Diario ABC, 28 de enero de 1924. Sección, ecos de sociedad: «En la residencia de la señorita Isabel Llorach se ha celebrado una elegante reunión a la que asistió Vera Vergani, acompañada de Luigi Cimara. Se sirvió el té y los aficionados al … baile se dedicaron a éste mientras interpretaba un notable terceto los bailables más en boga». Así se informaba hace cien años de una de las celebérrimas fiestas que la mecenas y promotora cultural Isabel Llorach, mujer adelantada a su tiempo que simbolizó como nadie el gusto burgués por la cultura y la excelencia. Ofrecía cada semana una gran celebración en su palacete de la calle Muntaner de Barcelona. Allí se podía esperar cualquier cosa. Vergani y Cimara eran entonces los dos actores más famosos de Italia, pero por esa casa pasaron también Picasso, el novelista Andrè Maurois , el bailarín Vaslav Nijinsky, la gran cantante y starlet Josephine Baker o el genio del tango Carlos Gardel, entre muchísimos otros. Los locos años 20 fueron todavía más locos en la Casa Llorach y sus fantásticas historias han circulado por la alta burguesía catalana durante décadas.
Llorach se convirtió en una especie de Gran Gatsby a la catalana. Al ser una mujer poco convencional, su figura siempre estuvo rodeada de admiración y misterio. Nació en el seno de una familia acomodada que hizo fortuna gracias al descubrimiento de unas minas de aguas medicinales. Al morir su padre, con su herencia se dedicó a promocionar las artes y vivir una vida libérrima. Pronto se convirtió en la gran protagonista de la vida social barcelonesa, atrayendo en su casa a las primeras espadas de todas las artes, del teatro al cine, pintura, danza o música. Fue una Peggy Guggenheim más atrevida. Nunca se casó, ni tuvo hijos, pero se volcó desde el principio en convertir Barcelona en una nueva París exportadora de mística y vanguardia.
Ella fue, por ejemplo, la musa, mecenas y mejor amiga de todos los pintores modernistas. Con Santiago Rusiñol se paseaba disfrazada por la zona alta de la Ciudad Condal, ella vestida de cura y él de monja. Con Utrillo se reunía casi a diario y se daban mutuamente consejos, mientras ella le hacía encargos de pintar los decorados de obras de teatro. A Ramon Casas le aconsejó que utilizara su talento para pintar retratos. Ella misma le encargó el primero. Ese retrato ahora está en el despacho del alcalde de Barcelona, lo que certifica su importancia en una ciudad que la debe mucho. «Casas no quería hacer retratos porque decía que no tenía el nivel. Incluso en el cuadro que hizo de Llorach no pintó sus manos, ocultas por el vestido, porque decía que no sabía cómo hacerlas bien todavía, pero ella lo convenció. Siempre fue muy persuasiva», recuerda Javier Baladía, familiar de Llorach y comisario de la exposición que cierra los actos del 150 aniversario de esta impresionante, pero desconocida figura.
Casa Llorach epicentro cultural donde Gardel, Baker y Nijinsky brillaron gracias al impulso de su anfitriona
La Fundación Rocamora, institución de otro gran mecenas cultural de principios del siglo XX y amigo y colaborador de Llorach, acoge ahora una exposición que muestra la valentía y el atrevimiento de una mujer que luchó toda su vida contra los convencionalismos y creyó siempre en que la cultura era el único camino para el progreso. Para ello, intentó reclutar en su casa a la plana mayor de la inteligencia europea. Organizó, por ejemplo, las llamadas reuniones intelectuales ‘Conferencia Club’, donde grandes personalidades de la cultura hablaban sobre su trabajo. Por allí pasaron el conde de Keyserling, Ortega y Gasset, Paul Valéry, Walter Gropius, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca o Giuseppe Ungaretti, entre muchos otros. Primero los alojaba en el Ritz, luego los acompañaba a la conferencia con su espectacular Rolls Royce, el mismo coche que tenía el rey de Inglaterra. Al acabar, iban a comer y pasear por la ciudad y cerraban la jornada con sus fiestas homenaje en Casa Llorach, el Studio 54 de la época, donde se mezclaban todo tipo de personas para pasar las noches más memorables.
La anfitriona tenía don de gentes y sabía divertir y divertirse. Hablaba múltiples idiomas, incluso el ruso, país donde vivió una temporada. Una noche de 1917, el bailarín Nijinsky se enfadó tanto con su amante, Sergei Diaguilev, el célebre responsable de los Ballets Rusos, que se negó a actuar en el Liceo. Llorach tuvo que intervenir para calmar los ánimos y consiguió que Nijinsky recapacitara. No fue fácil, peor al final no sólo actuó en el Liceo, sino que también consiguió que la Casa Llorach se convirtiera en el escenario más elegante y entregado del mundo, en una noche tan llena de adrenalina y entusiasmo que la pasión desenfrenada del bailarín a punto estuvo de llevarlo a la cárcel si no fuera por la intervención final de Francesc Cambó, otro de los íntimos amigos de la mecenas. «Se llevaba bien con todo el mundo, desde todos los espectros políticos. A pesar de tener muchos amigos republicanos, el rey Alfonso XIII siempre la llamaba cuando estaba en la ciudad y quería escaparse de su séquito. Era una mujer cosmopolita, llena de sensibilidad e inteligencia, que se sabía fea, por lo que potenciaba todavía más su elegancia y clase», recuerda Baladia.
Gardel, su gran hallazgo
Entre sus muchos logros está, por ejemplo, introducir a Carlos Gardel al público general y convertirlo en figura internacional. Una de sus actuaciones programadas en Casa Llorach tuvo que cancelar a última hora y, para sustituirla, la mecenas se acordó de un joven cantante que había visto hacía poco en un pequeño tugurio del centro y no dudó en traerlo a su casa. A partir de aquí, el nombre de Gardel se expandió como la pólvora. También introdujo en España a Maurice Chevalier o a una jovencísima Josephine Baker, que ya era una estrella sin par en Europa.
La exposición cuenta con diferentes objetos que pertenecieron a Llorach, como un vestido de montar a caballo, un vanguardista frasco de perfume o un libro dedicado del escritor francés André Maurois, por aquel entonces toda una celebridad. También se incluye el título que le entregó la República Francesa por su papel en la promoción de las artes. «Con su muerte, al no tener descendencia directa, se perdieron muchos objetos de su legado. Siempre se interesó más por devolver a la sociedad lo que sus privilegios le habían dado a través de la promoción de las artes y las ciencias que en coleccionar obras de arte», afirma Baladia.
Isabel Llorach moría en 1954 a los 70 años. Lejos quedaban aquellos dorados años 20 de cultura y desenfreno, pero nunca abandonó su compromiso con las artes. Al final de su vida, tuvo que vender la célebre Casa Llorach, demasiado grande para una persona sola. Además, necesitaba líquido después de años y años de dispendios por sus prácticas de mecenazgo. Pionera en el marketing y en vender marca personal, revolucionó el encorsetado mundo burgués de la época y le abrió la mente y la imaginación. Barcelona acabó por olvidarla, y no queda ni rastro de ella, ni una placa, ni una calle, ni una fundación, nada. Hasta ahora. «Parece mentira que una persona así, que dio tanto a la ciudad, haya caído en el olvido. Este aniversario ha conseguido recuperar su figura, pero todavía merecería mucho más. Ella solía reírse resignada. Si no eres futbolista, qué esperas, solía decir», concluye Baladia.