Jacques Anquetil no pedaleaba, se deslizaba
Mientras el resto de los mortales se retorcía sobre el cuadro en un ejercicio de supervivencia, el normando mantenía una figura imperturbable, casi estatuaria.
Fue el primer gran calculador, el hombre que entendió que el Tour de Francia no se ganaba por centímetros en la montaña, sino por minutos en la soledad de la contrarreloj.
Su figura, retratada en la memoria del ciclismo como la de un aristócrata del esfuerzo, representa una época donde el estilo era tan sagrado como el palmarés.
La historia de Anquetil es, indisolublemente, la historia de su némesis: Raymond Poulidor.
No se puede entender la magnitud de Jacques sin el contrapunto de “Pou-Pou”.
Fue la rivalidad que partió a Francia en dos mitades irreconciliables: la de aquellos que admiraban la perfección gélida y ganadora de Anquetil, y la de quienes se identificaban con la eterna desventura del abuelo de la actual superestrella Mathieu van der Poel.
Mientras Anquetil coleccionaba cinco Tours con la precisión de un relojero suizo, Poulidor se convertía en el campeón del pueblo precisamente por su incapacidad para batir al “Maestro”.
La nostalgia nos devuelve a momentos cumbre como el Puy de Dôme en 1964 o aquella París-Niza de 1966, donde la tensión entre ambos trascendía lo deportivo para convertirse en un asunto de estado.
Anquetil no buscaba el afecto; buscaba la eficacia.
Sabía que su superioridad técnica en las cronos de Lugano o en los campos de Francia era un muro insalvable para el ímpetu, a veces desordenado, de Poulidor.
Hoy, cuando vemos a Van der Poel exhibir esa potencia bruta y ese instinto competitivo, resulta fascinante trazar la línea genealógica hacia atrás.
Sin embargo, Mathieu tiene más de la elegancia técnica de Anquetil de lo que el romanticismo francés querría admitir.
Anquetil fue el precursor de la modernidad: un ciclista que entendía la aerodinámica antes de que se estudiara en túneles de viento y que gestionaba sus fuerzas con una frialdad clínica.
Jacques se fue pronto, dejando un vacío impregnado de perfume de alta sociedad y aroma a tubular quemado.
Fue el hombre que ganó sin despeinarse, el que impuso su ley sobre el asfalto y el que, a pesar de las críticas por su supuesta falta de “panache”, terminó por elevar el ciclismo a la categoría de arte geométrico.

