En 2026, el mundo —este mundo— no será un lugar mejor. No, al menos, uno más pacífico ni estable. Así lo ha augurado el CIDOB (el Barcelona Centre for International Affairs) en su informe anual. A manera de oráculo, o como una bola de cristal que se desempolva, el think tank catalán ha lanzado una imagen caótica sobre el futuro del mapa geopolítico. El mundo, según sus predicciones, será un lugar áspero, sin promesas de redención. La fuerza se impondrá al derecho, señala, y los misiles seguirán trazando las fronteras que la diplomacia ya no comprende. Europa, desubicada, desnortada, mirará cómo otros dejan caer la última palabra sobre la mesa: China, con su músculo económico y su paciencia estratégica, seguirá ganando terreno en la escena. La inteligencia artificial, esa criatura extraña de la que desconocemos sus límites, desordenará todo lo poco que habíamos acomodado en materia laboral y tecnológica durante las últimas décadas. En pocas palabras, ese trabajo advierte que el mundo no será un lugar mejor; será, según sus conclusiones, uno más brutal.
«La geopolítica siempre ha sido un juego de tensiones, arreglos, amenazas, rescates y disculpas que suelen llegar tarde, pero, hoy, ese juego parece más amañado que nunca»
La geopolítica siempre ha sido un juego de tensiones, arreglos (por encima de la mesa y por debajo de ella), amenazas, rescates y disculpas que suelen llegar tarde, pero, hoy, ese juego parece más amañado que nunca. No es que las cosas hayan cambiado drásticamente, pero si una lección nos dejó el siglo XX, gracias a sus dos grandes guerras, fue que todo conflicto es global, y que basta con presionar un solo botón para hacerlo estallar todo. Es decir, que las guerras dejaron de ser algo lejano desde el siglo XIX. Por eso mismo es que la alarma de este informe se dispara: no por la violencia con la que ya se definen las relaciones internacionales, sino por la naturalidad con la que ésta se ha instalado. La fotografía futura que muestra el CIDOB no es heroica ni deja puerta abierta al consuelo: se trata de un relato de supervivencia, de submundos rotos y polarizados, de un equilibrio desbalanceado a posta.
Pero, ante todo esto, ¿dónde queda América Latina en esa radiografía? Ya lo dice Martín Caparrós, el fulgente cronista argentino, en su obra Ñamérica: «Ñamérica (la forma en la que el autor se refiere a Latinoamérica) tiene una influencia política menor, una fuerza económica menguada, poco peso estratégico. No es, en esos temas decisivos, una de las regiones del mundo que el mundo mira con interés o susto. Pero su peso cultural es gozosamente desproporcionado». No obstante, como ya lo hemos repasado en Momento América, China, Rusia y Estados Unidos siguen metiéndose, cada vez más, vía inversiones multimillonarias y estratégicas, en países como México, Argentina, Perú o Venezuela.
Entonces, ¿América Latina será una suerte de laboratorio en donde las potencias pongan en práctica sus ejercicios de poder? Por un lado, parece que éstas invierten y apuestan por el desarrollo, pero lo cierto es que esa es la manera de repartirse el mapa. Por el otro, están los recursos naturales: cobre, litio, petróleo, gas, soja y alimentos.
«El hecho de que los países más poderosos codicien sus recursos y sus posiciones estratégicas los libre del estancamiento y del horizonte belicoso que asoma en el hemisferio norte»
¿Será que el apocalíptico panorama del CIDOB es solo para los países que pretenden imponer su hegemonía? Quizá, el continente mestizo, al no ser protagónico en el gran escaparate internacional, encuentra en ese papel secundario una relativa estabilidad. Quizá, el hecho de que los países más poderosos codicien sus recursos y sus posiciones estratégicas los libre del estancamiento y del horizonte belicoso que asoma en el hemisferio norte. Aun así, cada país responde a sus propias circunstancias. Comencemos por el norte.
México: donde el dinero pesa más que la seguridad
Seamos claros: la grandísima fortaleza que tiene este país es el ingente volumen de capital que mueve.
Mientras el dinero fluya, además de las crecientes inversiones y reservas garantizadas, México aparece como uno de los países más estables no solo de la región sino del mundo. Desafortunadamente, esa es la única fuerza que tiene para hacer frente a los desafíos del año venidero. El resto de temas estructurales pasan a segundo plano. Es decir, el Estado de derecho sigue puesto en jaque, así como la legitimidad de los poderes institucionales frente a los poderes fácticos del crimen organizado. Pero mientras los maravedíes no se frenen, y sigan puestos a buen recaudo, no hay alarmas sonantes.
