaco, al sistema de conducción eléctrica o a los grandes vasos. Algunas pueden permanecer silenciosas durante años y manifestarse precisamente durante esfuerzos intensos. Por eso, en determinados pacientes, la práctica de ejercicio intenso puede convertirse paradójicamente en un factor de riesgo. En algunas miocardiopatías hereditarias, se desaconseja realizar deporte de alta intensidad o competición, mientras que el ejercicio ligero o moderado puede seguir siendo beneficioso. En este sentido, la genética ha revolucionado nuestra práctica de la cardiología, permitiendo no solo identificar a personas en riesgo antes de que desarrollen la enfermedad, sino también estudiar a sus familias y establecer programas de seguimiento preventivo individualizado. Esto no significa que las personas con enfermedades hereditarias del corazón deban vivir con miedo al movimiento o condenadas al sedentarismo. Conocer la información genética no implica temor, sino conocimiento para la prevención. El ejercicio sigue siendo fundamental, pero debe programarse en función del riesgo de cada paciente.

3. Cardio-oncología: el ejercicio como parte del acompañamiento al paciente con cáncer.

Los pacientes oncológicos representan un grupo especialmente vulnerable desde el punto de vista cardiovascular. El diagnóstico de cáncer y sus tratamientos suponen un importante impacto físico y emocional, con fases de gran cansancio, debilidad y efectos secundarios que obligan a limitar la actividad. Pero incluso en estos contextos, el ejercicio adaptado conserva un papel terapéutico esencial. La actividad física, ajustada a cada fase de la enfermedad, puede mejorar la tolerancia a los tratamientos, reducir la fatiga, ayudar a preservar la masa muscular, mejorar el estado anímico y disminuir el riesgo cardiovascular a largo plazo. Recomendamos evitar el sedentarismo absoluto: a veces bastará con paseos diarios; en otras, con ejercicios suaves de movilidad o fuerza controlada. La cardio-oncología surge precisamente para acompañar este equilibrio delicado entre tratar el cáncer y proteger el corazón, integrando el ejercicio en una estrategia de tratamiento cardiovascular segura.

4. Dimensión emocional del ejercicio y proceso de adaptación.

El ejercicio no es únicamente una intervención física. Su impacto emocional es igualmente relevante: mejora la autoestima, reduce la ansiedad, combate la depresión y favorece la integración social. Suele decirse que resulta difícil para las personas sedentarias cambiar su estilo de vida e incorporar la actividad física como un hábito. Sin embargo, para aquellos deportistas que disfrutan de su práctica y deben disminuir considerablemente la intensidad, la situación puede ser igual o incluso más difícil. Reconocer y asumir que el deporte que tanto les gusta supone ahora un riesgo para su salud implica no solo adaptar sus hábitos y rutinas físicas consolidadas, sino también afrontar un importante impacto psicológico. La adaptación, por tanto, debe ser física y emocional. Es fundamental intentar transmitir que el mensaje no es restrictivo, sino constructivo: para cada persona existe un tipo y una intensidad de ejercicio adecuados en cada etapa de su vida y de su enfermedad.

5. Conclusiones: ejercicio individualizado para una verdadera medicina personalizada.

En una sociedad progresivamente más sedentaria, promover la actividad física es más necesario que nunca. Pero no existe un único modelo de ejercicio universal válido para todos los corazones. La verdadera prevención no se basa en la intensidad, sino en la prescripción personalizada. El ejercicio, correctamente indicado, constituye una de las inversiones más eficaces en salud. Porque moverse con seguridad no solo protege el corazón: preserva la autonomía, refuerza la confianza y mejora de forma sustancial la calidad de vida de las personas.

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