Durante más de siete décadas, Europa ha confundido paz con ausencia de guerra en su territorio. La confusión ha sido cómoda, rentable y políticamente útil. También ha sido posible gracias a una anomalía histórica: la externalización casi total de su seguridad a Estados Unidos. Hoy, cuando esa anomalía empieza a resquebrajarse, la Unión Europea se enfrenta a una verdad incómoda: sin capacidad militar propia no se puede hablar seriamente de paz.
La guerra en Ucrania no ha creado este problema; lo ha revelado. Lejos de ser un paréntesis, el conflicto ha puesto de manifiesto una constante estructural: Europa no es un actor estratégico pleno. Es un espacio económico sofisticado protegido por un paraguas ajeno. Mientras ese paraguas exista, la ilusión puede mantenerse. Cuando se debilita, la fragilidad queda al descubierto.
La UE ha sido extraordinariamente eficaz en transformar la interdependencia económica en estabilidad interna. Ha sido mucho menos capaz de traducir su peso económico en poder coercitivo externo. Esta asimetría —poder económico, enano militar— fue durante décadas asumible. En el contexto actual, se ha convertido en un riesgo sistémico.
La paz como subcontrata
Desde 1945, la paz europea no ha sido una construcción autónoma, sino una subcontrata estratégica. La OTAN, es decir, Estados Unidos, ha garantizado la disuasión última frente a amenazas existenciales. A cambio, Europa ha ofrecido alineamiento político, mercados abiertos y un relato normativo sobre el multilateralismo. El acuerdo funcionó mientras Washington estuvo dispuesto a pagar la factura sin demasiadas preguntas.

«No es solo el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, sino una tendencia más profunda: Estados Unidos se percibe cada vez menos como garante permanente del orden europeo»

Ese equilibrio se está erosionando. No solo por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, sino por una tendencia más profunda: Estados Unidos se percibe cada vez menos como garante permanente del orden europeo («Esta no es nuestra guerra. Es una guerra en otro continente…» ha dicho estos días el Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, sobre el conflicto en Ucrania) y cada vez más como una potencia global con prioridades en Asia. La cuestión ya no es si EE. UU. puede defender Europa, sino si quiere hacerlo indefinidamente y en las condiciones que Europa considera normales.

Hablar de «paz» y de cumplimiento del derecho internacional en este contexto sin hablar de poder es un ejercicio de cierto autoengaño. La paz no es una declaración de principios; es una relación de fuerzas.

El fetichismo de la diplomacia
La Unión Europea se define a sí misma como una potencia normativa. Prefiere reglas a cañones, tratados a tanques, diplomacia a disuasión. Esa preferencia no es que sea ilegítima; es incompleta. La diplomacia tiene que estar respaldada por poder creíble.

«El resultado de la Wandel durch Handel alemana no fue la moderación del Kremlin, sino su envalentonamiento»

La relación con Rusia lo ilustra con claridad. Durante años, Europa confundió comercio con influencia y dependencia energética con estabilidad: la Wandel durch Handel alemana. El resultado no fue la moderación del Kremlin, sino su envalentonamiento. La invasión de Ucrania no fue un fallo de valores, sino un fallo de disuasión.

Europa reaccionó con sanciones, ayuda financiera y apoyo militar indirecto. Todo ello fue necesario. Nada de ello ocultó el hecho central: sin Estados Unidos, Ucrania habría caído. Y sin Ucrania como amortiguador geopolítico, la frontera oriental de la UE sería hoy un problema militar inmediato. De hecho hoy, en parte, la UE tiene una respuesta tibia con Estados Unidos por el indispensable rol que tiene Estados Unidos en el conflicto Ucrania–Rusia

Lo que dice la teoría (aunque Europa prefiera ignorarlo)
Además, la idea de que puede haber paz sin poder carece de respaldo teórico sólido. Desde Max Weber y Charles Tilly, que vincularon el orden político al monopolio legítimo de la violencia, hasta los realistas como Hans Morgenthau, Kenneth Waltz o John Mearsheimer, la teoría internacional converge en una premisa básica: la paz no es una aspiración moral, sino el resultado de una relación de fuerzas estable. Incluso las tradiciones más institucionalistas, representadas por Robert Keohane o Hedley Bull, asumen que las normas y las instituciones solo funcionan cuando están respaldadas por una capacidad coercitiva creíble. En términos estratégicos, como subrayó Thomas Schelling, la paz depende de la disuasión, es decir, de la capacidad de imponer costes inaceptables al agresor. Una comunidad política que carece de control autónomo sobre su fuerza militar no garantiza su paz; la delega. Y toda paz delegada es, por definición, condicional.

¿Ejército europeo o ficción reconfortante?
La idea de un ejército europeo provoca reflejos defensivos automáticos. Se invoca la soberanía nacional, la duplicación con la OTAN, la falta de voluntad política. Todos son obstáculos reales. Ninguno invalida la necesidad.

