Finalmente sucedió: Estados Unidos invadió a Venezuela. Tras un año de tensiones diplomáticas, el histórico despliegue de una flota militar estadounidense a las costas sudamericanas, la polémica que empapó a la última edición de la entrega del Premio Nobel de la Paz, y un éxodo, la cuerda se rompió y la Administración de Donald Trump ya ha dejado un frente bélico abierto en el continente americano.
América se ha partido como quizá jamás lo había hecho. La madrugada del 3 de enero Caracas amaneció bajo las ráfagas y el estruendo de los bombarderos estadounidenses. ¿El resultado? Incendios, edificios destruidos y, en un conteo inicial, decenas de muertos y heridos (sin cifras oficiales). Esa ciudad, tan acostumbrada al caos, a la precariedad, al miedo como un modus vivendi, se convirtió en testigo y escenario de una invasión propia de otros tiempos, de otras latitudes. Pero no, no se trata de una ficción: América se ha partido y Estados Unidos ha invadido a Venezuela, evento que deja muy afilado el bisturí para recomponer la geografía latinoamericana, y que supone un reordenamiento geopolítico global.
«América se ha partido y Estados Unidos ha invadido a Venezuela, evento que deja muy afilado el bisturí para recomponer la geografía latinoamericana»
Los titulares, condenando o celebrando lo sucedido, recorrieron el planeta: «Trump captura a Maduro». El dictador venezolano y su esposa fueron apresados y, en un comunicado, el presidente estadounidense se vanaglorió de informar que el líder bolivariano ya estaba bajo su custodia de camino a territorio neoyorkino. Su discurso quedó marcado por palabras como «narcoterrorismo» y «seguridad hemisférica», las mismas que George W. Bush lanzó cuando inició una de las guerras más costosas, desastrosas y polémicas de este siglo: la invasión estadounidense a Irak. Mientras tanto, el aún gobierno venezolano declaró el estado de conmoción, llamó a la defensa armada y exigió una prueba de vida de su líder. Las imágenes de Maduro esposado y custodiado por un militar estadounidense y un agente de la DEA, confirmaron la noticia.
La similitud entre Venezuela e Irak es demasiada. Un presidente capturado, un país bombardeado, una campaña de desprestigio en pro de una vía heroica de democratización. Tras los nueve años que las tropas estadounidenses estuvieron en territorio iraquí, aquel país quedó devastado: sitios arqueológicos saqueados, recursos naturales perdidos y mal gestionados, caos social, guerras intestinas entre clanes rivales, desabastecimiento de gas y bienes esenciales. Pero, eso sí, con una democracia del agrado de Washington, al más puro estilo hollywoodense.
Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre el país sudamericano y el de Medio Oriente? La intensa relación que existe entre la oposición al régimen madurista con Donald Trump. Esa es la clave que definirá el porvenir no solo de Venezuela, sino de las relaciones internacionales dentro de un continente que, como todo lo indica, ha comenzado a convertirse en un puzle en el que las piezas ya no parecen embonar.
María Corina y una oposición obligada a dar respuestas
Los opositores al recién caído líder bolivariano, encabezados por María Corina Machado, se apresuran a ocupar el vacío de poder, hablan de formar gobierno y convocar (finalmente) a elecciones, mientras que la población civil no sabe si el fuego y las bombas les traerán paz y libertad o, como sucedió en Irak, caos.
En el tablero internacional, este hito bélico en el continente es más que un episodio con tintes de local: es, sin duda alguna, un movimiento que reabre la discusión sobre la soberanía en América Latina, proclamada «zona de paz» en 2014 (algo muy discutible, ya que la violencia interna supera a cualquier otra en el mundo) y que ahora se ha convertido en un campo de batalla.
«¿Podrá una invasión antidemocrática, bélica, politizada y con intereses ocultos, instaurar un régimen democrático?»
Ahora bien, ¿y si nos acercamos al problema? Insistimos, la clave está en la oposición, en esa fuerza local (apoyada por fuerzas internacionales) que celebra la invasión como si fuese un triunfo democrático. Eso es, desde luego, una paradoja; una que define mucho el carácter político de nuestros tiempos. Y vuelven los fantasmas de Irak: ¿podrá una invasión antidemocrática, bélica, politizada y con intereses ocultos, instaurar un régimen democrático? En pocas palabras, ¿puede una democracia nacer de los escombros y de las ruinas que deja una invasión extranjera?
Al parecer, esa es la apuesta de la oposición. «Llegó la hora de la libertad», lanzó en las redes sociales María Corina Machado, apenas se anunció la intervención militar. Es curioso que la palabra «libertad», para la lideresa venezolana, no pueda desprenderse de algo tan antidemocrático como lo es una invasión armada por parte de otro Estado. Además, ella enalteció a la figura de Edmundo González Urrutia como presidente legítimo de Venezuela, y habló de una urgente transición hacia la democracia. ¿Cómo lo lograrán?, ¿cómo se restaurará el orden en un país en donde el miedo institucionalizado era el modus operandi de un régimen acusado de narcoterrorismo?, ¿quién garantizará la legitimidad y las buenas praxis en las próximas (y urgentes) elecciones?, ¿quién se encargará de gestionar la economía en un país que lleva, por lo menos, quince años sobreviviendo entre desabasto y carencia?
Maduro cayó ¿qué es lo que sigue?
María Corina Machado y Edmundo González Urrutia invitan a la formación de lo que han llamado «un Gobierno de transición», pero lo inmediato será convocar a las urnas para celebrar elecciones, como ellos así lo pregonan, verdaderamente libres.
