Que el cine sea mayoritariamente de formato rectangular (puntualmente cuadrado) no es casualidad. La imagen se vuelve a la fuerza una ventana para observar las vidas de otros, otras realidades distintas a las nuestras. Durante un rato, podemos vivir en ciertos mundos sin tener necesariamente que estar presentes.
Esto es especialmente útil para mundos que te encanta visitar y en los que te pasarías horas… siempre con la pantalla ejerciendo la distancia, nunca habitándolos realmente. Porque realmente uno no quiere vivir en calles violentas, pero siempre apetece quedarte en ellas cuando es Walter Hill quien las retrata.
El cine de Hill ha tenido siempre ADN callejero, y también gran habilidad para elaborar una cautivadora ilusión incluso manteniendo un carácter crudo. Aunque se moviese entre la comedia o a veces se saliese para explorar el salvaje Oeste, las calles chungas de la ciudad siempre nutrieron los mejores momentos de su cine. Se puede montar incluso una doble sesión ideal en torno a dos de sus películas más icónicas, disponibles actualmente en plataformas de alquiler.
‘Los amos de la noche’, o ‘The Warriors’, es Hill creando unas calles increíblemente vivas a través de esa violencia callejera. Una noche de la Nueva York pre-limpieza y pre-gentrificación un montón de bandas se congregan y observan cómo uno de los líderes es asesinado y empieza una batalla campal por toda la ciudad. Los Warriors deben cruzarla a pie y en metro para llegar a Manhattan.
Por otro lado está ‘Calles de fuego’, estrenada cinco años después. En ella, una banda motera secuestra a la gran y prometedora diva de la canción Ellen Aim, y su rescate depende de alguien de su pasado. Contratado un poco a regañadientes, Tom Cody y una recién encontrada ayudante intentarán salvarla en una jungla regida por la ley del salvaje Oeste.
Ambas poseen un carácter un tanto western en su esencia, aunque Hill desarrolle toda la acción en su presente y tratando de señalar la decadencia de la ciudad que conocía. Nadie está realmente seguro cruzando las arterias asfaltadas que componen ambas ciudades, ni siquiera por una policía que también ejerce su propio tipo de violencia, otorgando carácter intimidante y peligroso a sus historias.
Violencia chunga y excitante

Al mismo tiempo, ver tanto ‘Los amos de la noche’ como ‘Calles de fuego’ es una experiencia revigorizante y excitante. Ambas películas resultan vibrantes gracias a esa exquisita fotografía de Andrew Laszlo, que vive de maravilla entre los rincones oscuros y los destellos de los neones. Luego aparte está un músculo musical impresionante que traza también las uniones comunales fuertes que se ejercen, sea a través de las retransmisiones radiofónicas o mediante conciertos espectaculares de opera rock hortera.
Nadie conseguía un retrato tan genuino de las calles a través de trazarlas con evidente estilo, tan arrebatador como intenso de una manera intimidante. Sus contrastes bien marcados acababan creando una potente cercanía a sus mundos y sus personajes, mostrando que Hill tenía una textura especial en aquel momento para crear entretenimiento. Por eso, esta doble sesión es algo apabullante.
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