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Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) está hecho de muchos lugares: de su Madrid natal, del Santander de su padre, del Cifuentes –en la Alcarria– de su madre y del Nueva York donde vivió, estudió y adonde regresó tantas veces como pudo hasta que fue padre. También de algunos viajes por el hemisferio sur del planeta (todo empezó con las Maldivas) y de elegidos y muy queridos escenarios de rodaje: los transcurridos en pueblos y rincones de Cantabria, en la costa de Cádiz o, como en su última película, en el litoral del sur de Pontevedra y, más concretamente, en A Guarda, epicentro de Rondallas.
Allí ha situado el guionista y director su historia sobre una comunidad que, para vencer el duelo, decide recuperar su rondalla o conjunto musical de instrumentos de cuerda. Una tradición cultural popular, única del sur de la provincia pontevedresa, que es mucho más que un entretenimiento: es parte de la vida de su gente. En la película, los integrantes de la rondalla vuelven a unirse para competir en un concurso contra los pueblos vecinos, pero, sobre todo, para empezar a mirar hacia delante. La película llegó a los cines el 1 de enero.
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Seis de las playas más bonitas de GaliciaEl pueblo, la música y las tradiciones

Foto: Producción Rondallas
La rondalla, con A Guarda de fondo, en una de las escenas de la película.
Rondallas es un homenaje a tantas personas resilientes golpeadas por la tragedia. En este caso, el naufragio de un barco pesquero. ¿Cómo surge la idea de hacer esta película?
Hay como dos vías. La primera y fundamental es que vi un vídeo de la rondalla de Santa Eulalia de Mos: trajes tradicionales, gaitas, percusión, instrumentos muy autóctonos y locales, versionando Thunderstruck de AC/DC. Esa fusión tan arriesgada de lo tradicional en la cultura gallega y el heavy metal me puso la carne de gallina. A partir de ahí, hice una inmersión en ese universo. Me fui a conocer a Dani Burgos, el director de la rondalla, y empecé a ir a sus primeros ensayos. Ahí fue donde hubo un punto de inflexión en el que me dije “yo quiero hacer esto”. Es una rondalla de más de 100 personas, desde niños y niñas muy pequeños hasta gente mayor, y todos unidos por amor al arte, a la música, a la tradición. No hay músicos profesionales y esa especie de caos con, a la vez, tanta armonía, con tan buen rollo, que te hace sentirte parte de esa increíble comunidad me pareció muy atractiva. La segunda vía tiene que ver con que la película debía tener un trasfondo para que fuera interesante. Y ahí fue cuando, buceando por la costa gallega, encontré el pueblo de A Guarda, que me enamoró, y di con la clave para entender el origen de la historia, que tiene que ver con el naufragio de un barco pesquero, con cómo eso sacudió a una comunidad y con como juntos, dos años después del naufragio, deciden retomar la rondalla, porque es algo que trae mucha luz y alegría a toda la gente, como una manera también de pasar el luto.
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Apuestas por una historia absolutamente local que torna en universal…
Esa perla en la ostra, esa joya que uno encuentra, hace la historia muy atractiva, es una historia que poder enseñar al mundo. La película está muy inspirada en las comedias británicas de directores como Ken Loach o Stephen Frears y en películas tipo Full Monty o Tocando el viento. Son historias que transcurren en localidades muy concretas con problemas muy concretos y personajes muy concretos, a través de las que puedes llegar a todo el mundo. Eso es algo que siempre he admirado mucho y también una de las claves para embarcarme en el proyecto.
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Enamorado de Galicia

