La cuenta atrás para los Reyes Magos ya ha empezado y, mientras los niños apuran sus cartas llenas de deseos y garabatos de colores, hay un lugar en el que el trabajo no se detiene ni un segundo. Allí no llegan camellos, pero sí ideas; … no hay incienso, pero el ambiente humea creatividad. Es Pixar. En los estudios de Emeryville, a un paso de San Francisco, las luces siguen encendidas como en un taller secreto de Oriente donde se fabrican sueños a contrarreloj. Y también se empaquetan. Porque de la tienda oficial de los estudios —ese pequeño santuario para fans y visitantes— salen cada día bolsas y cajas cargadas de regalos muy reales: peluches, figuras, camisetas y recuerdos que viajan a casas de todo el mundo. ABC ha tenido la suerte de colarse recientemente en ese corazón creativo del que brotan, a la vez, la magia que se ve en pantalla y los obsequios que acabarán bajo el árbol o junto a los zapatos. Los niños sueñan con sus personajes, como ‘Elio’, el gran estreno de la mítica productora de animación que este año ya empieza a instalarse en los pensamientos de miles de pequeños.
Quien pone un pie en Pixar no entra solo en unos estudios de animación: se cuela directamente en las cabezas pensantes que dieron forma a las películas de nuestra infancia, a las personas que pusieron voz, trazo y emoción a nuestros primeros sueños frente a una pantalla. Y cuando uno visita los estudios de Pixar, lo primero que se encuentra no es una recepción al uso, sino dos símbolos que resumen toda una historia. A un lado, el mítico flexo de ‘Luxo Jr.’, que rebota con decisión sobre la letra «I» de Pixar y que, desde hace décadas, es sinónimo de que algo grande está a punto de empezar. Al otro, la inconfundible pelota de Andy, la de ‘Toy Story’, la película que en 1995 marcó un antes y un después al convertirse en el primer largometraje de animación realizado íntegramente por ordenador. Allí empezó todo. Presidiendo este pequeño altar a la memoria colectiva se alza el Steve Jobs Building, el edificio principal del campus, el lugar donde, cada día, se genera eso que llamamos magia.
Entrar en su interior es instalarse automáticamente dentro de una película de Pixar, rodeado de guiños, referencias y pequeños detalles que remiten a sus grandes títulos. En la recepción, sin ir más lejos, hay una foto del empleado del mes al más puro estilo americano. Esta vez es Emily, una joven diseñadora que sonríe a cámara con una gorra de Sulley, el inolvidable monstruo azul de ‘Monstruos S. A.’. El ambiente general es de una alegría contagiosa: la gente saluda al pasar, sonríe, se detiene a charlar unos segundos. Un olor dulce invade el vestíbulo mientras, a la izquierda, se ve salir humo del café que los empleados esperan pacientemente. Pero en Pixar nada es exactamente lo que parece. Allí no se hornean cookies ni se sirven desayunos convencionales: en las vitrinas aparecen cabezas de Mickey Mouse, no hay huevos revueltos ni tortitas, sino dulces y muñecos con formas de personajes Disney.



Madeline Sharafian y Domee Shi, directoras de ‘Elio’, junto a actores de doblaje. Izquierda, entrada a los estudios de Pixar. Derecha, entrada al edificio Steve Jobs
Pixar/ ABC
Poco a poco, sobre las nueve de la mañana, los trabajadores comienzan a ocupar sus puestos. Entre ellos, Jordi Oñate, el animador español con más de trece años de trayectoria en la filial de Disney. «Mi objetivo era claro y lo único que he hecho es seguir el camino que me había fijado e intentar disfrutar de lo que haces y crecer poco a poco, aprender lo que realmente quieres hacer de las personas que saben más que tú», asegura el catalán. Su rutina diaria arranca de la misma manera que la de muchos de sus compañeros. «Lo primero que hacemos es presentar nuestro trabajo al director. Tenemos una hora con él cada mañana para poder enseñarle lo que estamos trabajando en ese momento y luego, a partir de ahí, él ve lo que tenemos que cambiar, si hay alguna cosa que no funciona y nos pasamos ya todo el día intentando cambiar ese trozo que nos ha dicho», explicaba.
La historia de ‘Elio’, en la que estaba trabajando Oñate en ese momento, gira en torno a un niño de 11 años con una imaginación desbordante y obsesión por los extraterrestres, que lucha por encajar hasta que, de repente, es transportado al espacio y confundido con el embajador galáctico de la Tierra. Una premisa que, en realidad, habla de emociones muy terrenales. «Queremos contarlo todo siempre mirándolo desde un punto de vista universal para que llegue a todo el mundo. Con un toque humano, desde qué es lo que a la gente le preocupa a llegar un poco al corazón. Tenemos que intentar saber cómo es la gente de ahora mismo y cuáles son los estreses que tienen. Al mismo tiempo, intentamos que sea lo más natural posible, lo más realista posible para que le llegue más a la gente», aseguraba.

