Levantar estatuas fue el modo más solemne de inmortalizar a alguien. Reyes, guerreros y profetas fueron esculpidos con expresiones heroicas, en mármol o en bronce, mirando hacia el horizonte de la posteridad. Pero en la era de las cámaras HD y los filtros de Instagram, ese gesto parece condenado al ridículo. Cada vez que una ciudad intenta homenajear a un famoso, termina entregándonos una figura de pesadilla.

El origen del despropósito Construir estatuas de bronce a famosos es normal. Que todas nos parezcan rematadamente feas, también© YouTube / Euronews (en español).

El busto de Cristiano Ronaldo en el aeropuerto de Madeira fue el punto de no retorno. Aquel rostro de sonrisa desencajada se volvió un meme universal, un recordatorio involuntario de que el bronce no perdona. Pero no fue el primero ni el último: desde Lucille Ball hasta Maradona, los intentos por capturar a los ídolos modernos en metal han fracasado con una regularidad casi matemática.

¿La razón? Hoy conocemos demasiado bien los rostros que intentamos copiar. Hemos visto a esas personas desde todos los ángulos posibles, en alta definición, en movimiento, y con una iluminación que ningún escultor podría replicar. El más mínimo error —un ojo torcido, una ceja más alta, una sonrisa medio congelada— nos lanza directo al valle inquietante, ese territorio psicológico donde algo se parece tanto a lo real que termina pareciendo monstruoso.

La trampa de la precisión Construir estatuas de bronce a famosos es normal. Que todas nos parezcan rematadamente feas, también© GCDN.

A diferencia de esculturas antiguas, que no intentaban parecerse a nadie en concreto, las actuales buscan la fidelidad absoluta. Pero el proceso técnico juega en contra: se modela primero en arcilla, luego se hace un molde, se vierte el bronce y se retoca. En cada paso se pierde detalle.

Y, por si fuera poco, el vandalismo, la intemperie y los plazos políticos obligan a engrosar proporciones, simplificar rasgos o acelerar terminaciones. Cada corrección aleja la pieza del parecido original.

Cuando la obra llega al día de la inauguración, el artista suele estar tan agotado como el retratado. Y si además la figura en cuestión es alguien vivo, el caos es mayor: aparecen supervisores, asesores, familiares y, por supuesto, el propio homenajeado. En el caso de Ronaldo, el propio jugador pidió “una sonrisa más amable”. El resultado fue justo lo contrario.

La paradoja del homenaje

El error no está solo en la técnica: está en la idea misma de congelar en bronce un rostro que todos reconocemos en movimiento. Las estatuas de los emperadores no tenían competencia; hoy, cualquier foto en redes sociales es más precisa. El bronce, en cambio, amplifica lo imperfecto.

Quizás el problema no sea el arte, sino nuestra obsesión por la exactitud. Queremos homenajes que parezcan selfies tridimensionales y terminamos construyendo caricaturas que rozan el terror.

Al final, lo irónico es que esas estatuas logran exactamente lo que buscaban: nos hacen recordar al famoso. Solo que no por lo que era… sino por lo mal que salió.