“Soy yo, en un momento un poco difícil, es un autorretrato”, dice Be Fernández (Madrid, 32 años) mientras señala un bodegón colgado en la pared en el que se ven un paquete de Malboro, una cadena dorada con su nombre —Blanca— un cubo de Rubik, unas píldoras y una cámara de fotos, entre otros objetos. Todos, a punto de ser devorados por una llamarada. “El cuadro es como un sueño: yo sueño que se está incendiando la casa donde estoy y en lugar de huir trato de ir al incendio para salvar mis cosas, sin ese instinto de supervivencia de alejarte de las llamas. Es un fuego que quema todo lo que yo era y ya no soy”, desgrana la artista, que llama a estas piezas “retratos simbólicos”. El primero se lo hizo a su madre: “Empezaba una nueva vida, se mudó de casa y quería hacerle algo especial, pero pintar un retrato se me quedaba muy pobre y le hice un bodegón que era ella. Luego descubrí que los bodegones han estado muy asociados a la pintura femenina, porque como las mujeres no tenían acceso a las academias pintaban con lo que tenían a mano; ha habido bodegonistas maravillosas a lo largo de la historia. Me encanta la capacidad simbólica que tienen y las historias que permiten contar”.

El sótano de su estudio.Antártica

La luz de Sorolla la impresionó la primera vez que la vio, recuerda que fue la obra Triste herencia, con los niños enfermos entrando al mar. Su padre era profesor de Historia del arte en un instituto (ahora, ya jubilado, da clases de acuarela) y coleccionaba la revista Madriz: “Yo aprendí a dibujar con los cómics que él guardaba en mi cuarto, en especial con esa publicación de viñetistas españoles de los años ochenta. También me gustaban mucho los paisajistas, como William Turner y Claudio de Lorena, sus cuadros me transportaban a esos lugares”. Los perfilados de sus obras beben del cómic, el anime y esos ilustradores de la Movida, sus colores son intensos, el arte urbano fue su punto de partida, tenía hasta un tag [firma], Alerta: “Hacía stickers con mi firma y también paste-up con un amigo, dibujábamos en rollos de papel grandes y los pegábamos por las noches, cocinábamos nosotros mismos el pegamento. Del mundo del grafiti admiro que generalmente es un arte muy sincero, porque nace de la nada, normalmente es anónimo, nadie lo asocia a tu cara, no te va a dar fama, se hace por disfrutar, pasión y diversión, no por mostrarte”.

Sobre su tocadiscos, dos de sus “retratos simbólicos”.Antártica

Sentada en un taburete de su pequeño estudio a pie de calle en el madrileño barrio de Ventas, donde creció, Fernández cuenta que siempre dibujó, pero no creía que se pudiera vivir de ello, por eso estudió Publicidad en la Complutense (en lugar de Bellas Artes) y luego hizo un máster de experiencia del usuario (UX), lo que la llevó a trabajar en una agencia. “Fue por el miedo a no saber si esto podía ser una profesión”, explica, “diría que yo me he criado toda mi vida pensando que esto realmente no podía ser un trabajo”. Se fue de Erasmus a Milán y allí comenzó a desenvolverse en las redes sociales. Estas plataformas —primero Instagram, luego TikTok— la han ayudado a labrarse una carrera, a darse a conocer. “Han tenido muchísima importancia porque me han permitido llegar yo sola a mundos donde creo que en otra época no habría llegado, antes tenías que conocer a cierta gente, estar en ciertos círculos…”, argumenta, “en cierta manera las redes democratizan el acceso, pero tienen otra cara tóxica, pueden limitar el proceso creativo y es muy fácil que caigas en la obsesión de estar casi trabajando para la red social en lugar de buscar tu propia expresión interior y honesta”.

Para ella son parte de su día a día, graba mientras trabaja, ya sea con pinceles frente al lienzo, con los espráis que la ayudan a matizar texturas o cuando ilustra en digital con su tablet. “Sé más o menos qué planos funcionan y dejo el móvil grabando en los momentos que ya sé que podré utilizar luego ese contenido”, indica. Sus primeros encargos, ilustraciones comerciales, surgieron a través de mensajes directos. Repartidos por su estudio se ven frutos de algunas de esas colaboraciones, como los correctores que hizo para Maybelline o la caja de pizza que diseñó para NAP. También dibujó pegatinas para el lanzamiento de la colaboración de New Balance y Miu Miu, pintó murales para McDonald’s o Coca-Cola Music Experience… “Tenía 27 creo cuando dejé mi trabajo, llevaba ya años teniendo encargos y cobrando dinero como ilustradora. Soy una persona un poco cuadriculada, me daba miedo dar un salto al vacío, no me atreví a hacerlo hasta que noté que los ingresos eran muy similares, aunque con este trabajo el vértigo no desaparece, porque no hay una nómina a fin de mes”, reconoce, “me he montado una estructura para sobrevivir, soy ilustradora, muralista y trabajo obra física, porque vivir solo de la obra física es casi imposible, es de los pocos trabajos en los que se normaliza e incluso se romantiza la precariedad, el no llegar a fin de mes”.

Be Fernández en su estudio del barrio de Ventas, en Madrid. Detrás de ella, en el caballete, su obra gráfica ‘Fallin’, una serie numerada de 20 piezas en giclée que ha creado para Gunter Gallery. “Representan el dejar las cosas atrás, dejar paso a nuevas formas de vida, a nuevos colores, a nueva luz, como un cambio de estación”, explica.Antártica

Si para afianzar su técnica en sus inicios hizo un curso de ilustración, en estos momentos está aprendiendo a trabajar el barro. “Me gustaría dar una nueva dimensión a mis obras, probar con la escultura”, avanza. También ha lanzado recientemente una serie limitada de obra gráfica de uno de sus bodegones con Gunter Gallery. “Fue totalmente libre, quise trasladar lo que hago en mis lienzos, esos retratos simbólicos que parecen bodegones”, explica. Muchos de sus cuadros han acabado en Estados Unidos, en Texas, Nueva York o Wisconsin, ahora justo está trabajando en uno para una familia suiza: “Me reuní con ellos por videollamada y me quedé con rasgos de su personalidad, hago paisajes interiores con los objetos. Suelo empezar con un apunte en papel que no entendería nadie, formas geométricas, algo esquemático, luego hago un boceto digital y después lo traslado al lienzo”. Todo un proceso, una intención, que cree que no puede suplir la inteligencia artificial: “La IA puede ser un peligro porque bebe de la creación humana, está utilizando ese trabajo para generar contenido, eso es peligroso. No sé si seré demasiado optimista, pero siento que en realidad a la gente le cansan esas imágenes y valora y nota la diferencia. Cuando algo está hecho con IA se ve muy artificial y hay algo en nosotros que lo rechaza. Incluso puede hacer que valoremos más lo que está hecho por la mano humana y por la visión personal”.