Naia del Castillo cita al arquitecto Frederick Kiesler cuando defiende su concepto de la escultura, sustentado en el principio de que la visión precede a … la forma, aunque la autora vasca habla de una fase inicial expandida que aglutina agentes tan diversos como el mundo interior del creador y su entorno físico, el pulso vital y el mecánico, las utopías y distopías del progreso. El trabajo que presenta en Marzana habla de un movimiento circular que no cesa y del que somos parte, siquiera transitoriamente. «Naces, vives, investigas, trabajas, falleces, y llega otro artista», explica y menciona la fuerza gravitacional que hace posible ese proceso. «Hay conexiones más allá del ser humano individual, existe la idea de un tiempo mayor».
Las piezas exhibidas revelan cierta contigüidad que favorece el diálogo interno. Las obras se entregan a una fluida comunicación que remite a esa comprensión del mundo como un devenir sin fin. La ilusión del negativo y positivo, las vías y ranuras de las obras, sugieren dicha complementariedad en un continuum que recuerda, asimismo, el planteamiento, rupturista en su tiempo, de la ‘endless house’ del diseñador norteamericano de origen austriaco. «Es algo esencial que no requiere de la mirada del otro para ser», apunta y, aunque habla de la construcción del individuo sin aditamentos, también se refiere a la vertiente colectiva, a la capacidad del artista para transformar la sociedad, en esa confianza de cambio que hunde sus raíces en los movimientos militantes de los años sesenta y setenta.
La pretensión de compartir vincula esta fase del trabajo de Naia del Castillo con la anterior, aquella en la que cuestionaba nuestra forma de aparecer ante el otro. También, como sucede en etapas previas, el cromatismo posee una importancia capital en su propuesta estética. «El color es importante porque hace vibrar el espacio y esa agitación la trasladas al espectador», aduce. Frente a las piezas que pueden exigir una reflexión más profunda, la autora apela a lo escultórico desde la presencialidad y la experiencia sensitiva, nos invita a esa percepción de una energía intensa y primigenia.
El sistema continúa por su propia inercia, pero se producen variaciones que también evocan cierta naturaleza proteica. «Tienen lugar desviaciones que propician el desarrollo, que la vida aparezca de otra amena», alega, estableciendo una dualidad motora entre el carácter sistémico y la fecunda irrupción de lo disruptivo.
Un gesto conduce al otro y el taller es un lugar donde tiene lugar esas conexiones inesperadas, según confiesa la escultora, una de las figuras de la plástica vasca contemporánea. «La creación es una concatenación de decisiones que vas tomando en el presente», afirma y reconoce la importancia de, a la hora de enfrentarse a la creación, establecer tres territorios, uno intelectual, otro sensitivo y un tercero de carácter empírico, «que han de encontrarse y generar que todo funcione en último término».
‘Un pulso sin fin’ Naia del Castillo