Ahora bien, el informe del think tank catalán se centra en el ejercicio del poder entre las potencias que están definiendo el tablero, pero omite un hecho que también interviene en el escaparate internacional: el mundial de fútbol. México, a pesar de no tener programados muchos partidos, sigue siendo una de las sedes mundialistas, y eso lo obliga a, dicho coloquialmente, «tener la casa bien amueblada». El reordenamiento de la seguridad nacional (uno de los temas pendientes de la Administración pasada y uno que está ensuciando los logros de la actual presidente), la inversión extranjera, y la creación de infraestructura, suponen (atención a este verbo) que el país se presenta ante el mundo con su mejor cara, garantizando la seguridad y comodidad a los más de 5.5 millones de turistas que espera recibir (cabe destacar que México se encuentra en la sexta posición de países más visitados del mundo).
Por otra parte, es cierto que la relación entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump podría ser mejor, pero no es del todo mala. A fin de cuentas, ambos presiden a dos de las sedes mundialistas. Y, sobre todo, la frontera (de más de 3.100 kilómetros) que los divide es la más transitada e intensa del mundo, pues más de un millón de personas, moviendo más de 1.500 millones de dólares, la cruzan cada día. A nadie le conviene tensar demasiado la cuerda.
«A escasos quince kilómetros de los estadios de fútbol, donde, por cierto, jugarán España y Uruguay, siguen apareciendo bolsas de basura con restos humanos dentro»
¿Cuáles son los retos? Que a escasos quince kilómetros de los estadios de fútbol, donde, por cierto, jugarán España y Uruguay, siguen apareciendo bolsas de basura con restos humanos dentro. Las cifras oficiales en México siempre están diluidas y nunca cuadran con la realidad. El Gobierno dice que son once mujeres las que desaparecen todos los días, pero las activistas elevan la cifra a, por lo menos, veinte. El número de personas desaparecidas es simbólico, pues las asociaciones de madres buscadoras de sus hijos y familiares, tienen datos que el Gobierno quiere ignorar: los números que dan las madres que aún tienen tierra en las uñas por buscar a sus hijos en páramos sin dueño llegan a ser hasta cinco veces más que los que dan las fuentes oficiales. Y, por si fuera poco, hay zonas del país en las que toda actividad comercial, como sucede en el estado de Guerrero (solo en esa zona se estima que operan dieciséis grupos mafiosos), está controlada por los cárteles criminales.
Recordemos, en México, mientras el dinero siga circulando y llegando, todo lo demás pasa a un segundo plano. México mágico, que le llaman.
Venezuela, ¿la nueva Irak?
Las tensiones entre Washington y Caracas hacen inevitable la comparación con Irak. Se trata de dos países petroleros, con regímenes dictatoriales, a los que Estados Unidos se siente (o se ha sentido) «obligado» a democratizar. Solo que, en el enclave de medio oriente, el resultado fue desastroso (basta con leer El monstruo, de Pablo Pardo, para entender la dimensión del estropicio que inició George W. Bush cuando justificó su intervención para derrocar a Sadam Huseín).
Por lo pronto, no hay precedentes de un despliegue naval y militar desde Estados Unidos hacia el caribe como el que ya está en las costas venezolanas. Tampoco, una polémica que haya ensombrecido a la entrega del Premio Nobel de la Paz, como la que nació a raíz de su última edición. Rusia, como ya lo contamos en este medio, tiene efectivos militares de élite entrenando a las tropas de Maduro.
«El régimen madurista no provee a su pueblo de esas garantías: las fuerzas del orden son extremadamente corruptas y están coludidas con clanes mafiosos»
¿Será Venezuela la nueva Irak? Eso aún está por verse. Lo cierto es que antes del derrocamiento de Huseín, Irak, bajo su dictador, tenía muchas cuestiones sustanciales bajo control. Por ejemplo, los suministros de gas, el orden entre los clanes, y la organización territorial. Sin embargo, el régimen madurista no provee a su pueblo de esas garantías: las fuerzas del orden son extremadamente corruptas y están coludidas con clanes mafiosos, como así lo ha denunciado en distintos informes la oenegé Transparencia Venezuela. Y, cabe destacar, el desabasto de gas y productos básicos ha sido una constante desde que Nicolás Maduro llegó al palacio de Miraflores.
Entonces, no. Aún es pronto para asegurar que Venezuela sufrirá la misma suerte que Irak. Lo que sí es predecible es que 2026 no será un año fácil para ese país (que sigue siendo, desde hace varios años ya, según Transparencia Internacional, uno de los cuatro países más corruptos del mundo), pues el hecho de que Trump tenga en la mira a la cúpula del Gobierno venezolano lo pone todo en un suspense extremo.
