Supone uno que entre muchos jóvenes, incluso entre jóvenes periodistas de Alicante, pronunciar el nombre de Carlson (Alberto Navarro Sanes, Yecla, 1929) puede que no les diga mucho, pero hubo un tiempo, más de medio siglo de historia nada menos, que en Elda, y mucho más allá de esta ciudad, su talento, su nombre y su trabajo, como el de algunos fotorreporteros de época, fue sin duda el mejor notario que pudo tener una ciudad que ya hervía y que ya se adelantaba al futuro.
Si la memoria no falla, creo recordar que conocí a Carlson un mes de diciembre del año 1983, en lo que iba a ser una corta sustitución y que acabó siendo de años, como redactor en la histórica delegación que el diario La Verdad tenía en el entresuelo de las calles Juan Carlos I con Plaza Castelar, y muy pronto me di cuenta de que aquel compañero fotógrafo que siempre, siempre, a todas horas y en todo lugar, iba pertrechado de su cámara Canon y, muchas veces, de su inseparable puro, era más, mucho más, que un fotógrafo de prensa. Más, mucho más, que un compañero de trabajo.
Carlson – es justo y necesario reconocerlo en la hora de su último adiós– pronto se convirtió en alguien imprescindible para quienes, como yo mismo, llegábamos a una ciudad que nos era extraña y desconocida, una ciudad que crepitaba y donde se daban todas las contradicciones de la época y algunas más. Carlson, con aquella bonhomía tan especial, con su trabajado e inamovible peinado que, misteriosamente, le duraba todo el día, fue el cicerone, el guía más cercano, una especie de Google antes de Google, un Laurosse a pie de calle, al que le preguntases lo que fuese siempre tenía una respuesta a mano, esa información tan necesaria en periodismo. Con él sabías –sabíamos- que estábamos a salvo. Alberto Navarro Sanes fue la llave que abría puertas que estaban cerradas, la información justa y precisa, eso que ahora llaman el contexto, que nos permitía a gente como yo intentar hacer una buena entrevista, un buen reportaje, tener con antelación esa información precisa, esos datos necesarios para que aquella información pudiese ser entendida por quienes, en muchos casos, sabían más que nosotros mismos.
Alberto Navarro “Carlson” conocía a los personajes, sus cuitas, sus antecedentes, sus filias y fobias, casi radiografiaba su pensamiento. Daba igual que habláramos de política, de concejales, del Deportivo Eldense, de los directivos de la extinta Ficia (Feria Internacional del Calzado e Industrias Afines), del movimiento sindical o vecinal, de los habitantes del barrio de La Tafalera, de los eldenses ilustres por el mundo… todos eran para él perfectos conocidos. Y su inmensa generosidad le llevaba a compartir esa valiosa información de forma natural y sin límites, sin darse importancia. Él solo firmaba las fotos, esas fotografías que acabarían siendo el mejor álbum histórico de la propia ciudad, y las firmaba con aquel extraño nombre que más pronto que tarde supe que era el apodo con el que fue bautizado cuando, de futbolista, alguien vio en él un cierto parecido con un famoso jugador sueco con el mismo nombre. O eso me contaron.
Para mucha gente, para los vecinos de Elda, Carlson era posiblemente el fotógrafo que iba registrando los cambios de la ciudad, pero para los muchos periodistas que hemos tenido la suerte de haber compartido con él parte de nuestro trabajo, y me vienen a la memoria nombres como Manuel Mira, Blas de Peñas, Donaciano García, Victoria Bueno, el tristemente fallecido José Clemente Navarro y tantos otros, Carlson no solo fue ese fotógrafo aliado tan necesario en la profesión de aquellos tiempos, si no que encarnaba el Periodismo en mayúsculas.
Tras su jubilación siguió pegado a su cámara, la misma con la que dejó constancia de tantas bodas, comuniones, fiestas de Moros y Cristianos y de barrios, trabajos con los que complementaba su escaso salario de fotógrafo de prensa para poder alimentar a su familia, y empezó a tener algunos reconocimientos, merecidos premios, a su impagable labor como testigo de más de medio siglo de historia de la propia ciudad. Él, si le hubiéramos preguntado, posiblemente habría dicho que no era para tanto. Que aquello solo era un trabajo. Esa era su grandeza. DEP Carlson
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