Entronizada con solo 14 años, Alissumoye Diedhiou acaba de cumplir un cuarto de siglo en el trono de Usui, un reino tradicional en el sur de Senegal. Su mandato se enfoca esencialmente en la garantía de los derechos de las niñas, tal vez porque ella misma se identifica como víctima de un matrimonio precoz y forzado, pese al honor que siente al haber sido elegida reina por los ancestros de la localidad.
Nos recibe en su casa mientras ordena con brío el pequeño salón que hace de antesala a su habitación. Nada en sus modestos aposentos permite intuir que Alissumoye Diedhiou (Cabrousse, 1986) es la soberana de las cerca de 50.000 personas que habitan el reino de Usui, en el sur de Senegal. En las paredes de la estancia cuelgan fotografías de su entronización, en el año 2000, retratos junto a su marido, el rey Sibulumbaï Diedhiou, y otras imágenes en las que aparece rodeada de jóvenes sonrientes. Sobre la mesa, una gran televisión de pantalla plana emite una serie romántica nigeriana.
La reina se prepara con rapidez para la entrevista: se engalana con un vestido tradicional y se ciñe una corona de abalorios y conchas que porta en señal de respeto. En una mano sostiene un cetro real hecho con cola de vaca; en la otra, un móvil última generación que no deja de sonar.
Antes de partir hacia el bosque sagrado, se despide de las otras tres esposas del rey. Solo ella tiene el título de soberana, pero todas conviven en la amplia hacienda de barro decorada con fetiches y carteles. En el de la entrada se anuncia una campaña de diagnóstico precoz del cáncer de mama bajo el lema “Octubre Rosa”. Así vive Alissumoye Diedhiou y así es su reinado: navegando entre el respeto a las costumbres ancestrales y un halo de modernidad acorde con los tiempos, en el seno de una de las sociedades tradicionales más sólidas y reconocidas de África Occidental.
En una mano, Diedhhiou sostiene un cetro real hecho con cola de vaca; en la otra, un móvil última generación que no deja de sonar. Marta Moreiras
En las paredes de su casa cuelgan fotografías de su entronización, en el año 2000, cuando tenía solo 14 años, y retratos junto a su marido, el rey Sibulumbaï Diedhiou.Marta Moreiras
Fotografía de la hacienda de barro en donde vive Diedhiou.Marta Moreiras
El salón que hace de antesala a la habitación de Diedhiou.Marta Moreiras
Pregunta. Lleva un cuarto de siglo siendo la Reina Madre de Usui, al que llegó muy joven. ¿Qué balance hace de estos 25 años?
Respuesta. Mis inicios fueron muy complicados, yo era muy joven y no sabía qué era la monarquía: llevábamos 16 años sin rey, ya que el anterior había fallecido en 1984 y yo nací en 1986. A través de un sueño, los ancestros me comunicaron que era la elegida para este puesto, lo que poco después de la entronización del rey Sibulumbaï Diedhiou, en 2000, refrendó el consejo real de Usui. Al principio no estaba preparada para la vida que me tocó, era muy joven. A los 16 años ya era madre y luego se fueron sucediendo los embarazos mientras aprendía a ser reina. Una de mis misiones es escuchar a la población. Al principio, cuando alguien venía a contarme sus problemas, me costaba gestionar mis propios sentimientos y me afectaban mucho las historias. También tuve que aprender a mirar a los ojos a las personas mayores, ante las que, por respeto, una joven debe bajar la mirada. Hoy me siento fuerte y en paz conmigo misma y siento que no hay dificultad que no pueda resolver. En 25 años he acumulado muchas experiencias que me han fortalecido, aunque seguimos viviendo dificultades.
P. Uno de los ejes de su mandato es su compromiso con los derechos de las niñas y mujeres, dentro y fuera de su comunidad. ¿Cuáles son sus principales reivindicaciones en ese sentido?
R. Me casaron muy pronto, con 14 años. No es una edad apropiada para contraer matrimonio, aunque aquí se acepte culturalmente. Reconozco que fui víctima de un matrimonio precoz y, en cierto modo, forzoso. Por eso me comprometí con el cuidado de las niñas de entre nueve y 25 años, para apoyarlas en su educación y hacerlas conscientes de sus derechos. Debatimos entre hermanas en una asociación que tenemos que se llama “Batuyaay” que en nuestra lengua diola quiere decir “sororidad”. Hablamos sin tabúes de cuestiones que les preocupan y sobre las que a veces nos cuesta encontrar respuesta: la vida está en constante cambio y hay que saber moverse con los tiempos sin perder nuestros principios. También las apoyo en su escolarización, sobre todo a aquellas que viven fuera de los pueblos y tienen dificultades para acceder al colegio. A nivel internacional tengo un compromiso como embajadora de ONU Mujeres para luchar contra los matrimonios precoces y la mutilación genital femenina, así como otras formas de violencia contra las mujeres. Considero que esto forma también parte de mi papel de reina.
P. ¿Cómo es un día normal en la vida de una reina?
R. Normal (risas). Antiguamente, la reina convivía con un séquito de mujeres jóvenes que se ocupaban de sus necesidades cotidianas. Pero las cosas han cambiado y, como toda madre, mi mayor preocupación es que mis hijos estudien y tengan todo lo que necesiten. Así que llevo una vida de ama de casa, de mujer diola ordinaria: barro, friego, pilo el arroz, cocino… Combino eso con mis tareas de recibir gente que viene a comunicarme sus necesidades personales o sociales y de realizar las ceremonias sagradas en el bosque sagrado junto al rey. Vivo entre el patio de mi casa y el palacio real.
P. ¿Cómo sobrevive financieramente?
R. Ni el rey ni yo tenemos salario y llevamos una vida austera. Vivimos de lo que la gente nos da y debemos gestionarlo con responsabilidad, priorizando la salud y la educación de nuestros hijos, ya que ante una necesidad económica no estaría bien tener que pedir dinero. Ha habido momentos en los que me ha costado llegar a fin de mes.
P. El Reino de Usui, que comprende 22 pueblos, es una referencia internacional en la gestión de desafíos contemporáneos desde un punto de vista tradicional. Las directivas del rey, siempre consensuadas, son acatadas sin vacilar por la población. ¿Podría compartirnos algunas de las estrategias que usan para ello, usted y su marido?
R. Nuestro principal mandato es garantizar la cohesión social y la paz. En nuestra comunidad nos encontramos con toda suerte de conflictos: territoriales, agrícolas, familiares o vecinales, incluyendo robos o disputas entre etnias. Nuestra población se enfrenta también a importantes retos económicos, por lo que cultivamos colectivamente arroz con el fin de distribuirlo entre los que más lo necesitan. Cuando las personas sufren un conflicto, las escuchamos y dialogamos con ellas sin prejuicios. Cuando alguien se equivoca, debe pedir perdón a la comunidad. Nuestra religión tradicional nos da herramientas para la gestión de estos conflictos, sobre todo a través de las prohibiciones o tabús (ñi ñi en diola) y los momentos de comunión a través de la veneración de nuestros fetiches.Personalmente, como autoridad moral de esta realeza que representa a las mujeres, me aseguro de que nada de lo que pueda decirse las pueda ofender ni herir.