Quién le iba a decir a Chenoa allá por 2002, cuando alcanzó el número uno con el tema Cuando tú vas, que más de veinte años después volvería a liderar un ranking nacional sin necesidad de cantar una sola nota. La canción —segundo sencillo de su primer disco, titulado Chenoa, y compuesto y producido por William Luque— fue entonces un fenómeno generacional y comercial. Hoy, convertida por su autora en ‘talismán’, funciona casi como una metáfora involuntaria: cuando tú vas, yo vengo. Mientras unos parecían ir, otros regresaban. Regresa la hegemonía de las Campanadas a TVE.
Aquel tema de Chenoa se mantuvo varias semanas en lo más alto de las listas y contribuyó decisivamente a que vendiera cerca de medio millón de copias en 2002, situándose entre las artistas más exitosas del año. Casi un cuarto de siglo después, la cantante argentina protagoniza otro hito, esta vez televisivo, acompañada por Estopa en la última noche del año y frente a quien durante más de una década había reinado, muy a menudo, en ese territorio simbólico llamado Campanadas: Cristina Pedroche.
Chenoa se marca otro hit, y lo hace junto a Estopa, que también saben de éxitos, en la última noche del año, y frente a Pedroche, una exemperatriz de ese territorio que lleva los últimos doce años convirtiendo la curiosidad por ver su vestido —y cuánto enseñaba— en el motor de la audiencia de la última noche del año. Pero un análisis a bote pronto, y sin desmerecer a Chenoa y a los hermanos Muñoz, nos lleva a afirmar que el indiscutible triunfo de TVE tiene más que ver con el desgaste de Cristina Pedroche que con las virtudes de quienes recibieron el encargo de darnos las uvas tras la renuncia, por cuestiones de salud, de Andreu Buenafuente, que fue el plan A junto a su mujer, Silvia Abril.
El triunfo de TVE esta Nochevieja es incontestable. Chenoa y los hermanos Muñoz lograron un 34 % de cuota y casi cinco millones de espectadores en el conjunto de la emisión, con un pico del 36,3 % y más de 5,8 millones durante el momento sagrado de las uvas. Antena 3, con Pedroche y Alberto Chicote, quedó en segundo lugar con un meritorio 24,1 % y 3,8 millones. Telecinco, muy lejos, apenas alcanzó el 3%. Las cifras son claras, pero las razones profundas de esta derrota (porque si vienes de ganar, hay que llamarlo derrota) son menos evidentes y más interesantes.
A bote pronto, y sin desmerecer las virtudes de Chenoa y Estopa, el triunfo de TVE parece tener más que ver con el desgaste de Cristina Pedroche que con una genialidad puntual de sus competidores. Durante doce años, hablar de las Campanadas fue hablar de Pedroche. No importaba tanto el cambio de año como el vestido. O, para ser más precisos, la expectativa del vestido: cuánto enseñaría, hasta dónde llegaría la provocación, qué frontera simbólica se cruzaría esta vez.
Ese reclamo —nunca explicitado, pero perfectamente entendido— funcionó durante años como un motor eficaz de audiencia. Curiosidad, polémica, conversación social. Algo de erotismo, quizá. Sin embargo, algo se ha ido erosionando con el tiempo. No por falta de creatividad, sino por exceso de costumbre. La sorpresa, cuando se repite, deja de ser sorpresa. El impacto se normaliza y lo que antes escandalizaba ahora apenas despierta un bostezo. El vestido se ve por redes y el directo, por TVE.
A ese desgaste estructural se suma una cierta desconexión emocional. Pedroche ha pasado de ser un icono pop provocador a abrazar discursos de postureo solidario, mensajes elevados y gestos simbólicos que, aun bienintencionados, han sido percibidos por parte del público como impostados. La empatía, ese intangible tan frágil, se resiente cuando el espectador siente que le hablan desde un pedestal moral más que desde una complicidad compartida.
Frente a eso, Chenoa representa otra cosa. No una novedad deslumbrante, sino una familiaridad reconfortante. No el impacto visual, sino la conexión emocional. Su presencia no gira en torno a un golpe de efecto estético, sino a una narrativa de resistencia, evocación del pasado, icono del chándal gris, de la cobra de Bisbal, de un regreso y de una autenticidad muy humana. Chenoa no promete sorpresa; ofrece cercanía. Y quizá eso, en un momento de saturación de estímulos, resulte más revolucionario de lo que parece.
De la misma forma que Ramón García o Anne Igartiburu, o incluso Ana Obregón, Cristina Pedroche ya es una leyenda de las Campanadas. Antena 3 encontró en ella una fórmula casi perfecta: juventud, provocación, cercanía y una extraordinaria capacidad para generar conversación. Pedroche no solo presentaba las Campanadas: las protagonizaba. Convirtió un ritual colectivo en una marca personal, algo que muy pocos rostros televisivos han logrado.
Hablar de «batacazo» puede ser excesivo con un dato magnífico y más aún si se suman las otras cadenas de Atresmedia. Perder —quedar en segundo lugar— no implica hablar de desaparición. Pero, como sucede con todos los ciclos de éxito prolongado, habrá que replantear la propuesta.
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