Lo afirmó Henrique Capriles durante una de las recurrentes crisis de la oposición venezolana, aunque las palabras del excandidato presidencial suenan verosímiles en boca de cualquier dirigente antichavista. “Nos quieren desunidos, desarticulados y en silencio”. El conjunto de fuerzas críticas con el régimen bolivariano es un ecosistema muy complejo de sensibilidades políticas que tienen un común denominador, el deseo de una transición democrática, pero también importantes diferencias ideológicas y, sobre todo, tácticas. Todos son conscientes de que las divisiones internas debilitan su propósito y, sin embargo, todos o casi todos han tropezado en ellas. Nicolás Maduro lo sabía y por eso el aparato gubernamental se volcó en agrandar esas brechas.

La paradoja es que la captura del mandatario venezolano, un hecho que según una lógica lineal debería haber unido a la oposición y contribuido a su movilización, ha abierto de nuevo la puerta a una sensación de desconcierto y parálisis. El Día D esperado por muchos durante más de una década no desembocó en un alzamiento popular ni en una explosión abrumadora de júbilo. Es muy difícil medir las consecuencias a medio plazo de la operación relámpago de las fuerzas especiales Delta en Caracas. Y, lo más relevante, Donald Trump y Marco Rubio han descartado a María Corina Machado y al candidato Edmundo González Urrutia ―que, según Washington, ganó rotundamente las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024― para pilotar una transición.

A falta de conocer la letra pequeña de los designios del presidente de Estados Unidos y su equipo, la figura clave en este proceso será la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez. Maduro la fortaleció justo después de esos comicios, entregándole la gestión del sector productivo más decisivo del país caribeño, el petróleo. Este lunes, la Asamblea Nacional decidirá en la inauguración de su periodo de sesiones la fórmula por la que la dirigente asumirá el poder ante la “ausencia forzosa” del sucesor de Hugo Chávez. Lo hará en presencia de un Parlamento en el que, por primera vez en años, se sentará una minoría opositora considerada genuina y no una aliada encubierta del Gobierno. En esa bancada figuran líderes como el propio Capriles, Stalin González o Tomás Guanipa.

Todos ellos participaron en mayo en las elecciones legislativas en contra del criterio mayoritario de la coalición y de la propia Machado, propiciando la enésima ruptura del bloque. La ganadora del Premio Nobel de la Paz fue sin duda la última política venezolana capaz de unir a toda la oposición bajo un mismo paraguas. Arrasó en las primarias y no pudo concurrir a las elecciones por estar inhabilitada. Su respaldo a González Urrutia, que hoy vive en el exilio en España, no impidió que asumiera las riendas de la Plataforma Unitaria Democrática (PUD). Nunca perdió la fe en la caída de Maduro y, una vez consumada, dio un paso al frente para asumir el mando, un escenario para el que se había preparado durante el año que pasó en la clandestinidad huyendo de la persecución del régimen.

La reacción de Trump, no obstante, añadió confusión al desconcierto inicial de las filas opositoras. El sábado vino a decir que Machado no está a la altura del reto porque carece del “apoyo y el respeto dentro del país”. No se refería al respeto de la sociedad, sin lugar a dudas, sino al control de las Fuerzas Armadas, un factor clave en este momento. Las declaraciones ofrecidas este domingo por el secretario de Estado apuntalan los mismos argumentos. “María Corina Machado es fantástica, la conozco desde hace años y ella es todo el movimiento. Pero aquí estamos lidiando con la realidad inmediata y esa realidad es que desafortunadamente la mayor parte de la oposición no está en Venezuela”, ha afirmado. Esto es, no se trata de un problema de afinidad ideológica, sino de una cuestión de pragmatismo.

No está en Venezuela, no tiene capacidad para liderar un Ejército y tampoco puede sostener la maquinaria del Estado chavista, afinada desde finales de los años noventa. Ese entramado no es solo clave para el funcionamiento del país, sino para mantener la paz social tras una década de escalada del conflicto. Con estas premisas, la oposición liderada por Machado y González Urrutia afronta el enésimo desafío. Tener el espacio por el que lucharon en el país que siempre quisieron, una Venezuela sin Nicolás Maduro.