Mano a mano de Del Grosso y Nys en Diegem con significado especial

Diegem siempre ha tenido ese aura especial, el ciclocross que se vive entre el vaho de la respiración y el olor a aceite de freidora.

Es la víspera de Nochevieja, una noche memorable donde el invierno belga se siente en los huesos, pero el calor del público —ese llenazo absoluto que solo se ve en las grandes citas— caldea el ambiente en una de las carreras más singulares del calendario. Sin embargo, este año el guion cambió de protagonistas.

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Ya no se trata de los nombres que han tiranizado la disciplina; ahora el duelo de banderas, ese clásico enfrentamiento entre los campeones de Bélgica y Países Bajos, lo encarnan Thibau Nys y Tibor del Grosso.

En Diegem, bajo los focos y sobre un terreno donde la humedad se mastica, cada detalle cuenta más que en cualquier otro lugar.

Del Grosso entendió la mística del momento desde el primer momento, firmando una salida fulgurante que obligó a Nys a un ejercicio de persecución constante, un “quiero y no puedo” bajo la presión del crono y el barro.

Fue un duelo de nervios donde la técnica se puso a prueba en cada ángulo ciego del circuito. Nys, con el peso del maillot y la expectativa del público local, apretó los dientes para dar caza al neerlandés, pero la noche tenía reservada una trampa en el lugar más icónico: los bancos de arena.

La carrera fue un funambulismo constante.

Del Grosso, que parecía tenerlo todo bajo control, flaqueó en una subida, un mal paso que pudo haber sido el principio del fin.

Pero en Diegem la fortuna es caprichosa.

En el mismo banco de arena que debía ser el trampolín para Nys, el belga arruinó sus opciones.

Un error, un mal apoyo en la arena húmeda, y la victoria se esfumó para el ídolo local en favor de un Del Grosso que supo leer los tiempos de una noche gélida.

Mientras los aficionados apuraban sus cartuchos de patatas fritas y se resguardaban del frío, el ciclocross demostraba que, incluso sin los “grandes” nombres habituales, la esencia de este deporte sigue intacta en las noches de Navidad.

Es el relevo natural, la misma intensidad de siempre, pero con caras nuevas escribiendo la historia sobre el mismo barro de siempre.