Foto: Producción Rondallas
Sánchez Arévalo buscó reflejar las tradiciones populares en Rondallas.
A Guarda y la costa de Pontevedra, el puro corazón de las Rías Baixas, funcionan como un personaje más. ¿Te costó encontrar las localizaciones?
Estas rondallas son de una zona muy localizada al sur de Vigo y tenía claro que quería rodar en la costa gallega porque me fascina, es visualmente maravillosa. Me recorrí desde Vigo hasta el río Miño, el Baixo Miño, hasta Portugal prácticamente. Y curiosamente, el pueblo que más me enamoró y enganchó fue A Guarda, el último de todos. Fue llegar a ese puerto tan recogido y bonito, ver esas casitas con sus colores… Y encima, el Atlántico, con toda su fuerza y su fiereza, porque es una zona donde hay mucho viento y es un mar abierto. Allí no hay playas, sólo rocas y muchos percebes. Me dije “aquí es donde yo quiero pasar varios meses de mi vida rodando una película”.
¿Qué has descubierto de los paisajes costeros y de interior de la provincia de Pontevedra que antes desconocías?
Yo soy madrileño, pero tengo sangre cántabra y, siempre que he podido, he rodado en Cantabria, así que había algo como muy familiar para mí en el paisaje de A Guarda. Pero, sobre todo, lo que más me enganchó fue ese paisaje tan salvaje, ese mar tan bravo cuando sopla el viento, ese pueblo tan a merced de las olas, que, al final, tenía mucho que ver con lo que estoy contando: la historia de un buque pesquero que ha naufragado. Lo auténtico es una cosa que también me enamoró, el ver un pueblo que estaba muy preservado del turismo. Todo era muy de verdad y, a la vez, embriagadoramente bonito.
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España a través del cine

Foto: Producción Rondallas
El film de Sánchez Arévalo es una oda a la resiliencia.
¿Hay algún lugar inolvidable que hayas descubierto a raíz de un rodaje?
Yo siempre he sido un chaval con mucho miedo a viajar, a salir de mi zona de confort, de mi hogar, de mi Madrid. Cuando rodaba, el hecho de tener que hacerlo fuera de casa me provocaba mucha ansiedad. Curiosamente, 30 años después, he encontrado todo lo contrario. Ahora mismo estoy trabajando en Fregenal de la Sierra, un pueblo de Extremadura, muy cerquita de Huelva, con finca de cerdos, dehesa… Y estoy feliz aquí, descubriendo universos y sitios.
Un capítulo aparte en tu filmografía merece Cantabria…
Siempre digo que la he descubierto a través de mis pelis, porque mi padre es cántabro, pero siempre íbamos a Santander, de donde es él. Cuando hice Primos, me recorrí toda la cornisa cantábrica hasta que di con Comillas. Y cuando hice Diecisiete, me recorrí todo el interior de Cantabria buscando pueblos y montañas donde transcurriera nuestra historia. Rodamos en un pueblo que se llama Carmona y pensé “algún día me gustaría comprarme una casita aquí para jubilarme y vivir, escribir o seguir trabajando”. Hay algo muy bonito en descubrir España a través de la ficción. Además, el clima que se crea cuando estás rodando con un equipo en una localidad fuera de Madrid es mucho más especial. Volviendo a las localizaciones de fuera, la serie Las de la última fila la rodamos en Zahara de los Atunes de septiembre a diciembre. Fue puro gozo. Recuerdo que cuando terminamos Primos, yo fui el último en abandonar el pueblo junto con Quim Gutiérrez porque había algo de no querer volver a la vida real.
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El placer de viajar
Foto: Istock
En Santander el director y guionista vuelve a sus recuerdos.
Cuando puedes, ¿cuánto viajas por placer?
¡Mucho! Desde que he sido padre, mi mujer Sara y yo intentamos encontrar un momento para hacernos una escapada de diez días o dos semanas, porque la paternidad también es una cosa muy exigente. Me gusta mucho viajar por dentro de España. Santander es nuestro segundo hogar y a Daniela, mi hija, le encanta. Solemos viajar mucho también al sur. A mí me gusta más la montaña, pero mi mujer es de playa. Nos compaginamos porque, por suerte, en España lo tienes todo. A nivel internacional, hasta hace unos años, nunca había bajado al hemisferio sur. Esa distancia me daba un poco de ansiedad y vértigo, agorafobia incluso. Pero recuerdo la primera vez que lo hice en un viaje que le regalé a mi mujer a las Maldivas: en ese trayecto en hidroavión desde Malé hasta la isla donde nos alojábamos, lloré de la emoción al pensar “por fin me he atrevido” y sentí una liberación
¿Cuál es tu pueblo o destino rural favorito en España para desconectar?
El pueblo de mi madre: Cifuentes, en Guadalajara. Está en la Alcarria, a una hora y cuarto de casa, y también vamos de manera bastante recurrente porque es un sitio donde me siento muy en casa. No es tan exótico como ir al norte, pero la Alcarria tiene un paisaje muy bonito.
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Aquel viaje inolvidable
Foto: Adobe Stock
Maldivas es uno de los destinos favoritos de Sánchez Arévalo.
¿Cuál es el viaje más inolvidable que has hecho en tu vida?
Esa primera vez que fui a las Maldivas con mi mujer y sentí que estaba en algo muy parecido al paraíso. Y otro viaje que hice a Japón, a Tokio, con motivo de Azul oscuro casi negro, mi primera peli, porque nos invitaron al Festival de Tokio y me fui con mi madre 10 días. En Tokio sentí, por primera vez en mi vida, que estaba en un planeta diferente con otras normas, otras reglas y otras costumbres.
¿Y ese destino que cada día que pasa tienes más pendiente?
Bora Bora, en la Polinesia Francesa. Me parece muy complicado llegar hasta allí, hay viajar más de 24 horas, aparte de lo caro que puede llegar a ser. Es lo que siempre tengo en mente.
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Los cuatro puntos cardinales

