En el ciclismo moderno, tan aséptico, tan medido por el potenciómetro y tan dado a la cancelación ante el primer nubarrón, el ciclocross resiste, incluso ante la nieve, como una reserva espiritual de lo que este deporte fue y nos gustaría que siguiera siendo.

No hay mejor ejemplo que lo vivido recientemente en Mol.

CCMM Valenciana

Mientras en la carretera el protocolo de clima extremo se activa con una precisión funcionarial que a menudo castra el espectáculo, el ciclocross responde con un encogimiento de hombros y un «adelante».

Lo vimos, como digo, en Mol.

La nieve sorprendió en la prueba femenina y, lejos de amilanar a la organización, la carrera masculina arrancó bajo una tormenta blanca que redujo la visibilidad a la mínima expresión.

Allí no hubo reuniones de seguridad ni neutralizaciones; hubo ciclismo en su estado más puro y brutal.

Los corredores, castigados por el frío y la falta de adherencia, aceptaron el reto sin rechistar.

Esa es la estética que defendemos: la de la dificultad técnica elevada a la categoría de arte bajo condiciones meteorológicas extremas.

Ni condiciones adversas ni gaitas; simplemente ciclocross.

En ese lienzo blanco y hostil, la figura de Mathieu van der Poel emerge con una superioridad que aplasta.

El neerlandés domina la escena con una plasticidad que hace que lo imposible parezca sencillo.

Su triunfo en Mol no fue solo una victoria más; fue una exhibición de control y potencia en un entorno donde otros apenas lograban mantenerse en pie.

Sin embargo, en medio del elogio, asoma una punzada de melancolía.

Debemos ser conscientes de que estos recitales de Van der Poel, estas estampas de maillot arcoíris surcando la nieve, podrían ser de las últimas que veamos.

Sabemos que Mathieu se cansará del barro y que el calendario de carretera terminará por devorar sus inviernos de forma definitiva.

Estamos asistiendo a un fin de ciclo de una estética irrepetible.

Cada curva que traza, cada obstáculo que salta sin bajarse de la bicicleta, es un regalo que el tiempo nos hace antes de que la disciplina cambie para siempre.

El ciclocross es dureza, es estética y es, sobre todo, verdad.

Mientras el mundo se detiene ante la nieve, el barro sigue girando.

Disfrutemos de Van der Poel mientras dure, porque el invierno, aunque parezca eterno en Mol, algún día se acabará para él.

Y entonces echaremos de menos esta bendita locura que no entiende de suspensiones ni de miedos.