Si gana el Giro, Vingegaard tendría las tres grandes en el palmarés

Hay algo en la mirada de Jonas Vingegaard que siempre ha inquietado al purista.

No es la frialdad de quien no siente, sino la de quien calcula hasta el último gramo de oxígeno que le sobra en los pulmones.

CCMM Valenciana

Tras cerrar el círculo en Madrid, en esa Vuelta a España de 2025 que recordaremos más por las polémicas y el ruido ambiental que por la épica de sus etapas, el danés ya tiene en su poder dos de los tres cromos que separan a los buenos corredores de las leyendas que habitan el Olimpo del ciclismo.

Con los Tours de 2022 y 2023 en el bolsillo, y la reciente conquista roja, el runrún del Giro de Italia 2026 no es solo una posibilidad logística; es una necesidad de guion para un ciclista que parece necesitar retos mayúsculos para competir contra el monstruo.

Vingegaard ha demostrado ser el mejor especialista en tres semanas cuando el terreno se pone vertical y el aire escasea, ejecutando a sus rivales con una precisión casi manual.

Su victoria en la Bola del Mundo para sentenciar la pasada Vuelta fue un ejercicio de superioridad mecánica, una demostración de que, cuando el Visma pone la maquinaria a funcionar, el resto solo puede aspirar a salir bien en la foto del podio.

Sin embargo, el Giro es otra cosa.

El Giro es barro, es la incertidumbre de la nieve en los pasos dolomíticos, son los traslados interminables por carreteras de tercer orden y una liturgia que no siempre entiende de vatios, túneles de viento o laboratorios de nutrición.

Entrar en el selecto club de la Triple Corona, junto a nombres como Merckx, Hinault o Contador, no es una cuestión de acumulación de trofeos, sino un examen de supervivencia.

En este ciclismo moderno, donde cada pedalada se mide al milímetro, ir al Giro supone un riesgo que puede hipotecar toda la temporada, incluido su jardín francés.

El danés ya ha dejado caer que la Corsa Rosa está en su hoja de ruta, quizás aprovechando que el tablero de juego se despeja de ciertos enemigos íntimos.

Pero el Giro no perdona a quien acude con mentalidad de oficinista.

La historia está llena de corredores que, buscando la perfección del triplete, terminaron perdiendo la esencia de lo que les hizo grandes en un descenso con el asfalto roto o en una emboscada camino de una ciudad cualquiera de la Lombardía.

Jonas tiene el motor y el equipo, pero en Italia deberá demostrar que, además de vatios, tiene ese punto de picardía y resistencia al caos que exige la gloria absoluta.

Imagen: Unipublic/Cxcling/Naike Ereñozaga