Bulgaria se encuentra en un momento de inflexión que condensa muchas de las tensiones que atraviesan hoy a la Unión Europea. En plena adopción del euro, iniciada en 2026, el país vive una oleada de protestas sociales que no pueden explicarse únicamente por el rechazo a la moneda única. Lo que está emergiendo en las calles búlgaras es una contestación más profunda a un modelo económico y político percibido como excluyente, frágil y capturado por élites que han gestionado la transición postsocialista en su propio beneficio.

«En Bulgaria, como en otros países de la periferia europea, el debate sobre el euro actúa como catalizador de un malestar acumulado durante décadas»

Como en otros países de la periferia europea, el debate sobre el euro actúa como catalizador de un malestar acumulado durante décadas. Bulgaria es el Estado miembro más pobre de la UE, con salarios y pensiones muy por debajo de la media comunitaria, altos niveles de desigualdad y una emigración masiva que ha vaciado amplias zonas del país. La estabilidad macroeconómica, tantas veces exhibida como un éxito por los gobiernos, convive con una realidad social marcada por la precariedad, el encarecimiento del coste de la vida y una profunda desconfianza hacia las instituciones.

La economía real frente a los indicadores
Desde el punto de vista técnico, Bulgaria ha cumplido durante años con una disciplina fiscal estricta, reforzada por su régimen de tipo de cambio fijo respecto al euro. Este marco ha sido presentado como la antesala natural de la entrada en la eurozona. Sin embargo, para amplios sectores sociales, esa estabilidad no se ha traducido en mejoras tangibles en sus condiciones de vida. Al contrario, la inflación de los últimos años, el aumento del precio de la energía y los alimentos, y la debilidad del mercado laboral han erosionado aún más el poder adquisitivo de una población ya vulnerable.

La adopción del euro genera temor, no tanto por la moneda en sí, sino por lo que simboliza: la consolidación de un modelo económico que prioriza la convergencia formal y la disciplina presupuestaria sobre la cohesión social. En un país donde una parte significativa de la población vive al límite, el miedo a una subida de precios, a la pérdida de márgenes de maniobra y a una mayor dependencia de decisiones tomadas fuera del país alimenta el escepticismo.

Movilización social y crisis de legitimidad
Las protestas que se han extendido por Sofía y otras ciudades no responden a un único actor ni a una sola demanda. Son movilizaciones heterogéneas, intergeneracionales y, en muchos casos, contradictorias. En ellas conviven reivindicaciones sociales legítimas —mejores salarios, pensiones dignas, lucha contra la corrupción— con discursos nacionalistas y euroescépticos que canalizan el descontento hacia un rechazo frontal al proyecto europeo.

«Tras años de escándalos de corrupción, clientelismo y captura del Estado por redes oligárquicas, la confianza ciudadana en los partidos tradicionales es mínima»

Este carácter fragmentado no resta importancia a la protesta; al contrario, refleja la profundidad de la crisis de legitimidad del sistema político búlgaro. Tras años de escándalos de corrupción, clientelismo y captura del Estado por redes oligárquicas, la confianza ciudadana en los partidos tradicionales es mínima. La política institucional aparece como un espacio incapaz de ofrecer respuestas, mientras la calle se convierte en el principal canal de expresión del malestar.

Especialmente relevante es la presencia de jóvenes en las movilizaciones. Una generación que ha crecido dentro de la UE, pero que no ha experimentado los beneficios prometidos de la integración europea, cuestiona tanto a las élites nacionales como a las narrativas triunfalistas sobre la convergencia. Para muchos de ellos, el problema no es Europa en abstracto, sino una Europa que ha tolerado —cuando no reforzado— dinámicas de desigualdad y dependencia en sus periferias.

Inestabilidad política crónica
La movilización social ha tenido consecuencias inmediatas en el plano político. La dimisión del primer ministro a finales de 2025 es un episodio más en una larga cadena de crisis gubernamentales. Bulgaria ha celebrado múltiples elecciones en pocos años, con parlamentos fragmentados y coaliciones débiles incapaces de sostener proyectos a medio plazo. Esta inestabilidad no es una anomalía coyuntural, sino la consecuencia de un sistema político agotado.

«La falta de mayorías claras ha abierto espacio a fuerzas populistas y radicales que capitalizan el descontento, a menudo simplificando los problemas estructurales»

La falta de mayorías claras ha abierto espacio a fuerzas populistas y radicales que capitalizan el descontento, a menudo simplificando los problemas estructurales y señalando chivos expiatorios externos. En este contexto, el euro se convierte en un símbolo fácil de atacar, aunque las raíces del malestar sean mucho más profundas y anteriores.

La repetición de elecciones y gobiernos interinos alimenta, además, una sensación de bloqueo permanente. La ciudadanía percibe que nada cambia sustancialmente, independientemente de quién gobierne, lo que refuerza el desapego político y la tentación de soluciones rupturistas.

El euro como espejo de las tensiones europeas
La entrada de Bulgaria en la eurozona no puede analizarse únicamente como un proceso técnico. Es una decisión profundamente política, que pone de relieve las asimetrías dentro de la UE y los límites del modelo de integración basado en reglas comunes aplicadas a realidades profundamente desiguales. Para un país periférico, adoptar el euro implica renunciar a instrumentos de política económica sin haber consolidado previamente un tejido productivo capaz de sostener el bienestar social.

«La experiencia de otros países muestra que la moneda única puede convertirse en un factor de estabilidad, pero también en un mecanismo que amplifique las desigualdades»

Esto no significa que el rechazo al euro sea necesariamente una alternativa progresista o emancipadora. En muchos casos, las críticas se articulan desde posiciones conservadoras o nacionalistas. Sin embargo, ignorar las razones materiales del descontento sería un error. La experiencia de otros países muestra que la moneda única puede convertirse en un factor de estabilidad, pero también en un mecanismo que amplifique las desigualdades si no va acompañada de políticas redistributivas, inversión pública y protección social.

Un momento decisivo
Bulgaria se enfrenta, por tanto, a una encrucijada. La adopción del euro puede consolidar su integración en el núcleo institucional de la UE, pero también corre el riesgo de profundizar la fractura entre una élite integrada y una mayoría social precarizada. Las protestas actuales son una advertencia: la estabilidad macroeconómica no basta cuando la democracia se percibe como vacía y el contrato social está roto.

El reto no es solo gestionar la transición monetaria, sino reconstruir la legitimidad política y abordar las desigualdades estructurales que han marcado la trayectoria del país desde la transición. Sin un proyecto inclusivo que combine integración europea con justicia social, la entrada en el euro puede convertirse en un nuevo episodio de frustración.

Lo que está ocurriendo en Bulgaria no es un fenómeno aislado. Es un reflejo de las tensiones que atraviesan la UE en su conjunto y una llamada de atención sobre los costes sociales de una integración que, demasiado a menudo, ha priorizado los equilibrios financieros sobre las vidas concretas de las personas.