Matías Almeyda se asemeja ese niño que esta mañana descubre con una sonrisa nerviosa los regalos, casi que rompe el envoltorio y se pone a jugar con ellos sin saber bien cómo funciona. Si lleva pilas, ni se las pone. Trata de forzarlos, de … hacerlos funcionar aunque en su fuero interno sepa que no es posible. Es una metáfora de cómo se siente el entrenador argentino con su Sevilla y esa idea de juego que no terminar de hacer llegar a sus hombres. O ellos no se sienten del todo cómodos al desarrollarla. Si juega con tres centrales, le cuesta un mundo generar ocasiones, aunque es menos vulnerable. Si juega con defensa de cuatro, sobre todo si va por detrás en el marcador, por mucho que tenga más hombres para intentar crear peligro, se convierte en un juguete roto en manos de cualquier adversario. No es capaz de caminar como un funambulista. Siempre cae. Una y otra vez. La derrota ante el Levante, con Almeyda fuera del banquillo, demostró que el argentino toca muchas teclas, a veces más de la cuenta, y su Sevilla es de los clubes que más pierden en Primera: diez derrotas en menos de una vuelta. Una auténtica losa. Y muchos de esos lamentos han llegado tras cambiar de plan sobre la marcha por ir cayendo por un gol. Por agitar. Por revolucionar a un equipo, que por su falta de calidad vive por encima de las deseadas revoluciones, y comete terribles errores por esta circunstancia.

La única realidad es que a Matías Almeyda, para su idea de fútbol, en el Sevilla y cualquier equipo bajo sus órdenes está mejor colocado en el campo con cuatro atrás porque le permite mejor esa defensa hombre a hombre que está dentro de su libreto, no teniendo que descolgar al centro del campo en tantas y tantas ocasiones a uno de sus centrales para perseguir al mediapunta rival. Pero en el Sevilla la calidad de los defensas brilla por su ausencia, debiendo utilizar a jugadores no tan habituados a la posición como Carmona, al que volvió loco ante el Levante con hasta tres cambios de posición. Probablemente, llegará un momento en la trayectoria de Almeyda en el Sevilla, de ser prolongada, que jugar con cuatro atrás y más hombres por delante de la posesión de la pelota será lo correcto. En esta época, a su equipo le cuesta la vida mantenerse a pie con un sistema donde sus centrales quedan muy expuestos. La manta está dejando claro que se pasa frío.

Porque cuando la primera gran crisis del curso golpeaba al equipo, unidas a las numerosas bajas por lesión que parecen perennes en Nervión, el entrenador decidió que necesitaba regresar a la defensa de cinco. Empató en Valencia, quedándose a dos minutos de la victoria; goleó al Oviedo; y debió sumar algo en el Bernabéu. Copió el sistema ante el colista de Primera. No hizo buen primer tiempo, aunque tuvo algún acercamiento par marcar, calcando otras malas primeras mitades del curso en casa. Intrascendente. Sin embargo, recibió un gol evitable en el alargue al llegar la jugada precisamente por dentro, donde alguno de sus tres centrocampistas pecó de excesivas bajas revoluciones. Ese gol lo incendió todo. Otra vez. Provocó que Almeyda buscase embotellar a un rival menor, al que sólo había que buscar con mejores elementos ofensivos, no con más ante un adversario encerrado, que podía coger una contra peligrosa, como así fue, demostrando que el Sevilla es un equipo de mantequilla, al que cuando se atempera un poco cualquier puede hacerle daño.

Almeyda, al descubierto

Toda lectura de la derrota, posiblemente más dolorosa del curso, hubiese cambiado si la puntería del Sevilla hubiese sido distinta. Los remates brillaron por su ausencia, no así los acercamientos, con pases al área que no encontraron rematador. La mejorada versión de Alexis le ha convertido en el completo perfecto para cualquier delantero, muy por delante de Peque, quien siempre necesita cuatro toques antes de buscar una solución a la jugada, perdiendo la ventaja de la misma. El chileno ha recuperado la chispa y ve los espacios antes que los propios compañeros, quienes no dan pases tensos temerosos de perder la pelota. No así el número diez, quien también se enfada cuando sus compañeros no son capaces de completar o finalizar sus jugadas. Una prueba fue en el Santiago Bernabéu, donde encontró todo tipo de facilidades para poner a sus compañeros de gol. Y estos no lo encontraron. Falta puntería porque no hay calidad en el remate.

La prueba más evidente es la de Isaac Romero. Tenía la oportunidad de reivindicarse ante la baja de Akor Adams, en la Copa de África, y lo único que ha hecho es hundirse en su propio agujero negro, del que no sale desde que tiene la responsabilidad real de llevar el peso de área del Sevilla. Para tratar de quitarse toda la mochila que arrastra desde hace tiempo, incluso pidió lanzar un penalti que parecía intrascendente al lanzarse en el alargue. Lo disparó sin convencimiento, como su propio fútbol desde hace mucho tiempo a esta fecha, que ha perdido su esencia por culpa de falta de hambre, pero sobre todo de físico, lo que resaltaba dentro de sus cualidades antes de dar el salto a la élite. Se ha amoldado al primer nivel buscando excesivas comodidades, también dentro de su juego, lo que le están convirtiendo en un jugador del montón. Ya no pelea igual ni gana balones por golpear con la cadera al central en el cuerpeo. No puede. Se está quedando y el equipo necesita otro delantero, por si Akor tarda en llegar o tiene algún problema. No se puede contar ni esperar más tiempo a Isaac.

Eso lo sabe Almeyda, quien ya no se calla la boca en público para reclamar al menos un poco de gol antes de que el proyecto salte definitivamente por los aires. No renunciará. Ya lo ha dejado claro. Es hombre de ideas firmes. Pero tampoco quiere cargar con el muerto de un Sevilla a la deriva, al que nadie socorre. El director deportivo alega que no hay dinero para firmar y sólo están centrados en las ventas. El club, por contra, que está en un proceso de venta del que no sabe cómo ni cuándo saldrán del mismo. Y la afición cansada de estar así. A Almeyda se le va cayendo la máscara de magia y simpatía. Un entrenador de método. Que no sabe o no encuentra cómo aplicarlo.