Una buena restauración es un diálogo y una convivencia. Por eso solo puede hacerse a capas, permitiendo que el pasado hable. También evitando que se imponga. En simple: se trata de cuidar. De intentar que el presente ponga al día los logros originales, a veces restaurándolos, otras subrayándolos y, con frecuencia, simplemente no estropeándolos al actualizarlos. En el mundo contemporáneo es indispensable hacer convivir elementos frágiles con tecnologías antaño inexistentes procurando que su huella en el edificio sea honesta. De eso va este proyecto, de limpieza, honestidad y actualización de la vida burguesa. Frente a un edificio finisecular y modernista de viviendas en el Eixample barcelonés, los arquitectos Anna, Eugeni y Jaume Bach observan el pasado, lo reparan, lo corrigen y tratan de anticiparse al futuro.

La entrada del edificio.Eugeni BachLa solución para abrir la ventana del baño sin renunciar a bajar el techo.Eugeni Bach

En poco más de un siglo, todo ha cambiado en esas estancias. Las cocinas se han ampliado y se han abierto. Los baños se han multiplicado. Ocupan lugares más céntricos y han perdido secretismo. Las normativas de higiene y ventilación han reforzado los tabiques y multiplicado los tubos de aire. El confort y la intimidad se han dado la mano en los aseos donde se ha impuesto la estética clínica marcada por Le Corbusier. Las épocas hablan con la vigencia de sus logros, pero también con lo que agotan. Y, más sutilmente, con lo que intentaron lograr. En las casas de hoy el escaparate, la representatividad, ha dejado paso a la comodidad. El confort le ha ganado la batalla a la imagen. Sin embargo, sería un error pensar que ese cambio de prioridades está reñido con el cuidado, con la cultura e incluso con la belleza: cuidamos la casa que nos cuida.

Este edificio de viviendas centenario que han remodelado los Bach no es un inmueble cualquiera. Es uno de los casi 300 que Enric Sagnier Villavecchia levantó en Barcelona. Sagnier fue un arquitecto modernista, pero también neoclásico en sus primeros edificios: en su vivienda, la Casa Sagnier en Rambla Cataluña, o en la Aduana, que levantó junto al puerto. Llegó a ser incluso neogótico en la Casa Pascual Pons, que arranca el Paseo de Gracia. Y terminó diseñando neomedieval en su edificio más notable —la Caixa de Pensions— y también en el más tardío, que terminó su hijo. Hoy, el Templo Expiatorio Sagrado Corazón, en la cima del Tibidabo, corona la ciudad.

Los arquitectos han achaflanado la entrada a los dormitorios para permitir acceder de forma independiente.Eugeni BachTechos altos, molduras de yeso y detalles en madera conviven en este edificio de viviendas.Eugeni Bach

La vida de Sagnier fue tan legendaria que terminó siendo el arquitecto titular de Montserrat. Sin embargo, lo que determinó su huella fueron las docenas de edificios de viviendas entre medianeras que tejen el urbanismo barcelonés. Uno de esos inmuebles modernistas —con pisos de techos y puertas muy altos y esmerados mosaicos hidráulicos dibujando alfombras cerámicas en el suelo, vidrieras coloreadas y serigrafiadas y rosetones de yeso para colgar lámparas de gas— ha sido remodelado por los Bach con el mismo oficio y cuidado con los que Sagnier trabajó durante 50 años en Barcelona con cristaleros como Antoni Rigalt, forjadores como Carles Torrebadell y mosaiquistas como Lluís Bru.

La intervención en el edificio de Sagnier actualiza los pisos pero no los transforma. Mejora la vida en su interior, pero no los disfraza ni momifica. Con todo, el nuevo trabajo de los arquitectos está plagado de detalles: “El rosetón traviesamente atravesado por el tubo de aire en uno de los techos, o el medio círculo, como un halo, en lo alto de la ventana de un baño para poder abrir las compuertas, sin renunciar a bajar el techo para esconder las instalaciones”, muestra Eugeni. Los cambios no son solo limpieza y técnica. “Los colores de los techos y las paredes son distintos en cada piso. Derivan de las cerámicas hidráulicas que dibujan alfombras en las estancias”, explica Anna. Pero conviven con los zurcidos cerámicos en gris que señalan los lugares donde esas cerámicas eran irrecuperables.

Las baldosas hidráulicas del suelo son originales e inspiran los colores de paredes y techos.Eugeni BachLas vidrieras también reflejan la colaboración de Sagnier con artesanos de su tiempo.Eugeni Bach

A los pisos se accede por el centro, al lado de la calle queda la vida privada: los dormitorios. Ahí, unas marcas de madera en el suelo evocan el antiguo perímetro de las habitaciones. Los dormitorios tienen ahora una entrada achaflanada para poder llegar a uno sin atravesar el otro. Esas decisiones, como también la de acercar la cocina al comedor, o la de disimular la marca del hueco del ascensor, indican cambios de época. Son correcciones. Por eso hay altura y dignidad en este diálogo. El mismo cuidado existe en las encimeras de Macael que buscan la vida eterna en los nuevos baños y cocinas. Los dameros rojiblancos de esos suelos son también de cerámica, como los pavimentos originales. Actualizan la ambición arquitectónica.

Anna y Eugeni Bach soñaron con trabajar juntos cuando se conocieron. Tenían 20 años y fue en una fiesta. La fiesta era en el edificio Finlandia-talo de Alvar Aalto. Acababan de empezar a estudiar Arquitectura. Anna es finlandesa y sus primeros proyectos dejan ver la marca nórdica del trabajo con la madera, del juego, el color y el cuidado por los materiales, el medio ambiente y la buena vida. Han pasado 30 años. Anna habla perfectamente catalán y castellano. “Hemos sabido mezclar distancia y cercanía”, dice. Y es cierto que sus proyectos siguen empleando madera que abriga. Aquí, un zócalo alto y verdoso recorre, unificándolas, todas las estancias de la casa. “Se confunde con armarios y con puertas, que ocultan un baño”, indica Eugeni. Esa parte lúdica es también marca de la casa en el trabajo de Jaume Bach, el padre de Eugeni con el que Anna trabajó al llegar a España.

Los arquitectos han achaflanado la entrada a los dormitorios para permitir acceder de forma independiente.Eugeni BachTechos altos, molduras de yeso y detalles en madera conviven en este edificio de viviendas.Eugeni Bach

Desde este edificio se aprecian los cambios que dibujan otra Barcelona. La magia de las chimeneas de la Pedrera, y las curvas que asombraron a los barceloneses a principios del siglo XX, seguirán deslumbrando a los nuevos habitantes de estos pisos. Pero esos inquilinos ya no serán los burgueses de las provincias que poblaron el ensanche. Idelfonso Cerdà ideó patios de convivencia vecinal. Algunos han sido recuperados. Otros se han convertido en jardines de hoteles de lujo. Sucede en este patio de manzana. La propia casa que Sagnier hizo para él y su familia es hoy el hotel Casa Sagnier. El papa Pio XI hizo marqués a Enric Sagnier en 1923. En su escudo nobiliario el arquitecto habló de casas. Y de belleza: “Señor, amé la hermosura de tu casa”, escribió ese hombre polifacético, un notable violinista, que eligió la arquitectura para experimentar en la vida. Los Bach recogen ese legado. Y juegan con él.