Sin sus referencias, el ciclismo británico ha salido del foco

Durante no pocos años, el ciclismo británico no fue un equipo; fue un rodillo.

La era de Geraint Thomas y Chris Froome no solo llenó las vitrinas, sino que alteró el ecosistema.

CCMM Valenciana

Pero el tiempo, ese juez implacable que no entiende de palmarés ni de épicas pasadas, ha dictado sentencia.

Con Froome sumido en un epílogo que se estira en exceso y Thomas defendiendo su competitividad hasta el final, el ciclismo británico masculino se asoma a un abismo que antes veía de muy lejos.

La pregunta no es quién ganará ahora, sino si es posible replicar una anomalía histórica.

Lo que vivió el Reino Unido fue una conjunción planetaria de talento, ambición institucional y un presupuesto ilimitado que difícilmente volverá a repetirse.

El problema de haber disfrutado de una Generación de Oro es que cualquier metal que no brille igual sabe a poco.

El análisis de la situación actual nos obliga a mirar las grietas del sistema más allá de nombres como loa Yates, quienes no son eternos, Tom Pidcock, Josh Tarling o la irrupción de Oscar Onley.

Este último representa esa nueva vía: un talento que, lejos del paraguas de la estructura nacional de Ineos, busca su sitio en equipos extranjeros como el DSM, confirmando que ya no existe ese bloque monolítico que dirigía el destino de todos los corredores británicos bajo una sola bandera.

Hoy el talento está disperso por el World Tour, diluyendo ese sentimiento de selección nacional permanente.

A esto se suma la crisis de identidad de Ineos, el equipo que fue el motor del éxito británico y que hoy atraviesa una sequía de resultados y de modelo que afecta directamente a la proyección del ciclista local.

Además, tras los recortes presupuestarios y los vaivenes internos en British Cycling, el camino desde el velódromo hasta el asfalto del Tour se ha vuelto más estrecho y tortuoso.

El horizonte británico parece alejarse definitivamente de la dictadura en las Grandes Vueltas para centrarse en especialistas de un día o de perfiles muy específicos.

Tenemos a Tarling, un portento contra el crono, a Pidcock que le da a todo y a Onley  esperanza en la montaña, pero con un techo aún por definir. Es un ciclismo quizá más estético y divertido para el espectador neutral, pero mucho menos dominante en la clasificación general, ese terreno que durante una década fue un coto privado de caza con acento inglés.

Gran Bretaña no va a desaparecer, pero la imagen de las banderas de la Union Jack ondeando en el podio de los Campos Elíseos es ya una foto en sepia.

El relevo está ahí, pero la mística del dominio absoluto se ha evaporado entre las dudas de su equipo de referencia y la pujanza de nuevas potencias internacionales que no esperan a nadie.