Dios me libre de darle publicidad a esa pareja de explotadores demagogos conocidos como ZonaGemelos, ese par de victimarios con maneras de mafioso que se visten de víctimas cuando alguien levanta la voz, pero hete aquí que con su retransmisión de las campanadas en YouTtube hicieron más de dos millones de espectadores. Estos dos chicos (de quienes hice, sin mencionarles, una primera columna en 2024 llamada Gañanosfera) no tienen ningún talento por sí solos. Todo su mérito —si explotar a otros es un mérito— es reunir a las criaturas más desafortunadas de las redes y monetizar su humor involuntario; en otras palabras, hacer que la gente se ría de otros. ¿Por qué una cosa así ha tenido tanto éxito?
Primero, porque el resto de la oferta ha sido muy pobre. La chavalada no quería ver las campanadas de siempre. La chavalada quiere sangre. Sangre de pobre, de marginado, de obeso y de discapacitado. ¿Por qué quiere tal cosa? Porque es de lo que se les ha alimentado. Toda la propaganda institucional que se hace contra el bullying, la homofobia y el machismo no sirven para nada si el mundo les lanza el mensaje de que todo vale con tal de ganar dinero. No saben ustedes —o quizás sí— lo descorazonador que es escuchar a los alumnos decir que las matemáticas no valen para nada, pero que ZonaGemelos es el mejor programa que existe.
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Los propios gemelos son un producto de la tele que les crio (de eso y de ser mala hierba): Gandía Shore, El diario de Patricia, Gran Hermano, Supervivientes, Masterchef, Sálvame, y tantos otros. Programas que no deberían de haber visto nunca los niños (y quizás los adultos tampoco) y que en las últimas décadas han sustituido a la programación infantil y juvenil. Programas emitidos por Mediaset y Atresmedia, los mismos que ahora dicen “uy, qué malo es ZonaGemelos”. Si les parece malo, haber programado algo de cine, de libros, de música o de alguna cosa que levantara el espíritu humano. Pero no lo programaron; prefirieron ganar dinero a mansalva, como los narcos, los proxenetas, los traficantes de armas. El dinero ha sido el único dios de la chavalada, y el móvil su único mentor. Ahora esa televisión inmoral ha tenido hijos, los hijos de la basura.