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El sueño de Sánchez Arévalo es vivir en Cantabria.
¿A dónde nos llevas si vamos al norte?
Sin duda, a Cantabria. Creo que terminaré viviendo allí. Mi sueño es tener una casa que, cuando mire al frente, vea el mar y, cuando mire atrás, vea los Picos de Europa.
¿Qué destino eliges mirando al sur?
La Antártida, aunque me preocupa mucho contaminar los sitios paradisíacos. Pero un viaje a la Antártida o, por lo menos, al sur de Argentina, a la Patagonia, a ver ballenas me encantaría.
¿Y si vamos al este?
Creo que elegiría volver a hacer un viaje más en profundidad a Japón. Siento mucha fascinación por su cultura y sólo visité Tokio. O a Vietnam, que también es un destino que tengo como muy pendiente porque todo el mundo me habla maravillas.
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Tips para el viaje

Foto: AdobeStock
La fauna de los arrecifes de Maldivas fascinan a Sánchez Arévalo.
¿Qué no puede faltar en tu equipaje cuando viajas?
Si el viaje es largo y tengo sitio en la maleta, mi almohada, porque se acopla perfectamente a mi cuello y a mis contracturas. Me deja descansar.
¿Tienes alguna manía viajera?
Cuando vuelo y entro al avión desde el finger, tengo que tocar con la mano derecha la puerta del avión y entrar con el pie derecho. Son cosas absurdas. Antes tenía otra que ya dejé de hacer. Soy entre ateo y agnóstico, pero me santiguaba en los aviones por si acaso.
¿El souvenir más preciado que tienes en casa?
El coral muerto de Maldivas que está en las playas. Tengo unos corales súper bonitos, pero es algo, a la vez, precioso y triste, porque es coral muerto. Me preocupa lo que llaman el bleaching, el blanqueamiento del coral por el cambio de temperatura del mar.
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Por qué viajar

Foto: iStock
Sánchez Arévalo recuerda con cariño a Nueva York.
Comer y viajar es todo uno. ¿Un plato que tengas grabado a fuego en el paladar?
Viví dos años en Nueva York mientras estudiaba un máster de cine y había un restaurante chino en la calle 67, no me acuerdo de cómo se llama, que tenía unos dumplings que por dentro eran como líquidos. Lo primero que hacía al llegar a Nueva York era ir a comerlos. Tenían un local en la 67 y otro en Chinatown, sabría llegar con los ojos cerrados. Además, echo de menos Nueva York porque es un destino al que iba una vez al año y, desde que soy padre, no he vuelto.
La última pregunta, pero no menos importante: ¿Por qué viajas?
Porque te coloca en tu sitio. Muchas veces, cuando ves los conflictos que tenemos en España, siento que nos falta un poco de apertura visual, de saber qué sitio ocupamos dentro del mundo. Creo que esos conflictos locales no tienen ningún sentido. En el momento en que viajas y conoces otras culturas, en que, además, te sientes muy español porque sientes el arraigo y que formas parte del resto del mundo, esos conflictos que nos provocan distanciamiento y polarización se disipan. Para mí eso es lo más maravilloso de viajar.