Se habla de liberar a los presos políticos, de reconstruir las instituciones y de echar a andar de nuevo la economía. En términos generales, y desde el discurso político internacional, esos son conceptos políticamente correctos y propios de la situación que vive ese país, pero lo cierto es que la realidad venezolana es mucho más compleja que lo que las buenas intenciones suponen.
«La Guardia Nacional Bolivariana ha sido denunciada por la ONU y por misiones internacionales como responsable de crímenes de lesa humanidad durante más de una década»
Uno de los retos más importantes que tienen los nuevos líderes de esa nación sudamericana es resolver no solo el tema de la inseguridad, sino de la corrupción y la erosión institucional dentro de las fuerzas del Estado. En Venezuela la podredumbre no se esconde: se exhibe en uniforme verde oliva. La Guardia Nacional Bolivariana, esa policía militarizada que debería custodiar a los ciudadanos, ha sido denunciada por la ONU y por misiones internacionales como responsable de crímenes de lesa humanidad durante más de una década: represión política, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Hablamos de un patrón sostenido de impunidad que se repite como un eco en cada protesta sofocada. Esta situación es, sencillamente, la degradación hecha sistema. Se trata de un aparato de seguridad que dejó de proteger a la gente y se dedicó a la administración del miedo. Es decir, los encargados de velar por la seguridad, fueron los mismos que institucionalizaron la violencia y la convirtieron en política pública.
Por otra parte, vamos a lo económico. La fotografía de Venezuela en ese aspecto es apocalíptica. Si bien hubo un tiempo en el que ese país tuvo fuertes ingresos por las ventas de petróleo, jamás construyó un músculo industrial como lo son España o México, por ejemplo. Es decir, al quedarse sin la fuerza dolarizada del petróleo que vendieron durante los años setenta, se quedó como un país muy en desventaja respecto a otros de la región y del mundo.
Primero, debemos tener en cuenta que Venezuela aparece entre los tres países más corruptos del mundo (y lo ha hecho durante los últimos diez años), de acuerdo con Transparencia Internacional. Segundo, es importante saber que es el que tiene la inflación más alta a nivel global (con un 180% durante 2025). Tercero, es cierto que es el país que tiene el mayor número de reservas de petróleo probadas (303.000 millones de barriles), pero el negocio de ese hidrocarburo nace después de su paso por las refinerías (que la mayoría de ellas están en Estados Unidos). Cuarto, siendo el escenario más catastrófico de su panorama económico, el bolívar es una moneda que se devaluó el 88% durante el año pasado, pero eso no es todo, los números son, sencillamente, imposibles: el salario mínimo es de menos de 50 céntimos de euro, no obstante, entre remesas y ayudas, una persona puede conseguir hasta 250 euros mensuales. En pocas palabras, alguien apegado solo al salario mínimo no puede comprar siquiera un kilo de arroz que, en promedio, cuesta 1,50 euros.
Irak después de casi nueve años de «democratización» estadounidense
Un país deshecho. Así quedó Irak después de que George W. Bush cumpliera su capricho de invadirlo unilateralmente (atención con este concepto) y ocuparlo durante casi nueve años.
Ese país, que fuera cuna de muchas civilizaciones (sumerios, acadios, babilonios y asirios), quedó reducido a un páramo yermo, a un laboratorio del desastre. Las bombas que prometieron democracia dejaron museos saqueados, sectarismo tribal y caníbal y, puntualmente, un Estado pulverizado. En Bagdad, los ministerios ardían mientras las bibliotecas se vaciaban, los hospitales (y las calles) se llenaban de cuerpos masacrados. La modernidad se redujo a cenizas y miedo. Y si alguien dejó un testimonio impactante sobre esos años fue Pablo Pardo, corresponsal del diario El Mundo en Estados Unidos, con su libro El Monstruo (Libros del K.O.): una serie de entrevistas a un exinterrogador del ejército estadounidense, que cuenta el daño psicológico que le dejó servir a las fuerzas armadas de su país en Afganistán y en Irak. «Irak fue el ejemplo perfecto de cómo la arrogancia puede destruir un país en nombre de salvarlo», sentencia en su obra, Pardo.
«El discurso de libertad que pregonaba Washington no se correspondía con la realidad de un país que se hundía a pasos agigantados entre cadáveres, impunidad, indiferencia y resentimiento»
Las tropas estadounidenses atraparon a Sadam Huseín en diciembre de 2003, pero fue en diciembre de 2006 que el Gobierno de ese país lo ejecutó. Durante ese tiempo, y hasta 2011, hubo una ocupación militar extranjera conviviendo con una brutal insurgencia. Nació el Estado Islámico, y una infinita cadena de horrores dio vida a un país que solo se asemejaba al final de los tiempos. En los relatos de Damien Corsetti, el interrogador estadounidense entrevistado por Pablo Pardo, cuenta que las calles iraquíes durante aquellos años estaban repletas de restos humanos (que no rara vez resultaban ser la comida de manadas de perros callejeros), que el olor a muerte y sangre era insoportable, y que las condiciones de vida en las prisiones y centros de detención solo se pueden describir como infrahumanas. Es decir, el discurso de libertad que pregonaba Washington no se correspondía con la realidad de un país que se hundía a pasos agigantados entre cadáveres, impunidad, indiferencia y resentimiento. ¿El resultado? Cientos de miles de desplazados, cientos de miles de muertos y un país que aún no logra recomponerse.
La invasión de Estados Unidos a Irak no solo destruyó a un país y a un pueblo, sino que también arrasó con la idea de que la democracia se puede imponer a punta de misiles. ¿Cuál será la suerte de Venezuela? Solo el tiempo lo dirá. Por el momento se sabe que es un país petrolero, con un dictador caído y con un pueblo partido y sumergido en el caos y la pobreza.