Seteve Jobs Building por dentro
Pixar
Pero antes de que un personaje cobre vida en movimiento, alguien tiene que imaginarlo. Ese paso previo lo dio Matt Nolte, diseñador de personajes, que en una de las salas del Steve Jobs Building construyó a Glordon, un personaje tan complejo como Wu. Una vez Nolte dio forma a Wu, la tarea de Oñate fue dotarlo de movimiento. «Es azul un poco amorfo, no tiene ni brazos, ni piernas ni casi expresión en la cara y como animador es difícil no tener todos esos elementos para expresar lo que el personaje tiene que decir. Necesitamos los brazos porque estamos constantemente apuntando y gesticulando, o cejas para saber si estás alegre o triste y Wu no tiene nada de todo esto. Fue un reto bastante bonito porque siempre estabas intentando buscar nuevas formas de arte», explicaba. En otras salas llenas de monitores, Travis Hathaway y Jude Brownbill, supervisores de Animación, daban vida a los personajes. En Pixar, la animación es actuación y los personajes no solo se mueven, interpretan. Eso repite una y otra vez Hathaway mientras mueve la cabeza de Glordon de un lado a otro.


-U77443065162dcZ-278x329@diario_abc.jpg)
Arriba, David Luoh, Supervisor de Sets de ‘Elio’, con las gafas de realidad virtual. Izquierda, un boceto de ‘Elio’. Derecha, bocetos de ‘Monstruos S.A.’
Pixar/ABC
El edificio de Steve Jobs está repleto de pequeñas salas donde se crea la magia. En la parte izquierda de la construcción, por ejemplo, un joven repite una y otra vez la misma frase. Es el estudio de grabación donde se ponen las voces a los personajes, en este caso, a Elio. Todo el proceso se realiza bajo la atenta supervisión de Vice Caro, ingeniero de grabación, que muestra cómo se capturan las voces. La sala, compuesta por una cabina, pantallas y sistemas de sincronización entre audio y animación, funciona siguiendo sus directrices: las pausas, la entonación, el ritmo… todo influye. Aquí, la voz, incluso antes de que exista la animación definitiva, ya debe transmitir personalidad.

Jordi Oñate, animador español que trabaja en Pixar
Pixar
Pero en Pixar no solo se trabaja: también se recuerda de dónde se viene. Por eso, los pasillos están llenos de cuadros, bocetos y primeras versiones de personajes míticos, como Boo, la niña de ‘Monstruos S. A’.. Poco queda de aquel primer diseño en el resultado final que llegó a los cines, pero conservan esa primitiva figura de barro como un tesoro, porque fue el germen de una gran película. De esos bocetos entrañables se pasa a otros más dinámicos y divertidos, como los primeros diseños de Rayo McQueen, de Cars. La magia de Pixar no se esconde, sino que rodea cada rincón de la casa.
-U45513087717yTW-758x470@diario_abc.jpg)


