Existe un elemento de precisión milimétrica en Rondallas que puede pasar desapercibido porque está escondido a plena vista. Un sentido del drama y la comedia basado en la observación de lo particular (una identidad gallega marcada) y lo general, lo humano, que Daniel Sánchez Arévalo sostiene respetando la cosa coral, y que dura las dos horas de su juego entre la anécdota y la trama.
Otra cosa hubiera metido el film en el ámbito de un dramedy televisivo de mil y una subtramas, pero eso no ocurre en Rondallas, cine capaz de elevar ese registro a través de la historia de los habitantes de un pueblo gallego que recuperan la ilusión dos años después del naufragio de un pesquero que se llevó varias vidas.
Rondallas es por ello un film ideal para la época navideña. Sánchez Arévalo no se avergüenza ni un ápice de practicar un registro popular, más definitivamente asentado en el tono de La gran familia española o Primos que en el de AzulOscuroCasiNegro, quizá despojado de cierta dosis de acidez pero igualmente hábil a la hora de ejercitar su propio músculo, de tocar la fibra de un grupo de actores donde destacan Judith Fernández y, claro, Javier Gutiérrez.
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De ahí salen secuencias como la hilarante confesión en la iglesia, donde Fernando Fraga toma la iniciativa del amplio equipo de secundarios, o la previsible pero bien manejada revelación que cambia el tercer acto del film, y que no necesita contarlo todo para estar perfectamente expuesta. Sánchez Arévalo lo adorna todo con paisajes de costa que no convierten el show en una postal turística, sino más bien en un escenario real y bucólico porque mantienen un buen equilibrio entre lo mundano y lo irreal. El realizador de Primos, en definitiva, no solventa la papeleta con planos aéreos abusivos de cualquier serie de streaming sino que se molesta en crear realmente una sensación de lugar.
Aunque quizá lo mejor de Rondallas, y hasta un punto revolucionario, es cómo la propia película apuesta, como sus personajes, por la tradición como un mecanismo para recuperar la ilusión. Un mensaje colectivo y afable transmitido no como conflicto, no como lucha, sino como pura necesidad ante lo adverso, y que la película manifiesta sin afecciones, sin tratar de ocultar sus cartas ni fingir intelectualidad.