Cecilia, la mujer que la lio parda hace 13 años con su descacharrante y osada restauración del Ecce Homo descansa en paz. La recordaremos con ternura. El planeta entero lo hará. El Cristo sigue allí, observando al mundo con su mirada hilarante, absurda y eterna. Pero la localidad de Borja le debe mucho porque gracias a ella, ya no volverá a ser solo Borja.
Tal y como recogíamos este frío lunes de diciembre, Cecilia ha muerto a los 94 años en la misma localidad donde pasó casi toda su vida, ese pueblo tan aragonés como Fernando el Católico. Esas calles tranquilas y sus campanas previsibles jamás sospecharon que acabarían figurando en el mundo gracias a una mujer menuda, devota, aficionada a la pintura y capaz de fusilar con pinceles domésticos al mismísimo Jesucristo coronado de espinas.
Murió Cecilia este lunes en la residencia municipal, acompañada por su hijo, con discapacidad intelectual, cerrando así una existencia humilde que, por uno de esos caprichos del azar que tanto complacen a los dioses menores de la historia, acabó convertida en leyenda global.
Hasta el verano de 2012, Cecilia Giménez era una parroquiana más del santuario de la Misericordia, una iglesia situada a cinco kilómetros del pueblo, encajada en una antigua hospedería del siglo XVI, donde el tiempo parecía haberse detenido entre rezos, humedad y yeso resquebrajado. Aficionada a la pintura, había retocado alguna imagen religiosa sin mayor trascendencia. Nadie —y menos aún ella— podía imaginar que aquel gesto piadoso, casi doméstico, iba a provocar uno de los mayores desparrames culturales de la era de internet.

El detonante fue el Ecce Homo pintado a principios del siglo XX por Elías García Martínez, un artista modesto que solía veranear en Borja y que dejó aquella imagen de Cristo coronado de espinas directamente sobre el muro. El paso del tiempo, la falta de materiales adecuados y la humedad habían ido borrando el rostro hasta convertirlo en una sombra de niebla. Cecilia, que rondaba ya los ochenta años, decidió intervenir. Con buena fe y peor técnica, se propuso salvar lo que quedaba. Los responsables del santuario le dieron permiso. Nadie supervisó nada. El resultado fue lo que el mundo entero acabaría viendo.
El 21 de agosto de 2012, el Heraldo de Aragón publicó la fotografía. A partir de ahí, la realidad se desató como un caballo sin bridas. El Cristo se había transformado en una criatura indefinible, mitad simio, mitad muñeco de trapo, con una expresión que parecía pedir perdón y venganza al mismo tiempo. Aquello no era una restauración fallida: era un nuevo icono. En cuestión de horas, la imagen saltó de los periódicos locales a los informativos nacionales y de ahí al planeta entero.
Jimmy Fallon, Le Monde, The Telegraph, la BBC y decenas de medios internacionales se rindieron ante el fenómeno. En Twitter, el rostro de aquel Ecce Homo se multiplicó en miles de memes. Fue trending topic mundial. Apareció en programas como Saturday Night Live, en los monólogos, en el late show de Conan O’Brien y en series estadounidenses donde nadie sabía situar Borja en el mapa, pero todos reconocían aquella cara imposible, perpetrada por una Cecilia tan famosa fuera de nuestras fronteras como Goya o Velázquez. La pifia se convirtió en arte pop. El desastre, en marca registrada.
Borja, con poco más de 5.000 habitantes, pasó de ser un punto invisible a recibir oleadas de turistas. El santuario de la Misericordia se transformó en lugar de peregrinación laica. Se creó un Centro de Interpretación para explicar el contexto del mural, la historia del pueblo y, cómo no, el milagro involuntario de Cecilia Giménez. La entrada cuesta hoy tres euros e incluye, además del Cristo, el caserón y la experiencia completa de asomarse al error más rentable de la historia del arte.
El fenómeno tuvo derivadas inesperadas. Se produjeron documentales, exposiciones, disfraces de carnaval y hasta una ópera en Nueva York inspirada en el episodio. Bodegas Aragonesas lanzó un vino llamado Ecce Homo de Borja y más tarde, con el consentimiento de Cecilia, se comercializó con la imagen restaurada en la etiqueta, destinando los beneficios a fines benéficos. Una empresa japonesa fabricó llaveros. El Cristo grotesco se volvió global.
Pero detrás del éxito hubo una mujer frágil. Cecilia Giménez sufrió el peso de una fama que nunca pidió. Durante meses fue objeto de burlas, caricaturas y titulares crueles. La avalancha mediática la sumió en una profunda depresión. Pasó de ser una vecina anónima a símbolo planetario sin transición ni protección. Con el tiempo, el pueblo y la opinión pública fueron modulando la risa hacia una forma de ternura. Cecilia acabó siendo vista no como una irresponsable, sino como una figura trágica y entrañable: la mujer que, al intentar arreglar el mundo, lo cambió para siempre.
En 2022 se cumplieron diez años del suceso. Cecilia tenía entonces 91 años. Borja seguía recibiendo visitantes. El Ecce Homo, ya protegido, se había convertido en una reliquia contemporánea. «Hubo un antes y un después», reconocen las webs turísticas del municipio.
Cecilia Giménez no fue una artista pero tampoco una farsante. Y puso a su pueblo en el mapamundi.
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