Bocetos de ‘Up’, Boo, de ‘Monstruos S.A.’ y ‘Cars’
ABC
Para entender esa historia también resulta clave la biblioteca, que alberga libros de todo tipo sobre la trayectoria de Pixar y el cine de animación en general. Aunque el legado no solo se guarda en papel. También brilla en dorado. Por eso, el estudio cuenta con una enorme sala, algo oscura, donde se exponen todas y cada una de las estatuillas de los premios Óscar que han recibido a lo largo de su historia. Un legado impresionante que mira al futuro con ambición, pese a algún que otro bache, y que confía plenamente en su propia trayectoria. «Creo que son buenos tiempos para la animación. Hay animación tan diferente y nueva que se está haciendo por todo el mundo…. Hay mucha información y todo esto es un enriquecimiento tan grande que llega a las empresas y que yo creo que tienen aún mucho futuro por delante», afirmaba Oñate.
Aunque Pixar presume —y con razón— de todas y cada una de sus películas, basta con recorrer sus pasillos para entender que, como en cualquier familia, hay algún que otro hijo favorito. ‘Soul’ es, sin duda, uno de ellos. La decoración lo delata sin pudor. Cada pasillo que conduce a las distintas salas está cubierto de bocetos, diseños, dibujos y creaciones de la película que reflexiona sobre el sentido de la vida, la vocación y aquello que nos hace únicos, siguiendo la historia de Joe Gardner, un profesor de música que sueña con triunfar en el jazz. También se palpa en el ambiente, porque prácticamente todos los trabajadores llevan encima algún elemento relacionado con la casa: camisetas, sudaderas, mochilas, tazas. Y aunque hay referencias constantes a muchas otras películas del estudio, la mayoría de guiños apuntan a ‘Monstruos S. A.’ —quizá porque esa fábrica de sustos no deja de ser un reflejo bastante fiel de una productora de animación— o a ‘Toy Story’, el origen de todo, el lugar donde Pixar aprendió a soñar en grande.

Trabajadores de Pixar durante el proyecto
Pixar
Antes de que las películas lleguen a las salas de cine y se enfrenten al juicio del público, las cintas pasan primero por una sala muy especial dentro del edificio. Allí se pulen, se ajustan y se miran una y otra vez con lupa. ABC tuvo la oportunidad de ver algunos minutos de la película en primicia, una experiencia que permite entender la dimensión real del trabajo que hay detrás. «Habéis visto muchísimo. 25 minutos es una barbaridad. Cada semana, animamos a los personajes. básicamente es darles vida porque nos dan el personaje como si fuera una marioneta que no se mueve ni habla ni nada y nosotros tenemos que crear un movimiento para poder hacer la actuación que necesiten en ese momento. cada semana hacemos un total de tres segundos», contaba Oñate. Tres segundos que pueden parecer insignificantes, pero que concentran horas, días y semanas de esfuerzo colectivo para que, al final, todo parezca sencillo.
Las ideas, además, pueden surgir en esos espacios de acceso restringido situados en la parte superior del edificio de Steve Jobs, con grandes cristaleras cubiertas por miles de pósits —algunos incluso con forma de caballo— mientras los trabajadores se asoman y saludan con una sonrisa. O pueden nacer en lugares más inesperados, como la piscina. Sí, Pixar también cuenta con zonas de descanso pensadas para sus empleados: desde una piscina que solo se utiliza en verano, cuando el clima estadounidense lo permite, hasta salas de estar con sofás, neveras y un ambiente cálido y acogedor. Porque en Pixar saben que, para crear mundos extraordinarios, también hace falta parar, respirar… y dejar que la imaginación nade libre.
Y así, entre pasillos llenos de recuerdos, salas donde nacen voces, personajes que aprenden a moverse y empleados que nunca dejan de imaginar, Pixar sigue funcionando como lo que siempre ha sido: una auténtica fábrica de sueños. Un lugar donde el trabajo diario se mezcla con la ilusión, donde la técnica se pone al servicio de la emoción y donde cada historia aspira a quedarse a vivir un poco más en quienes la ven. Porque, al final, Pixar no solo crea películas: construye refugios, despierta vocaciones y recuerda que, incluso en tiempos inciertos, siempre habrá alguien dispuesto a encender una lámpara, botar sobre una letra… y volver a creer en la magia.