«La pregunta no es si Europa quiere un ejército común. Es si puede permitirse no tenerlo»

Hoy, Europa tiene 27 ejércitos que gastan mucho y rinden poco. La fragmentación industrial y operativa es un lujo que solo puede permitirse quien no espera combatir. La guerra en Ucrania ha demostrado que Europa no puede sostener un conflicto prolongado sin recurrir masivamente a arsenales estadounidenses.
La pregunta no es si Europa quiere un ejército común. Es si puede permitirse no tenerlo.

El euro como precedente 
Europa ya cruzó una vez el Rubicón de la soberanía. Lo hizo al crear el euro. La moneda única no fue un gesto técnico, sino una cesión profunda de uno de los atributos esenciales del Estado moderno: el control de la política monetaria. Los Estados aceptaron disciplinarse porque entendieron que el coste de no hacerlo era mayor que el de compartir soberanía.

«Si Europa pudo mutualizar la moneda resulta cada vez menos defendible que no pueda mutualizar la seguridad, condición previa de la supervivencia política»

El resultado ha sido imperfecto, pero irreversible. El euro se ha convertido en una infraestructura básica del poder europeo. Si Europa pudo mutualizar la moneda —herramienta clave para la prosperidad— resulta cada vez menos defendible que no pueda mutualizar la seguridad, condición previa de la supervivencia política.
La experiencia de la gobernanza del euro ofrece un modelo inspirador para pensar en un ejército único europeo. Así como la eurozona combina una autoridad central fuerte —el Banco Central Europeo— con la coordinación y supervisión de los Estados miembros, un ejército europeo podría articularse alrededor de un Estado Mayor común que tome decisiones estratégicas, mientras que las fuerzas nacionales mantienen cierto grado de autonomía operativa. Este diseño permitiría una defensa coherente, interoperable y rápida ante crisis comunes, evitando duplicidades y dispersión de recursos, al mismo tiempo que preserva la soberanía relativa de cada país. La lección es clara: la coordinación obligatoria, las reglas compartidas y la supervisión efectiva son herramientas que ya han funcionado en el terreno económico y podrían ser decisivas para la seguridad y la relevancia global de Europa en un mundo cada vez más multipolar.

Ausencia de debate estratégico en España: una anomalía preocupante
Paradójicamente, uno de los países que más debería estar impulsando este debate es España, pero hasta ahora lo ha hecho de forma demasiado tímida. Como señalé en una reciente Brújula, persiste en amplios sectores políticos y sociales la idea de que la guerra es un fenómeno lejano, casi ajeno, una percepción alimentada por décadas de externalización de la seguridad y por la convicción —errónea— de que la diplomacia, por sí sola, basta para preservar la paz.

«España —si quiere que su defensa del multilateralismo sea algo más que una declaración— debería situarse entre los principales impulsores de un ejército europeo capaz de sostener, llegado el caso, ese mismo orden jurídico que reivindica»

En este contexto, el presidente del Gobierno hace bien en defender una respuesta firme frente al incumplimiento del derecho internacional, también cuando este proviene de un aliado como Estados Unidos, como ocurre en el caso de Venezuela. Esa posición no es un gesto retórico, sino una defensa coherente del orden jurídico internacional que España dice querer preservar. Sin embargo, precisamente por eso, esa firmeza revela su propia insuficiencia: defender el derecho internacional sin capacidad autónoma para respaldarlo es una apuesta sólida desde el punto de vista de los principios, pero estratégicamente frágil. De ahí que España —si quiere que su defensa del multilateralismo sea algo más que una declaración— debería situarse entre los principales impulsores de un ejército europeo capaz de sostener, llegado el caso, ese mismo orden jurídico que reivindica.
España, pese a estar en una posición geoestratégica clave  y pese al aumento reciente de su gasto en defensa, no ha desarrollado un debate público proporcional sobre autonomía estratégica, disuasión y soberanía compartida. La ausencia de esa conversación no es una anomalía menor: es el síntoma de una cultura estratégica incompleta, que aspira a influir normativamente en el mundo sin asumir plenamente los instrumentos necesarios para hacerlo.

«España no ha desarrollado un debate público sobre autonomía estratégica. La ausencia de esta conversación es el síntoma de una cultura estratégica incompleta»»

O Europa construye las capacidades necesarias para sostener su propio orden, o seguirá siendo un objeto estratégico, vulnerable a decisiones externas que no controla. La UE sin ejército es una comunidad política incompleta.
Europa ya aceptó compartir la moneda para garantizar su prosperidad. El siguiente paso lógico —y necesario— es compartir la defensa para garantizar su paz. Sin ello, la paz europea seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora: real, pero prestada.