Argentina: una apuesta arriesgada y la moneda que sigue en el aire
La patria albiceleste se ha convertido en un laboratorio libertario en el que cada medida se ensaya como un experimento de prueba y error: los recortes drásticos frente a la apertura radical de los mercados, el encarecimiento de la vida y los precios frente al descontento de los jubilados, por mencionar algo. Argentina es un lugar en el que nada está consolidado aún. El proyecto de Javier Milei ya ha dado algunas luces en materia económica, pero sigue castigando a buena parte de la población que lo votó. Lo suyo es una apuesta audaz a la que le quedan dos años para rendir cuentas. Por otra parte, el peronismo no ha dado muestras de una renovación o de un cambio importante para ganar a los votantes que prefirieron mirar hacia otro lado tras años de devastación financiera y corrupción.
Argentina navega con furia, pero lo hace en un mar de incertidumbre. En su horizonte aún no queda claro si lo que hay es una transformación sustancial o si el abismo sigue a un par de narices. Pareciera que allí la política se mide más por la intensidad de sus intentos y de las promesas que por la claridad de los logros. Pero sigue siendo pronto para hacer conclusiones lapidarias para el año próximo.
«El acercamiento de Milei con Donald Trump, supone para los argentinos un posicionamiento nuevo en el juego global del poder»
El acercamiento de Milei con Donald Trump, supone para los argentinos un posicionamiento nuevo en el juego global del poder. La línea ultralibertaria de su Gobierno compagina a la perfección con Washington. Sin embargo, la cuestión es si la Casa Blanca siente la misma simpatía por la Casa Rosada. Si bien el presidente estadounidense ha tenido gestos y declaraciones de cortesía y acercamiento con el gobierno de Milei (algo poco usual la versión 2.0 de Trump), tampoco ha dado garantías de que esa relación sea, a ciencia cierta, el salvavidas o el superman que la economía argentina tanto anhela. Recordemos que la promesa de un préstamo de 20.000 millones de dólares por parte de Estados Unidos quedó, tras la negativa de los principales bancos de ese país, en una modesta suma de 5.000 millones, algo que solo sirve para paliar los intereses de la estratosférica deuda externa argentina.
¿Cuál es la perspectiva para el granero del mundo en el 2026? De total incertidumbre. Si bien la ligera mejoría económica, y el alejamiento del abismo, permiten hacer predicciones optimistas, es necesario saber que en Argentina todo puede cambiar en cualquier momento: exactamente como sus precios, que han llegado a ser hasta tres veces distintos dentro de un mismo día. Desde 2001, en los días del corralito, en ese país la vida sucede con la suerte de una moneda echada al aire. Y las dos caras son bien conocidas ya. Todo lo demás es ficción.
Chile y su regreso a la ultraderecha
Lo mismo que Argentina, ahora Chile será un laboratorio.
El que fuera el país que se pensó como una punta de lanza del progresismo en la región, ahora ha virado el camino hacia un sendero que conoce muy bien: el de la derecha radical. José Antonio Kast, presidente electo por el Partido Republicano, encarna a la perfección el discurso global más extremo: orden implacable, la expulsión de 300.000 inmigrantes ilegales, la liberalización del mercado y una furiosa reducción del gasto público, etcétera. Nada nuevo, nada que no esté ya instalado en Europa, en Estados Unidos, y, por supuesto, en el país vecino, Argentina.
«Chile se ha convertido en un relato de paradojas: el país que abrió la puerta a la revuelta social, ahora se expresa en su versión más conservadora»
Chile se ha convertido en un relato de paradojas: el país que abrió la puerta a la revuelta social, ahora se expresa en su versión más conservadora. La ultraderecha no llega, por decirlo de alguna manera, como un bloque monolítico, sino como una suma de resentimientos y ansiedades que dibujan los bordes del traje de ese discurso político. Podría decirse que ese cambio electoral parece más un síntoma que una solución a los problemas estructurales (el aumento de los delitos violentos, la creciente desigualdad —cuando llegó a ser uno de los países, junto a Uruguay, con menor brecha entre ricos y pobres entre la región—, los fracasos constitucionales, entre otros).
El 2026, para los chilenos, aparece con una densa niebla que impide hacer predicciones claras. Solo llegan brisas de un pasado pinochetista que sigue doliendo a una parte de la población, pero que, al mismo tiempo, sigue siendo anhelado por tanta gente.
Hace cincuenta años, en el Cono Sur, la situación no era muy distinta: Chile y Argentina estaban bajo regímenes (militares) ultraconservadores que tenían el beneplácito de Estados Unidos para repeler a cualquiera que se acercara al discurso comunista o socialista. Entre 1973 y 1990, hubo 1.159 personas detenidas y desaparecidas durante el Gobierno de Augusto Pinochet, se reportaron más de 3.000 asesinatos por agentes del Estado, y se estima que más de 38.000 fueron torturadas en centros clandestinos como Villa Grimaldi.
¿Cuál será la situación de ese país austral en 2026? Es demasiado pronto para hacer predicciones. Apenas comienza un mandato que tiene cuatro años para demostrar que la vuelta al conservadurismo es una mejor apuesta que el progresismo que generó tanta expectativa global. Por el momento, todo es incierto.