Hay películas cuyo final se intuye antes de que empiecen, aunque los optimistas recalcitrantes aguardan un giro de guion con la esperanza de vivir una … experiencia religiosa. No fue el caso del Surne Bilbao, que solo pudo aguantar al Valencia en la primera parte gracias a un magnífico segundo cuarto y luego se rompió en mil pedazos para no recomponerse jamás. El líder de la Euroliga aplastó a los hombres de negro con 79 puntos en la segunda parte, no les dio ninguna oportunidad y convirtió en polvo a los vizcaínos, huérfanos de un fallón Jaworski –cero de siete en triples–, de un irreconocible y perdido Hilliard, de un flojísimo Pantzar, de un gris Frey y de un anulado Hlinason. De poco valieron los 23 puntos de Petrasek, que hizo su mejor actuación del curso, cuando todo saltó por los aires tras el paso por los vestuarios. Del 35-37 al 72-116. Una cinta de terror y récord negativo de puntos encajados en casa.
Vaya por delante que venía a Miribilla un tren de alta velocidad que no entiende de paradas, señales, semáforos, guardagujas ni jefes de estación. Ponerse por delante exigía valentía, dureza, compromiso con el sufrimiento y la asunción de la posibilidad de un choque brutal que, por un lado, haría descarrilar al TAV o, por otro, acabaría por aplastar al que osó a desafiar la lógica en busca de un milagro. El Surne Bilbao eligió ponerse enfrente de la locomotora de Pedro Martínez y terminó arrollado, sin argumentos en una segunda parte convertida en un monólogo del rival. 79 puntos recibidos hablan por sí solos de lo que pasó en la pista.
Irreconocibles
Los 79 puntos encajados en la segunda parte hicieron que el equipo saltara por los aires
No tardó en perderse en el horizonte el Valencia, que pisó el acelerador desde que Reuvers ganó el salto inicial. El 3-2 fue la única ventaja de los hombres de negro en todo el partido, en el que solo aguantaron 20 minutos. Quisieron jugar a lo que jugaban los de Martínez, correr y tirar, sin importar el fallo o el acierto, pero la gasolina se acabó pronto. Eligieron combatir con las mismas armas pese a no contar con los cañones de los que disponía su rival y acabaron aniquilados. Ponsarnau no paraba de combinar quintetos inéditos –comenzó con Font y Bagayoko–, inventar fórmulas –Krampelj de cinco– y tratar de confundir a los visitantes. No funcionó casi nada en un primer cuarto en el que los vizcaínos se vieron 13 abajo (11-24), con un terrible uno de diez en triples, pero en el segundo subió la barrita de la energía y defensa. El único punto de luz antes de que la oscuridad se tragara al Surne.
Borrados de la pista
Un magnífico Petrasek tiraba del carro, con 14 puntos al descanso y un sideral cuatro de cuatro en triples, pero fue Normantas quien invitó a la rebelión. Defensa, robos y dos triplazos seguidos para poner a dos a los hombres de negro (26-28). Un parcial de 15-4 resucita a un muerto y más si es ante el mejor equipo de Europa. Y eso que Jaworski, Hilliard, Frey, Font, Hlinason y compañía no terminaban de unirse a la causa. El Surne Bilbao regresó de las catacumbas con un cinco de diez en triples en el segundo período y un rebote mejorado, dos ingredientes básicos para tratar de frenar al Valencia. Una conversión de Petrasek desde la línea mágica mandó a los vizcaínos al descanso dos abajo (35-37), y luego llegó el gran diluvio.
Tiros de 2
Tiros de 3
Tiros libres
Rebotes
16+7Defensivos+Ofensivos34+9
Tapones
Balones
OTROS
En menos de dos minutos, el Valencia hizo un 0-8 gracias a Badio y el Surne se vio diez abajo (35-45). Ponsarnau paró el partido, rectificó y cambió el quinteto. Ya era tarde. Los visitantes iban en quinta y encima el trío arbitral se encargó de sacar de quicio al equipo, Miribilla y Ponsarnau –vio una técnica–, así que los naranjas se fueron 17 arriba gracias a un parcial de 12-27. Sobró el resto. No pararon en ningún momento los visitantes, con un Montero letal. La desventaja crecía a velocidad de vértigo, la misma con la que jugaban los valencianos. 36 puntos encajaron los vizcaínos en el tercer cuarto y 43 en el último, un muñeco de trapo que acabó roto. «Fue un desastre», lo resumió Ponsarnau.

